«Si las élites no quieren cambiar, habrá que cambiar de élites»

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constituyentes

Alberto Acosta (izquierda) y Emmanuel Rodríguez (derecha) durante una entrevista para BUENAS TARDES CANTABRIA

En un contexto de indignación latente, aliviada por el nacimiento de nuevos partidos y su llegada a las instituciones, pero avivada por los últimos escándalos de gran fraude fiscal en España.

Con los Papeles de Panamá como punta de un iceberg que esclarece – más si cabe- el modus operandi de la evasión de capitales de las grandes empresas y fortunas, coincidiendo además con el pago del primer trimestre del IVA de miles de autónomos y pequeñas y medianas empresas y con la declaración de la renta de millones de españoles – transversal a todas las ideologías-, se celebran estos días en Santander unas jornadas sobre ‘La necesidad de los procesos constituyentes’.

Frente a estos abusos del sistema, detrás de las desigualdades a escala global, los dos ponentes de las jornadas que organiza LIBRES y La Vorágine Cultura Crítica, Emmanuel Rodríguez (Traficantes de Sueños) y Alberto Costa (presidente de la Asamblea Nacional de Montecristi en Ecuador 2007-2008) coinciden en señalar a las élites y a la movilización social como medio para cambiar el estado de las cosas.

Pero la pregunta es: ¿Qué factores se tienen que dar para que los responsables políticos de los países tengan voluntad de cambiar las políticas para beneficio de las mayorías sociales?

«El factor determinante es el miedo de estas élites y la movilización social. No hay otra. En este asunto no hay que hacer juegos o malabarismos discursivos: es el hecho de que esta indignación se convierta en ingobernabilidad para estas élites y tengan que resolver concediendo y cediendo. Esto es política en el sentido más clásico y más puro», señala Rodríguez.

Una respuesta en la que coincide Costa: «Si las élites no quieren cambiar, habrá que cambiar de élites«, advierte durante una conversación mantenida con EL FARADIO en La Vorágine.

SOCIEDADES TAN ESCLAVISTAS COMO EN LA ANTIGUA ROMA

«Vivimos en una sociedad totalmente asimétrica, muy desigual», sostiene Rodríguez. «Las sociedades capitalistas son tan esclavistas como las de la antigüedad, como en la antigua Roma, donde el patriciado tenía una relación de riqueza respecto a su esclavo de 500 a 1. Eso hoy se da entre el 1% y el 90% de la población del planeta. Son desigualdades feroces», sentencia.

Alberto Costa ofrece más datos sobre inequidades. Cita trabajos de Intermon-Oxfam que ya hace siete u ocho años apuntaban que 380 individuos con una riqueza superior a la de más de 3.500 millones de habitantes; en 2014 la cifra era de 85 personas; en 2015, 80 personas y este año 62.

Uno de ellos es el mexicano Carlos Slim, con una fortuna que «si se propusiera gastar un millón de dólares al día» — y suponiendo que su riqueza no se incrementa por los negocios que sigue haciendo– requeriría 220 años «para gastarse toda la plata que tiene».

«¿Por qué tanta riqueza cuando hay una enorme y masiva pobreza, no sólo en los países subdesarrollados pero también en los ricos? ¿Hasta cuándo vamos a sostener este sistema?», cuestiona. Para Costa, estas son las interrogantes sobre las que hay que actuar: «Hay que introducir transparencia tributaria, para que no haya posibilidades de evasión y elusión tributaria».

Como explica Rodríguez, esta desigualdad radica en los Papeles de Panamá — y en Andorra, en Suiza, en Liechtenstein o en Delaware (EE.UU.) — y en las propias leyes, que gravan la compra de una manzana pero que no hacen lo propio en las transacciones financieras. «Esto genera indignación, con efectos nocivos que no hacen distinción ideológica».

Una indignación «latente» que no ha sido completamente «apaciguada o capturada» por los procesos institucionales y políticos, y que dibuja un escenario «muy complejo» que «no se va a cerrar en los próximos años».

El reto consiste, según la ponencia de este sociólogo e historiador, en determinar «cómo podemos generar eficacia política para revertir una situación que se hace muy por encima del nivel estatal». Porque las políticas económicas de España «no sólo están afectadas por las lógicas financieras» sino por «una superestructura», como la Unión Europea, que «determina una serie de regulaciones de control del gasto público, la inflación o los salarios», argumenta.

BLACK ROCK Y EL PODER DE LAS GRANDES CORPORACIONES

«Vivimos en un mundo en el que la riqueza es el amo y señor del planeta; lo que sí es novedoso es la forma de articular la riqueza: la financiarización o un proceso de concentración del poder económico sin parangón, no tanto por los métodos sino por la escala».

Así, Emmanuel Rodríguez plantea la supremacía de grandes corporaciones financieras, como Black Rock, que gestionan «tres o cuatro veces el PIB español y más que el alemán».

En síntesis, «gobiernan sobre todo ese dinero, que es más de lo que se produce en Italia, Grecia, España y Portugal en un año». Y además «no es un poder que nos sea ajeno, porque Black Rock es propietaria del Banco Santander y está entrando en los accionariados de grandes constructoras como ACS (Florentino Pérez)«.

Frente a esto, se debate qué tipos de mecanismos políticos pueden actuar sobre esos grandes poderes, para generar mecanismos de redistribución de la riqueza «tan simples como un trabajo mejor remunerado o que no haya tanto desempleo, mientras que una clase gestora, muchas veces ociosa, a golpe de click, puede ganar lo mismo que una persona trabajando un año».

Algo que, en su opinión, «no tiene justificación ética ni productiva», y que está detrás de la «crisis de legitimidad del sistema».

De nuevo, se plantea cómo intervenir a través de unos estados cada vez más despojados de poder real. Y como conclusión, plantea «no pensar como la vieja izquierda» en lo relativo a centrar la política en el Estado, que frente a esa maquinaria financiera es absolutamente incapaz, como se ha visto con Syriza, en Grecia; o «lo que podría pasar con un Gobierno de cambio en España que tendría muy poco margen de acción».

Una vieja izquierda donde, sin embargo, sí encuentra algunas recetas, como en las «viejas ideas del internacionalismo obrero, que pensaban que se podía articular a escala global».

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