Comunidad

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Escribo estas líneas con las nubes bajo mis pies. No es una metáfora. Me encuentro en un vuelo rumbo a casa, a Cantabria, una comunidad que nunca debió dejar que marchásemos para ser pasto de los Skype que no abrazan y los WhatsApp que no besan.

Un pasto en el que ardemos los más de dos millones de emigrantes cuyo derecho a la atención sanitaria está en la UCI y el derecho a voto vacío de papeletas y urnas. Añadido esto a la inexistente actuación en materia de empleo (y por ende, políticas de retorno) no se vislumbra en el horizonte un coche de bomberos que acuda a sofocar el incendio.

Cantabria, una comunidad nombrada por muchos con un poco acertado apodo, región, concepto amable en términos geográficos o históricos (e incluso como recurso literario para evitar repetición) pero en ningún caso parece recomendable emplearse cuando el escenario se torna administrativo o institucional.

Para tal escenario existe ese merecido apellido que acompaña a la comunidad, autónoma, y que implica cierta soberanía sobre el devenir de quienes habitan (o habitábamos) esta tierra. Claro, que para desarrollar esa soberanía han de darse dos aspectos fundamentales: tenerla y querer tenerla.

Ante un Estado central con demasiada carga concentrada ajena a las diferencias orográficas, culturales, lingüísticas, históricas, económicas, sociales y políticas, se hace necesario que la autonomía no quede en las líneas muy propagadas y poco leídas de los panfletos de la campaña electoral de turno.

La comunidad debe desarrollarse con orgullo por quienes la nacen, viven y mueren, y no ser un eco del eco de Madrid pintado en pizarras con trenes que nunca llegan.

La comunidad que estoy a punto de pisar tras estos párrafos es la del sector agroalimentario o tecnológico cada vez más desarrollado con producto de aquí y de allí, el de los creadores que te cantan con condicional cántabro y te interpretan con ucos y ucas, el del colectivo con semilla crítica y árbol propositivo.

Nuestra comunidad no sólo tiene contenido propio sino que es capaz de desarrollarlo si obtiene el apoyo de quienes hoy por hoy esperan que Madrid les dé la alegría que no acaba de llegar.

Un apoyo que sólo sienten los de siempre, como esos constructores que tendrán voz y voto en la CROTU, el organismo que debería velar por los derechos urbanísticos de todos en lugar de por el interés de unos pocos. O como esos otros constructores que sugieren plazas, las construyen y se benefician de la revalorización que provoca dicha obra. Unos pocos que no ven en la comunidad más que un número, un recurso que moldear para llenar su cuenta corriente gris cemento.

Pero hay otra comunidad dentro de Cantabria, una que vivo más desde que no vivo en ella, que conozco más gracias al medio en el que ahora escribo, El Faradio, cuyo empeño por cambiar la agenda local les ha llevado a ser galardonados con tres premios este año. Tres premios que, a mi juicio, resumen lo que es esa comunidad que se mueve con ellos y a través de ellos: solidaridad, investigación y sostenibilidad.

El socio que hay en mí os anima a conocer esta comunidad que vía teclado o micrófono acerca esa Cantabria que otros hacen lejana pese a tenerla al lado. Os animo a conocerla, a participar y a crear y creer en ella.

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