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El feminismo, el camino para luchar juntas

1 de marzo de 2017. POR

||por Maria del Mar Sangrador Salán, activista de la Asamblea Cántabra por las Libertades y Contra la Represión (LIBRES) y Pasaje Seguro Cantabria

Hace unos días, comentaba en un artículo Beatriz Gimeno, que la daba miedo que la lucha contra la violencia machista terminara siendo como la lucha contra la pobreza o contra el desempleo, algo a lo que todo el mundo se apunta y que permite limpiar conciencias y también políticas sin incidir realmente en las causas que las provocan. Podríamos decir lo mismo de las celebraciones del 8 de marzo, todo el mundo se apunta pero muy pocas voces señalan las verdaderas causas de la desigualdad que se pretende combatir. Cuando no directamente se apoyan y/o promueven recortes que directamente nos empobrecen, discriminan o ahondan en la división sexual del trabajo.

Sin embargo este 8 de marzo amanece esperanzador. Organizaciones de mujeres en todo el mundo, con el lema “la solidaridad es nuestra arma”, están haciendo un llamamiento a un Paro Internacional de Mujeres, como respuesta a la violencia social, legal, política, moral y verbal que experimentamos hoy las mujeres. Esta iniciativa surge tras las movilizaciones de las mujeres en Polonia, y ha cogido fuerza también en Argentina, en Perú, Chile, Bolivia, Guatemala, México, Irlanda, Alemania, Italia, Turquía, Corea del Sur, Australia, Rusia o Estados Unidos entre otros países. Se propone una forma abierta de protesta, desde la huelga total de una jornada en el trabajo, en los cuidados y tareas domésticas, a un paro parcial por una o dos horas, la realización de marchas y manifestaciones, el cese de compras por ese día o el boicot a las empresas discriminatorias o la “huelga de sexo”.

Sobran los motivos para organizar y participar en este llamamiento. La crisis multidimensional que nos azota y la implementación en las últimas décadas de políticas neoliberales de desposesión de derechos, recortes de servicios públicos y desmantelamiento del Estado de bienestar, no han hecho más que empobrecer a la mayoría de la población y profundizar la desigualdad. Esta brecha, entre lo que se ha dado en denominar el 99% y el 1% de la población, además encubre otra, la existente entre los hombres y las mujeres proveniente de la previa desigualdad de la que se parte.

Manifestación 8 de marzo

Manifestación 8 de marzo

Los recortes y las políticas austericidas han supuesto que se incremente para las mujeres la brecha salarial (del 22,5% respecto a los hombres), que se perciba menor salario (hoy la mujer debería trabajar 109 días más al año para ganar lo mismo que un hombre, en Cantabria 104 días), que se soporte una mayor precarización laboral al registrar tasas de temporalidad más altas (un 27% de los contratos de mujeres son temporales por sólo el 8% de los contratos de los hombres), que se registre tasas más altas de empobrecimiento y de desempleo.

Además y como consecuencia de la menor cotización a la Seguridad Social, resultado de los bajos salarios y el mayor desempeño de trabajos a tiempo parcial, accedemos a una menor cobertura en la protección por desempleo y percibimos pensiones de jubilación en cuantía inferior ( al término del año 2016 las mujeres cobraban 414 euros mensuales menos). Ni hablar de las escandalosas e indignantes cifras provenientes de la violencia machista que ya se ha cobrado 19 mujeres asesinadas en lo que va de año, el peor periodo de los últimos diez años.

Y estas políticas vienen acompañadas de una estrategia de re-hogarización social. Los recortes en los servicios sociales proporcionados por el Estado, provocan un incremento de los servicios que se prestan en el ámbito privado, en los hogares; es decir se aumentan las trabajos de cuidados en el ámbito reproductivo, que recaen mayoritariamente sobre las espaldas de las mujeres. Trabajos ni reconocidos ni remunerados, o remunerados como dice Nancy Fraser con la moneda del “amor” y la “virtud”.

Para frenar la protesta social a la que lleva esta política de despojo y desposesión de derechos, asistimos al reforzamiento de las funciones policiales del Estado, con el consiguiente giro autoritario en las formas de gobierno. La carga ideológica que lo acompaña y justifica, supone en el caso de las mujeres, un fuerte reforzamiento de la lógica patriarcal de la división sexual del trabajo, que pone en su agenda la lucha contra el derecho al aborto, el reforzamiento del binomio sexualidad-maternidad y el femicidio sistemático. No hay más que ver el creciente aumento en los casos de femicidios en Argentina y México, el intento del parlamento polaco de restringir aún más el acceso a la interrupción voluntaria del embarazo, en un país que ya tiene una de las leyes más restrictivas de Europa en este ámbito, la reciente aprobación de la llamada “ley de bofetadas” en Rusia y en España, los ataques del P.P. contra el derecho al aborto existente y el creciente número de casos de muertes por violencia machista.

No es exagerado decir que hay un ataque global hacia las mujeres. Y frente a estos ataques la respuesta de las mujeres ha sido radical y masiva, lo que parece anunciar una nueva ola combativa de luchas feministas. El 7 de noviembre de 2015, miles de mujeres reclamaron en Madrid el fin de la violencia machista; en Argentina el 19 de octubre de 2016, el llamado “miércoles negro˝ llevó a decenas de miles de manifestantes al centro de Buenos Aires; en Polonia la huelga de mujeres, en la conocida como “la protesta negra”, frenó el intento de restringir el derecho al aborto y recientemente en Washington, la marcha de las mujeres reunió a 500.000 personas contra las políticas misóginas, homófobas y racistas del presidente Trump. Estas son algunas muestras que evidencian que el feminismo está vivo y manda el mensaje de que no hay marcha atrás en las posiciones conquistadas.

Este 8 de marzo tenemos que seguir alimentando esta ola feminista y convertirla en marea. Contra la estrategia neoliberal que nos empobrece y discrimina tenemos que construir un feminismo popular y anticapitalista, que nos sirva de herramienta para afrontar la pobreza, que articule una nueva economía al servicio de las personas, que reorganice colectivamente los trabajos, defina lo que es común, permita el disfrute de una sexualidad libre, diversa y plural y proclame el derecho soberano a nuestro cuerpo. Que tienda puentes donde otros levantan muros.

El feminismo anticapitalista, en conjunción con otros movimientos laborales, sociales y políticos, debe ser ese imprescindible freno de emergencia que enfrente este capitalismo desbocado que nos lleva a la barbarie.


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