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La otra ciudad

20 de Marzo de 2017. POR

Con la mirada envuelta en guías de ocio, en reseñas de revistas especializadas, en tarjetas de visita o folletos informativos de la última feria internacional de turismo, la ciudad se presenta inaccesible. Como esa persona demasiado correcta para dejarse llevar. Demasiado aparente para mostrar sus sentimientos.

El peso de los años, del qué dirán, del siempre ha sido así, muestra una foto fija, sin apenas matices, que el visitante ocasional puede guardar en el álbum del  “estuve allí” y así poner un aspa más en el mapa de lugares que visité pero nunca conocí. Y hay visitas que duran toda una vida, empeñadas en ver sólo lo que quieren ver… Tal vez como las personas.

Y así hablamos de sus calles, de sus monumentos, de sus personajes y edificios más emblemáticos, a golpe de vistazo. De una historia comprimida en el resumen perfecto para no ser acusados de ignorantes: El Incendio, el bombardeo, los reyes veraneando… Alguna curiosidad sobre la estatua ecuestre que hasta no hace mucho presidía la plaza del Ayuntamiento. Todo ello sin profundizar demasiado, porque el tiempo es oro y queda mucho mundo por gastar.

Convencidos de que la primera impresión es la que cuenta nos convencemos de que no es necesario ir un poco más allá. El mundo es muy grande y aún quedan muchos sitios por tachar de la lista, muchas fotos que colgar en la red social de turno y muchas transiciones entre el “me asombra” hasta el “me encanta” sin olvidar el socorrido, y siempre solidario, “me gusta”.

Y así el tic, tac, del reloj se clava en la inmediatez de unos ojos cada vez menos acostumbrados a detenerse y posar la mirada un segundo más de lo políticamente correcto, de lo estrictamente necesario. Y así mastico, a golpe de coordenada fijada, la brújula de otra visita guiada por el estereotipo de turno: Que ciudad más señorial. Ideal para veranear, sobre todo los meses de verano, con sus fiestas y tradiciones, con sus playas y su mar. Con sus playas y su mar…Quizás la gente…

 

Santander bajo la mirada de la Pintora cántabra Gloria Forner

Santander a través de la mirada de la pintora cántabra Gloria Forner. Mucho más de lo que ves a simple vista…

 

Porque la primera impresión es lo que cuenta, de lo contrario no me quedaría más remedio que caminar más despacio, incluso detenerme, apartar la vista del callejero virtual  del móvil y mirarte a los ojos. Y devolverte la mirada. Incluso tropezar y preguntarme si hay algo más de lo que me muestras a simple vista. Y quizás mostrarte si hay, o no, algo más de lo que a simple vista te permito ver. Sentarme en un banco, descalzarme, dejar que la mirada se pose donde quiera, sin más parpadeo  que un “me gustaría conocerte”. Olvidarme de lo bonitas que me han dejado las uñas y rascar la superficie de una ciudad que se presenta con la sonrisa forzada del tiempo ausente, de la indiferencia aprendida,  quizás por miedo a mostrarse, quizás porque siempre ha sido así.

O quizás porque no he sido capaz de ir un poco más allá. Dejarme llevar  por el nordeste  hasta tropezar con un callejero diferente. Uno donde las palabras buscan su propia voz, donde las personas se reúnen para hablar, para debatir, para compartir y construir futuro a golpe de intentar hacer algo diferente. Un callejero lleno de segundas, terceras y hasta cuartas impresiones. De vistazos hechos de poesía, de cultura a pie de calle, de música y rincones donde no haya prisa por marcharse, porque aún queda mucho por ver, por conocer, por entender, por hacer. Un callejero formado por quienes no están dispuestos a dejarse llevar por la corriente y crean itinerarios alternativos donde no ahogarte, en los que no asfixiarte. Donde poder parar,  tomar aliento y respirar. Tomar aliento y Vivir.

Y acabar en una calle del Sol como cruce de caminos donde descubrir esa ciudad que busca una salida a tantos callejones sin salida, a tanto inmovilismo, a tanto “siempre la misma Historia”. Un callejero lleno de rincones  en los que perderte y reconocerte, aunque sea la primera vez que los visitas. Porque los vives a través de quienes les dedican su vida. De quienes han agotado en ellos hasta el último trago de la noche, con salvavidas incorporado, tras cruzar el Rvbicón de la penúltima madrugada. Y ya son 30 años…

Y tantos otros que están, que estuvieron, que luchan día a día por estar, dejándose la piel, los sueños y la realidad. Otra ciudad hecha de personas corrientes capaces de hacer cosas extraordinarias. Personas que se rasgan las vestiduras de un uniforme que les quiere uniformizar. Que les tira de la sisa, de la inquietud, del inconformismo. Personas que habitan los espacios y se niegan a ser una pieza más del decorado. Que demandan de ellos esa parte de la memoria arrebatada, esa parte de la identidad sesgada, esa parte de si mismas, de lo que son, de lo que quieren ser y  no ven reflejado. Porque el espacio no es neutro. Es algo más que la primera impresión. Se reescribe a través de la mirada de quienes lo habitan, de quienes lo viven, sienten y respiran. De quienes ven en él algo más que una foto de Instagram o una firma en el libro de visitas. Tal vez como  las personas.

 


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