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Hurriya (libertad)

18 de agosto de 2017. POR

Solidaridad con las víctimas y condena del terrorismo.

“Quizás tras mi intervención algo cambie en tu forma de ver las cosas”. Son  palabras del periodista Antonio Pampliega. Porque cuando pones el foco en la barbarie cotidiana, como hace Pampliega, algo cambia.

Un matiz demoledor se incorpora al relato de lo sucedido. Un matiz con un nombre, con una vida, con una historia detrás. Y al entender este “matiz” la imagen del los cadáveres amontonados tras una bomba, tras una ejecución, cambia.

Ya no pasan tan fácil por nuestra garganta al tragar saliva. Se quedan pegados a nuestra piel como un nudo corredizo en la garganta del condenado: “Un joven Kurdo secuestrado, al igual que Pampliega, y torturado por ISIS, el mal llamado Estado Islámico con capital en Raqqa, relata los gritos de desesperación de sus amigos, de sus compañeros de tortura. Y el eco de sus voces aún resuena en su cabeza”.

Esa Raqqa en la que se crió Nour, que aparta la vista al ver las imágenes de su ciudad reducida literalmente a cenizas y fanatismo. En la que muchos de sus familiares, amigos y conocidos han sido asesinados ya sea por ISIS, por las bombas, o por  el régimen Sirio de Al Assad.

Y es que la Barbarie tienes tantas caras como sótanos de la muerte la cárcel de Saydnaya, el Matadero Humano del dictador Sirio. Y no hace distinciones cuando te arranca la piel en nombre de un pueblo mutilado a la medida del “mejor malo conocido”.

Porque no hay mejor cortada para el totalitarismo que esa frase. Porque como menciona Leila Nachawati, al analizar el comienzo de la Primavera de Damasco, “un pueblo se rebeló contra su régimen dictatorial pidiendo democracia”, contra la vulneración sistemática de los derechos humanos, contra las torturas, contra las persecuciones.

Y al hacerlo fue reprimido, masacrado, y su gritó desgarró los velos de silencio. Pero nadie contestó, nadie fue en su ayuda. Y ese vacío, poco a poco, lo fue llenando la marca del fanatismo. Y lo llenó de la única manera que sabe: reduciendo a la nada todo lo que encontraba a su paso.

Y así, otra vez, quienes corrían entre el fuego cruzado caían asesinados mientras sus cadáveres eran obligados a tomar partido. Mientras el retorno de los fusiles llegaba hasta las fábricas de armas de los países que cierran las puertas a los supervivientes, a los (in)refugiados.

A quienes amontonamos en campos de la vergüenza con olor a una historia que se repite. A quienes son ahogados en un mar de indiferencia, en el que ni siquiera sabríamos que un día existieron si no fuera por personas como Oscar Camps, Nicolás Calzada y organizaciones como Proactiva Open Arms, que no entienden que solo lleguen restos  de naufragios en forma de  desmemoria, de indolencia, a las costas de nuestros  televisores, de nuestros (des) gobiernos, mientras se criminaliza a quien intenta hacer algo para evitarlo. Porque Antonio Pampliega tiene razón: “la Indiferencia mata, incluso a más que las balas”.

De ahí la importancia de crear “marcos interpretativos” de lo que está ocurriendo, partiendo de los verdaderos protagonistas: “quienes  se mantienen  en medio del fuego cruzado”.

Quienes se rebelan contra la Barbarie en todas su formas. Quienes son obligados a tomar partido a costa de sus propias vidas entre ese malo conocido y ese peor por conocer. Y todo porque no les dimos otra opción.

Quienes, como decía Leila, son “infantilizados” negándoles incluso la posibilidad de reivindicar su propia voz, de construir su propio relato de lo sucedido, de ser protagonistas de sus vidas, de su presente, de su futuro.

Una voz por encima de discursos y narrativas que quieren  hacer  de ellos meras marionetas. La necesidad de crear un paradigma, una forma de aproximación a lo que ocurre, más allá de visiones simplificadoras herederas de la Guerra Fría, de  las áreas de influencia, de las retóricas frentistas donde siempre mueren los mismos. De denunciar la utilización partidista, la instrumentalización en clave geoestratégica de personas que solo quieren Libertad.

La libertad de construir su futuro sin ser moneda de cambio, del rublo, del euro, de dólar, de barril de petróleo o del dogmatismo. Ante quienes desde sus sofás, como mencionaba Nour, opinan de su tierra, de su gente, del significado de sus vidas y de sus muertes.

Ante quienes nunca se han acercado a ellos sin la servidumbre dogmática de unos prejuicios construidos a golpe de sectarismo, de ignorancia, de apropiación simbólica de sus pensamientos, de sus sueños, de sus esperanzas, de sus muertes, para simplemente escucharles y, quizás después, ver las cosas de otra manera.

Sin embargo, en esta Europa de las concertinas viven personas que se niegan a mirar a otro lado.  Que, como la activista suiza por los derechos LGTBI, voluntaria en Idomeni  y fundadora del Centro Cultural Bê-Sînor, Alexandra Aronsky, tienen claro que en la sociedad civil está la clave para construir alternativas, para  ponerle nombre, historia a quien está tras el número.

Porque  como recoge Reyes Mate en su libro ‘La memoria de Auschwitz’, haciendo suyas las palabras de Adorno:

No podemos saber qué son el bien absoluto, la norma absoluta o incluso qué son el ser humano, o lo humano, y la humanidad, pero sabemos perfectamente qué es lo inhumano.  Lo que hay que hacer es impedir que la humanidad se destruya. Es eso lo que significa que Auschwitz no se vuelva a repetir.


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