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Frente al Fascismo, cultura democrática

4 de septiembre de 2017. POR

En la vida cotidiana el hombre se objetiva en numerosas formas, el hombre, formando su mundo (su ambiente inmediato), se forma también a sí mismo. En la vida cotidiana se expresa no solamente el modo por el cual yo he aprendido de mi padre ciertas reglas de vida fundamentales, sino también el modo en que yo las transmito a mi hijo. Yo soy representante de aquel –mundo- en el que otros nacen.” Ágnes Heller “Sociología de la vida cotidiana” (págs. 46-47).

(El sábado, a las 19.00 horas, manifestación por la convivencia, la diversidad y contra el racismo, de la Plaza Porticada a la Plaza de la Esperanza, Previamente, a las 17.30 horas, fiesta por la convivencia en la Plaza Porticada)

Y quizás este sea un interesante punto de partida, si entendemos que la democracia surge  como aprendizaje social, como expresión de lo cotidiano, como experiencia vivida y transmitida,  desde los lugares y las necesidades materiales y afectivas, reubicando las palabras de la pensadora húngara Ágnes Heller.  Y, de la misma forma, esa cotidianidad  tiene su expresión, como nos recuerdan autores como Jürgen Habermas  o Hannah Arendt[1], en el espacio público como lugar de encuentro entre “diferentes”, como marco de convivencia. Como forma de reconocimiento del otro[2],  premisa básica de toda construcción y acción democrática que reconozca el derecho de todo ser humano  a participar de la discusión bajo los principios de dignidad y autonomía moral. Construir, luchar, por esos espacios es el reto. De esta forma el fascismo, en cualquiera de sus expresiones, que nace de la negación del otro, queda abocado a la marginalidad, a la caricatura, a la pegatina.

 

Una de las pegatinas aparecida en los cristales de la Librería La Vorágine

 

Y es que el reconocimiento de ese “otro” es uno de los valores fundamentales de la praxis democrática. Hacerlo implica explorar sus marcos de comprensión de la realidad, debatirlos, discutirlos  siguiendo la lógica de la ética discursiva de Habermas, es decir, entendiendo la democracia como ese modelo en continúa construcción y revisión  donde el espacio público tiene un papel clave. Y es clave porque es ahí donde se forma el “homus democraticus”;  esa persona que piensa, siente, razona, huyendo del sectarismo, de las barreras del pensamiento único que hacen de las ideologías religiones de sustitución que, como menciona Eric Voeglin, tras la muerte, suicidio, o asesinato de dios, tienden a reproducir dinámicas de sacralización y  pensamiento dogmático. Y que, llevadas al extremo, como nos muestra Anthony Mann en su obra “El lado oscuro de la democracia”, puede acabar en la justificación de la cámara de gas, del gulag, o de Hiroshima y Nagasaki.

Porque el momento en que dejamos de exigirnos pensar por nosotros mismos, de interrogarnos sobre lo que ocurre, “en favor de una política basada en la fe, la esperanza, el odio y una autoestima sentimental colectiva de su propia raza, nación” ideología o religión, en ese momento, asesinamos al otro antes de conocerle. Levantamos barreras, fronteras, imaginarias y reales, que nos alejan de ese otro, que lo desdibujan hasta negarle la propia existencia. De esa forma el nazismo se convirtió en el paradigma de religión política totalitaria, no la única, de aquellas formas de entender el mundo que niegan el reconocimiento del otro, ese principio fundamental -del que hablábamos-  que  se construye desde la cotidianidad y nos da la opción de desmarcarnos de la lógica del verdugo y de quienes la utilizan.

 

Frente al fascismo, cultura democrática

 

Porque al negar al otro, lo que piensa, lo que siente, damos ese primer paso hacia  ese catecismo totalitario o fascismo, -término que, de tanto usarlo, corremos el riesgo en banalizarlo y vaciarlo de significado-.

Así nos lo recuerda el refugiado bosnio, autor de Manuel d’exil, Velibor Čolić:

“Tengo miedo de que hoy la situación se ha complicado, que las cosas se han degradado, que las pistas se han borrado. Nuestra relación con los otros es el principal desafío del siglo XXI y si tropezamos en eso, caeremos todos juntos, migrantes o no”  (L’express, 11/05/2016). 

Alejarse del bucle de horror y barbarie en el que nos encierran las gramáticas identitarias que se construyen en confrontación con ese otro; que hablan, que acusan, que disparan, que juzgan en nombre de palabras como  pueblo, por ejemplo: –Vuestro buenismo está matando a mi pueblo- arrogándose su representatividad, presentándose como defensores de sus esencias, negando a quien no piensa como ellos piensan, estigmatizando a quien no  forme parte de su rebaño, es otro de los retos. Porque son autorreferenciales,  establecen un marco excluyente de comprensión y aproximación de la realidad. Un circuito de comunicación cerrado que, como dogma de fe, se contesta a si mismo condenando a toda mirada que mire más allá que su única mirada. Poniéndola en la diana, tachándola de txakurra, hereje, buenista o robagallinas.  Ya que, no olvidemos,  se construyen en confrontación y negación de ese “otro”  mediante un proceso de deshumanización en el que desaparece todo sentimiento de culpa, pues “todo vale por la causa”.

Pensar y repensar la democracia como proceso antes que como concepto, un proceso desarrollado desde esa cotidianidad en la que nos encontramos, en la que hablamos, en la que nos mostramos, tal vez sea uno de los pasos para no tropezar, otra vez, con la misma piedra. Y ya llegamos tarde…

 

 

[1] En obras como  “La condición humana” de  Arendt o  “Historia y crítica de la opinión pública” de Habermas

[2] De la que son pioneros autores como Axel Honnet que hace hincapié en la negación del otro como forma de humillación y exclusión social, de pérdida de derechos, integridad y autonomía moral y personal.


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