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España, Cataluña: algunas preguntas

28 de septiembre de 2017. POR

||por RAMÓN QU, periodista y escritor||

¿Es España plurinacional?

En esa cosa llamada España existen no una, sino varias naciones. Sin ánimo de ser exhaustivos, habría al menos tres naciones además de la llamada “España”: Catalunya, Euskadi y Galiza.

Sin embargo, la realidad es compleja y resulta que si España es plurinacional, Cataluña, Euskadi y Galiza también son plurinacionales.

Por lo tanto, España estaría compuesta por varias naciones que a su vez serían plurinacionales ellas mismas.

¿La “plurinacionalidad” que ha significado en la historia del estado español?

Fundamentalmente dos cosas:

Por arriba, pugna permanente entre las clases dominantes de Cataluña, Euskadi, Galicia, Castilla/Andalucía por repartirse el pastel español y las palancas del poder estatal, casi siempre bajo hegemonía (político-administrativa) de Madrid.

Por abajo, migraciones de las zonas pobres Castilla/Andalucía/Extremadura a las zonas ricas Cataluña/Euskadi/Madrid, explotación, resentimientos, racismos, utilización de las masas y sus sentimientos identitarios como fuerzas de choque por los de arriba en sus particulares disputas.

En el caso que nos ocupa, la situación sería pues: catalanes en España versus castellanos/extremeños/andaluces en Cataluña.

Las muñecas rusas de las naciones: duelo y quebranto de los nacionalistas.

¿Y el derecho de autodeterminación?

La izquierda transformadora española defendió siempre el derecho de autodeterminación. Sólo por miedo a la intervención del ejército se renunció a incluir ese derecho en la constitución del 78 a cambio de un estado de las autonomías muy abierto en su capacidad de ser desarrollado legislativamente.

Mucho se puede discutir sobre el real sentido y el verdadero alcance del derecho de autodeterminación en la actual Europa occidental y en un mundo globalizado, pero en general la izquierda sigue defendiendo este derecho a sabiendas de que fue instituido para situaciones de opresión nacional manifiesta o colonial, condiciones que no se dan en ningún territorio de la Europa del oeste. Y tampoco en Cataluña.

En la actualidad, la defensa del derecho de autodeterminación en los viejos “estados nacionales” de Europa occidental no estaría motivada tanto por las razones enarboladas por Wilson o Lenin, cuanto por un principio democrático o imperativo categórico político: toda “nación” tiene derecho a separarse del estado a que pertenece si así lo decide un número significativo – ¿60/65%? – de sus ciudadanos.

Dejemos de lado una de las madres del cordero: ¿qué es exactamente una nación? y subrayemos que esa decisión de separarse debe ser pactada, reglada y democrática. La sentencia del tribunal supremo de Canadá sobre Quebec en 1998 o el reciente referéndum de Escocia serían buenos ejemplos de este nuevo derecho a la autodeterminación.

 ¿Y el derecho a decidir?

El derecho a decidir inventado por el nacionalismo catalán no es una forma del derecho a la autodeterminación, sino una perversión de dicho derecho tanto en su versión wilsoniana clásica como en las versiones modernizadas de Quebec o Escocia.

Perversión por parte catalanista que ha visto en el “derecho a decidir” una manera de supervivencia política y aumento de su poder; perversión por parte españolista que, con las políticas cerriles del PP – o mejor oportunistas: buscar votos en el resto del estado atacando a Cataluña –, ha impulsado como nadie el independentismo.

¿Y la consulta del 1-O?

El referéndum que se quiere realizar el próximo octubre en Cataluña, no es el referéndum que Cataluña y España necesitan para reajustar su marco jurídico político. La consulta anunciada por Puigdemont no es, ni puede ser una consulta democrática. No están dadas las condiciones técnicas, ni políticas para ello. El anunciado referéndum es una nueva huida hacia adelante, un redoblado envite a ninguna parte. En el mejor de los casos se quedará en otra manifestación de fuerza popular del nacionalismo como la anterior consulta realizada; en el peor, un paso más hacia la catástrofe anunciada que es el choque de trenes del nacionalismo catalán y español.

¿Y la izquierda transformadora, qué?

La izquierda transformadora se maneja mal con los nacionalismos. Siempre que se ha acercado a ellos ha salido escaldada. Sin embargo y a pesar de ello, la izquierda transformadora española siente una innegable fascinación por los nacionalismos periféricos. ¿Por qué?

Una primera razón sería el puro oportunismo: enfrentarse a la marea nacionalista no rinde electoralmente.

Una segunda razón sería histórica y vendría de la oposición común al franquismo. Pero los tiempos de federalización de esfuerzos contra la dictadura al estilo de la Asamblea de Cataluña y su punto cuarto hace mucho que pasaron a la historia, por no decir al olvido.

Una tercera razón es que, dada la distribución electoral en el estado, parece evidente que cualquier intento de construir un gobierno progresista necesita del apoyo de los nacionalismos periféricos. Sin embargo y hasta ahora, ha sido la derecha quien más se ha beneficiado de la ayuda parlamentaria de los nacionalistas vascos y catalanes.

Una cuarta razón es una concepción de la revolución al viejo estilo. El apoyo al nacionalismo sería instrumental: la independencia de Cataluña supondría una quiebra del estado español que propiciaría una crisis de tal envergadura que la toma del poder podría estar al orden del día. Sin embargo no está nada claro que la independencia catalana sea una oportunidad revolucionaria, y no por el contrario el detonador de una contrarrevolución general en España y Cataluña.

Una quinta razón es la creencia de que en una Cataluña independiente y republicana, alejada del lastre español reaccionario y borbónico, sería más fácil la construcción de un bloque político emancipador y el avance hacia el socialismo. Como en el apartado anterior, esta hipótesis parece más fruto de los deseos que de un análisis riguroso de la correlación de fuerzas en Cataluña. En una hipotética Cataluña independiente, fruto del actual proces, parece más probable la hegemonía de la derecha y la conversión de Cataluña en el estado piloto neoliberal de la Europa post estado del bienestar.

Una última y quizás principal razón de esta atracción fatal que siente cierta izquierda transformadora hacia el nacionalismo es la capacidad de este último de movilizar y organizar a amplios sectores de la población. Capacidad que la izquierda radical no tiene ni por asomo y que le sería imprescindible para llevar al mundo de la realidad sus estrategias políticas.

¿Esta fascinación tiene un precio?

Sí, por lo pronto, el apoyo a un gobierno neo liberal catalán en una especie de Unión Patriota rediviva y la desaparición de la cuestión social del marco del debate político.

Frente a las identidades nacionales, las identidades de clase suelen llevar la peor parte. Se corre el riesgo de que muera a manos de catalanistas y españolistas la posibilidad de una fuerza transformadora, capaz de aglutinar una masa social crítica lo suficientemente cohesionada como para plantear una alternativa –  o al menos crear un frente de resistencia – a la ofensiva neoliberal.

Esta atracción fatal puede llevarnos pues: a la desaparición de una izquierda digna de tal nombre; al encumbramiento de una pequeña burguesía medradora, nueva elite de un estado post bienestar; a una refundación autoritaria del régimen del 78; al abandono de la clase trabajadora al neo liberalismo envuelto en banderas y, ¿quién sabe?, a empujar a sectores populares insatisfechos a un futuro ideario neo totalitario.

¿Participar en el referéndum es «bueno» para los de abajo?

Desde ciertos sectores de la izquierda transformadora se cree así. Primero, porque la no celebración del referéndum sería considerada una victoria del PP; segundo, y más importante, en palabras de uno de los representantes de esa izquierda: «La potencia del referéndum del 1 de Octubre es que desordena la rutina de la gestión del régimen del 78».

En nuestra opinión la teoría del desorden es expresión de la frustración de ciertos sectores de la izquierda ante el cierre de la ventana de oportunidad abierta el 15M, un agitar las aguas para ver lo que pasa, un reconocer en el fondo que no se tienen barcos propios para realizar la travesía.

Pensamos que, dada la correlación de fuerzas actual, el desorden solo conduciría al reforzamiento de su orden.

En cuanto a la primera razón –  la «victoria del PP» –  buena parte de su posible consecución será achacable a ciertas elites catalanistas que en su deseo de ser califas independentistas en lugar de califas autonómicos o federalistas han emprendido una estrategia sectaria, unilateral y suicida.

Por otro lado, la inmensa cerrilidad de Rajoy, su política autoritaria y liberticida, solo puede entenderse desde su biografía de hijo del franquismo y desde el haber recibido la plena seguridad de EE.UU y la Comunidad Europea de que de ninguna de las maneras se aceptará la independencia de Cataluña.

Don Mariano es el mayor obstáculo para una solución racional del problema. Sería imprescindible quitarlo del poder. Creemos que incluso esta opción la valoran sectores de las clases dominantes que prefieren un pacto con sus homónimas catalanas a un enfrentamiento que en nada beneficia a los intereses de ambas.

Conviene en este sentido diferenciar entre: uno, gobierno – ejecutivo del PP –; dos, forma de gobierno – monarquía constitucional/constitución del 78 –; tres, Estado Español, conjunto de instituciones y aparatos con varios siglos de existencia y que ha pasado por monarquías, repúblicas y dictaduras. Su confusión puede llevar a múltiples engaños.

¿Y no participar, qué?

No participar en el referéndum unilateral es no querer entrar en una vía muerta, negarse a seguir un camino hacia la frustración y la melancolía, oponerse al cuanto peor mejor, rechazar un sueño milenarista disfrazado de audacia revolucionaria, aspirar a una verdadera respuesta democrática a las contradicciones y conflicto de la sociedad catalana, respetar el demos español como producto histórico de las luchas de los de abajo en esa cosa llamada España, en definitiva, abrir un escenario nuevo desde donde la izquierda pueda llevar una política propia, libres de la fascinación sumisa hacia el nacionalismo y de la tentación de la «ingeniería social” supuestamente revolucionaria.

Esta no participación ha de ser crítica y activa. Por un lado tiene que combatir la imposición liberticida de la legalidad que está llevando a cabo el PP; por otro lado debe condenar la utilización unilateral y anti democrática de los deseos de buena parte la sociedad catalana de votar que está llevando a la práctica Puigdemont y sus aliados.

¿El camino?

A nuestro entender solo una federalización de esfuerzos de los de debajo de todas las naciones de naciones que forman actualmente España podría crear un marco jurídico-político que resolviera el problema: un proceso constituyente en todo el estado español en el que se reconociese el derecho de autodeterminación a todos los pueblos de España o, en su defecto, pactar un referéndum al modo de Escocia o Quebec.


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