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Los nadies son alguien

2 de Octubre de 2017. POR

Se canta lo perdido, dijo Antonio Machado. También se puede cantar a quienes estando perdidos no tienen nada que perder, a quienes deambulan por las calles con toda la carga de su nadería a cuestas.

Isidro R. Ayestarán en la presentación de ‘Silentium’

Es a esa parte de la humanidad, a la que da visibilidad, más que cantándola, contando con ella, Isidro R. Ayestarán en su último poemario publicado,“Silentium”, editado por esa nueva firma, y revolucionaria en sus pautas editoriales, que es Alas Ediciones. Una editorial que va más allá de la mera conversión de unos textos en libro, para con ellos como plataforma, hacer trascender la publicación a otros ámbitos de expresión y acción artísticas. Su condición de no lucro la hace compatible, con la renuncia a subvenciones, así como con el respeto a los autores de su catálogo, exentos de la humillación de las autoediciones y del agradecimiento masivo a los micromecenas. Una aventura editorial que requiere de autores que se avengan complacidamente a esos presupuestos, porque se identifican con ellos.

“Silentium” es la quinta obra editada por Alas Ediciones en edición digital y la cuarta en papel. El resultado de la confluencia de Isidro y Alas es un producto cultural, que como producto se materializa en un libro cuya estética es seña de identidad editorial en su diseño. Como cultural contiene en sus páginas una propuesta ética, sin moralismos, en la que se combinan reflexión sentida y emoción pensada, por las que el autor se compadece con –no de- esos nadies, con –no de- los que se compadeció Eduardo Galeano en un poema así titulado, “Los nadies”.

Isidro no se olvida de ninguno de esos espectros, que vagan por los márgenes de la sociedad, como si la sociedad –por cierto, ¿quién es la sociedad?- fuera mejor que ellos: refugiados, inmigrantes, indigentes, estatuas humanas, prostitutas, expresidiarios, transexuales… Para todos tiene un poema, o más. Isidro no denuncia esa sinrazón sin sentimiento, mandatarios con nombres y apellidos, no espera nada de ellos, sino que dedica sus versos a volcar su ternura apasionada sobre los espíritus de quienes son ignorados, o perseguidos, o maltratados, o expulsados. Tampoco trata de redimirlos, solo que sepamos que sus versos están ahí, con ellos, por si ellos los llegan a sentir a través de las actitudes de los lectores de “Silentium”.

Otro momento de la presentación

El poemario está estructurado en tres partes, primera y tercera en verso; en prosa, la segunda.

Abre el libro una cita de la película “Monsieur Verdoux”, de Chaplin. Nunca esas citas son gratuitas. Suelen entenderse como una declaración de intenciones. También esta la contiene. Pero no solo. Se expresa en ella, además, un estado de ánimo, afligido, al tiempo que se alude a algo que está pasando, que viene pasando, que condiciona este estado de ánimo e impulsa aquellas intenciones (no, no voy a poner la cita, por breve que sea, que lo es, como no citaré ni un solo verso del poema –nunca lo hago-, ese recurso de muchos -¿no todos?- críticos remunerados, que se hacen más de la mitad de las reseñas de un poemario, tirando del propio poemario. Puede pensarse que, quizá de esa manera, se anime algún lector a ver cómo es el poema completo, del que le han mostrado dos o tres versos. Como yo voy de eso, de lector, que cada lector busque lo que digo, por si lo encuentra en los versos, aunque es más probable que, al menos, dé con alguna otra consideración). El desarrollo del poemario es una expansión del ánimo del autor, que se sitúa frente a lo que pasa, frente a lo que les pasa a los que son tenidos como “los otros”.

Un primer poema, “Ellos”, oficia a modo de prólogo, en los que el autor presenta al lector a los destinatarios, damnificados todos, de sus emociones, de su con-pasión. En la primera parte, “Versos en la orilla”, 14 poemas dirigen el faro de las palabras a las aguas que surcan las pateras en travesías inciertas, algunas mortales, hasta costas europeas, habiendo dejado atrás vidas al albur del mar en un viaje trágico –el de Ulises, en comparación, fue un divertimento para Homero y otros muchos poetas hasta nuestros días. Son los viajes de los sueños a las pesadillas, pasando por la realidad ajena, con el anhelo de recuperar la propia de la familia, la aldea, la música, el baile, la alegría de vivir. Travesía en la que las lágrimas añaden sal a un mar al que no endulza la lluvia. Travesía trágica apenas aliviada por el recuerdo de lo que se va quedando lejos: presencias, caricias, sonrisas. Travesía con la esperanza de un amanecer nuevo, de una luz nueva, de una vida nueva.

En el poema “Nana”, el más emotivo de esta parte, el dolor por el alejamiento solo lo mitigan unas expectativas felices y la ausencia de miedo a perder lo que no tienen. Todos los inmigrantes son niños hasta el momento en el que embarcan en una patera. Pero a este poema sigue “Herida”, en el que la realidad les obliga a dejar de ser el niño, y ser el adulto que busca, que se busca en algún lugar de un mundo, que no es el suyo. Una travesía, que desemboca en el incumplimiento de una promesa que se expandió por el aire, pero que en realidad nadie hizo en serio…

La presentación fue en la Black Bird

Sueño, soledad, silencio son las palabras que se repiten en los versos, con las que se nombran otros tantos estados del espíritu, y con los que se trenzan unos poemas de verso libre, sin sujeción a rimas ni metros, una constante a lo largo del poemario, en verso, sin perjuicio de la musicalidad, sin la que no podríamos estar hablando de poesía, de una poesía en la que, unas veces la descripción aparece desnuda, y otras se viste de metáfora, sin privación de que un poema, “Viaje”, que es él, todo, una metáfora.

La segunda parte, “Pequeñas historias desde el asfalto”, reúne 8 textos breves en prosa poética, en los que el autor recurre a distintos formatos literarios: relato, diario, carta…

En ellos el, tan dolido como esperanzado, sueño de la travesía se pierde por trochas, tan poco halagüeñas como desesperanzadas, encharcadas por lágrimas. Esa desesperanza que pisa las calles de la incomprensión, cuando no del desprecio, o de la invisibilidad para quienes hacen como que no ven. Ese amor distinto, pero amor; esa estatua inmóvil, pero de carne y hueso, por la que fluye sangre; esas víctimas de la violencia, que atentan contra la tranquilizadora rutina en nombre de un dios, que se avergüenza de serlo… No necesitan estos textos, que a la violencia oponen ternura; consuelo, a las lágrimas; al desprecio, empatía; en fin, vida a la muerte, ser escritos en renglón corto para ser poesía, dotados, como están, de todos los ingredientes para hacer de su escritura palabra poética.

En la tercera parte, que lleva el título del libro, el autor vuelve al verso, para traer a los poemas a quienes pueblan las noches en parques o en locales nocturnos, o a la luz del día se esconden en calles y plazas, donde en otro tiempo no lejano paseaban como alguien y la crisis, esa suerte de terrorismo estructural, les convirtió en nadies. Toda la compasión del poeta tras unos versos, que adolecen de una leve depresión poética.

Silentium

Pero un poema, el más largo, “Todos a bordo”, los redime poéticamente. En él, Isidro recupera el mito de Caronte, y reúne a todos los desposeídos y malditos de la tierra en la barca, que les debería conducir como sombras al Hades, pero el barquero, transgrede la leyenda, y da un golpe de timón, se revela contra su propio destino y el de sus tripulantes, transmutando aquellas pateras de la muerte en una embarcación para la ilusión; a las sombras, en personas con rostro. A los nadies, en alguien.

Pone término al libro, a modo de epílogo, un texto en prosa, que tengo por manifiesto o letanía, por la que el sujeto poético alza la voz, con tanta delicadeza como firmeza ante la inhumanidad, incluso de Dios, que ya mandó al sacrificio a su hijo, para sumirse en el silencio. Una inhumanidad, contra la que el poeta propone responder con sonrisas, caricias, ademanes y gestos de acogida y hospitalidad al que sufre.

Como viene siendo norma en Alas Ediciones, el enlace a un video, que en apenas dos minutos pone en imágenes dramas humanos, a los que la sensibilidad del poeta pone su voz.

El poemario de Isidro R. Ayestarán es un acto de amor poético, de ternura conmovedora y pasión desbordada. Con el silencio del verso, que es grito.

PRESENTACIÓN DE “SILENTIUM”

En la noche del 30 de septiembre, Isidro R. Ayestarán presentó “Silentium” en la Sala BlackBird, de Santander. Y lo hizo fiel a su estilo. Montó un tinglado escénico, en el que convivieron armónicamente la luz de unos focos, que, ora proyectaban calidez, ora rabia; la música, en el violín de Irene Filandera, y el tambor de Jorge Rodríguez Ayestarán; la danza, en la persona de María Arce; la expresión plática, salida de los lápices de TRAcata….y la palabra y la voz del poeta. Una palabra, no solo dicha, sino interpretada, compadecida con movimientos pausados de baile. Una voz engarzada en un cuerpo que actúa, para dejarla brotar, como de una fuente, que a veces mana como susurro, y a veces, como torrente.

Porque la actuación de Isidro tiene tanto de apasionamiento, como de ternura, emociones que impulsaron sus versos, en los que poner con palabras situaciones humanas, tan dramáticas como desatendidas. Así, el poeta pone sus mejores saber y hacer artísticos al servicio de una palabra y una voz, que son las de quienes no las tienen. Para ello articula con luz, música y baile un montaje, en el que los objetos tienen una presencia cargada de expresividad y significado: bustos cegados, a los que se les abren los ojos; foulard, que es bandera y es capote…

A los asistentes, que prácticamente llenaron la Sala, la intensidad del espectáculo les mantuvo tensa la atención, hasta que se explayó en aplausos.


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