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La serpiente mordió al príncipe de Maquiavelo

6 de diciembre de 2017. POR

||DE LA SERIE ‘CONFLICTOS OLVIDADOS: LOS OTROS REFUGIADOS||

 Ha sobrevivido tantos años, porque es un maldito encantador de serpientes”. Estas fueron las palabras de Michael Hayden, director de la Agencia Central de Inteligencia de EEUU (CIA), para referirse al por entonces presidente del Yemen; Ali Abdullah Saleh. Saleh fue jefe de estado del país entre 1978-2012, uno de los mandatos más largos de la historia reciente, en la región de Oriente Medio.

Añadiendo que se podría decir que fue líder de dos países: Entre 1978-1990, como presidente del Consejo Revolucionario de Yemen del Norte y ya de toda la antigua patria de la Reina de Saba; tras la reunificación de 1990. Saleh, procedente de una familia rural pobre y casi analfabeto, nunca fue visto como un posible líder.

Sólo empezó a destacar tras licenciarse en la Academia Militar de Sana’a y tomar parte como oficial de artillería en la guerra de los Seis Días (1967) y la emergencia de Adén (conflicto, que dio paso a la retirada de las tropas coloniales británicas radicadas en la zona sur del país, la cual pasaría a denominarse como República Socialista del Yemen).

El exjefe de Estado yemení Saleh

El status quo de las dos zonas, a pesar de ser enemigos irreconciliables (sur marxista, apoyado por la URSS y el DERG etíope y norte conservador, basado en nexos tribales financiados por Arabia Saudí), no fue tan virulento como la situación entre las dos Alemanias, o la península coreana.

Tras la implosión del bloque socialista, Saleh abogó por un Yemen unificado, permitiendo a Ali Salem al Beidh (secretario general del Partido Socialista del Yemen), acceder al cargo de vicepresidente de la nación. Un hecho trágico marcó la reunificación: Saleh optó por apoyar a Saddam Hussein en su ocupación de Kuwait y la posterior Guerra del Golfo.

La derrota iraquí causó que los países amenazados por Bagdad, tomasen represalias contra los expatriados yemeníes y palestinos (la OLP de Yasser Arafat, también se posicionó a favor de Hussein). No menos de 1.8 millones de yemeníes (generalmente trabajadores cualificados), fueron expulsados de Egipto, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí. Con una economía básica, muy dependiente de la agricultura y un sector terciario, basado en la función pública, el país se vio desbordado. Tampoco ayudó el factor de ser un país generalmente receptor de migrantes.

La guerra de Somalia, el éxodo palestino citado anteriormente y los refugiados subsaharianos, aumentaron en casi 3 millones de almas, la población local. Menos aún mejoró las cosas el continuo enfrentamiento entre el presidente y su vicepresidente. El caos llegaría en una mini guerra civil de 5 meses, en 1994. El perdedor (Salem al Beidh), se vio obligado a huir a Omán. Saleh, negociaría a tres bandas para lograr los apoyos que apuntalarían su poder absoluto: Fuerzas Armadas (cuyos regimientos paramilitares, fueron dirigidos por su hijo y presumible heredero, Ahmed Saleh), confederaciones tribales sunitas (a pesar de que el mandatario, era de la rama zaidí, una escisión del chiísmo) y por último su aparato gubernamental: El Congreso General del Pueblo, apoyado por partidos fundamentalistas como Al Islah “La Reforma”. El 11-S dio alas a Saleh para prorrogar estados de excepción y un giro de 180º.

Si bien en los últimos años del siglo XX, se le vinculó a grupos ligados a Al Qaeda, tras el ataque al USS Cole en el puerto de Aden y los sucesos de Nueva York-Pensilvania-Washington de 2001, le permitieron mostrarse como un aliado fiable de George W. Bush, en la naciente “Guerra Global contra el Terror”. No contó, eso si, con un enemigo interno. Y no fueron los fundamentalistas adeptos de la red de Osama Bin Laden. Ya en 1994, tras la mini guerra civil, surgió el movimiento houthi. El cual es un grupo del mencionado credo zaidí, descendientes de los últimos sultanes que gobernaron el país hasta 1962.

Su líder, Hussein Badreddin al-Houthi, inició una campaña pacífica pero de manifestaciones masivas para recuperar los derechos de esta etnia, quienes se veían desplazados por las alianzas tribales forjadas en la capital. Su asesinato, una década después, dio lugar al inicio del uso de la fuerza armada; por parte de su hermano y “heredero” (Abdulmalek Houthi). La Primavera Árabe iniciada a fines de 2010, también llegó a Yemen. Hartos del nepotismo presidencial, la gente salió a la calle: houthies, reformistas y hasta políticos que abogaban por un movimiento de autodeterminación del sur.

Saleh recurrió a todo tipo de tretas, desde alianzas temporales con Al Qaeda en la Península Arábiga, hasta picar en la puerta de Washington -donde ya le veían como un paria-. Un atentado  con misiles que le abrasó el 70% del cuerpo, le indicó que su hora había llegado. Tras recuperarse, cedió el testigo a su vicepresidente, Mansur Hadi. Eso no impidió que Saleh gozase de una inmunidad parlamentaria perpetua y no se le confiscase ninguno de sus bienes. La insurgencia global en el país, desde 2013, volvió a convencer al encantador de serpientes, de rotar en alianzas, para recuperar el poder.

Optó por unirse a sus otrora enemigos, los houthies, para deponer a Mansur Hadi. La jugada, le salió mal: Desde Marzo de 2015, Yenen vive una guerra total, donde la población civil es víctima de los bombardeos de una coalición liderada desde Riyadh por el príncipe heredero saudí, Mohamed bin Salman, en lo que se ha denominado “el Vietnam árabe”.

Saleh viendo una posible derrota houthi, apeló el sábado pasado a los Emiratos Árabes Unidos, para acabar con las milicias rebeldes en la capital. Fue su último error: El lunes, Saleh caía abatido a tiros, no se sabe a ciencia cierta si por un francotirador rebelde o su propio guardaespaldas. Mientras, la guerra en Yemen, la pandemia de cólera en el país y una hambruna brutal, siguen aumentando.

 

Comentarios

  1. william

    MbS el madhi.

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