Sin poesía no hay ciudad

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Vivo en una ciudad a la que no llegas siguiendo las baldosas amarillas, a no ser que sea amigo del dueño de la constructora. Una ciudad de escondites donde las palomas buscan refugio de tantas sonrisas degradadas a  muecas para un cartel electoral. Nunca sabré lo que hay detrás. Es difícil adivinar cuantas capas cubren un rostro hecho solo para gustar.

Una ciudad de plenos llenos de ruido donde eres incapaz de entender nada, mientras un joven apoya su espalda en la pared de la plaza Porticada para ofrecerle,  a quien pase, sus palabras rotas envueltas en melodías de garganta cruzada por cuerdas vocales convertidas en nudos corredizos. Y es que a veces las palabras no salen y te quedas sin voz, a la intemperie, expuesto a que otros hablen por ti…

Vivo una ciudad de gigante con brazo de Grúa de piedra que convive con la ilusión de un niño con zapatos nuevos: aquí lo llaman centro “botín” y aún no sabe qué número calza. No siempre los zapatos de marca son los que dejan más huella. Y en esta ciudad, de aceras recorridas por banderas heredadas, por relatos reducidos a otro pin en la solapa, se confunden el banquero y la vendedora de la plaza de la Esperanza sin darse cuenta que el primero hace del segundo una acción que cotiza a la baja. Donde la imagen y el qué dirán cuentan quizás demasiado, aunque, como decía mi padre, luego en casa coman todos los días patatas, y da gracias.

La ciudad en la que yo vivo no tiene por qué coincidir necesariamente con la tuya, aunque muchas veces transitemos los mismos lugares e incluso crucemos una mirada hecha de “de que me suena a mí esa cara” y mientras intentas recordarlo  te has alejado tanto que ya no da tiempo para un saludo. Aunque es cierto, en esta ciudad, igual que en muchas otras, saludarse por la calle no es lo más habitual. Muchas veces la respuesta es bajar la mirada, o recurrir a la llamada ficticia del móvil; un recurso muy útil cuando no te apetece mirar a nadie. Un recurso también para que nadie piense que estás solo. Y es que en las ciudades necesitas caminar demostrando que vas a algún lugar. Solo las viejas y  algún despistado pueden permitirse el lujo de pasear.

La ciudad de la que te hablo no tiene porqué coincidir exactamente con la tuya pero SIN POESÍA NO HAY CIUDAD

Las gaviotas se posan en los tejados como si quisieran recuperar un espacio de cielo arrebatado, buscando quizás unos restos de basura convertidos en presa más fácil que el pescado. Un pescado que, como dice mi vecino Manolo, debe de estar también en crisis, pues baja todas las tarde a echar la caña cerca de los raqueros y cada noche vuelve con el anzuelo intacto. La verdad no sé qué es lo que pasa, me dice Manolo, nunca me había pasado algo así. Manolo, el hombre, lleva toda la vida pescando y desde que murió de cáncer  Lines, su mujer, se pasa las horas con los ojos puestos en la bahía y la mirada puesta en el recuerdo.

Como  decía, la ciudad de la que te hablo no tiene por qué coincidir exactamente con la tuya. En la tuya quizás está más presente el olor a arena mojada de la plaza de toros, el eco a  tarde de fútbol cantando la fuente de cacho. O las campanadas de la catedral a media mañana, que descuentan el tiempo justo para un café, hablar un poco de esto y aquellos y volver otra vez al tajo. Quizás nos encontremos en el faro o recorriendo la senda costera, las playas, eso sí, en los meses donde no hay tanta gente o a las horas donde da la sensación de que estás a solas con la mar, no el mar, la mar. El mar es para la distancia, para quien no ha respirado nunca salitre y lluvia. La mar, sin embargo, recuerda  a las rederas, al pasado que te han contado los viejos pescadores del puerto. Uno de ellos mi vecino Manolo. Es una ciudad pequeña, casi como un pueblo grande y antes o después, para bien o para mal, nos conocemos todos.

De camino al Ayuntamiento me tropiezo con quienes solo miran olvido descolgando una aguja de su retina y otra de sus muñecas. Cada vez son menos, porque les hemos dejado morir, cada vez son menos, porque por no molestar, ni siquiera se han convertido en una amenaza para el “orden público”. Imagino que haya quien ha pensado que, como todo,  solo es cuestión de tiempo.

En la ciudad por donde yo camino hay mentes inquietas que necesitan revolver con sus pinceles los colores grises que les disparan una normalidad asfixiante, de esas que te dicen que las cosas están bien como están, mientras a ti te cuesta cada vez más salir adelante. Hay miradas curiosas empeñadas en descubrir que hay tras el visillo de caspa que durante tantos años ha ido cayendo como chirimiri, aquí lo llaman “cala bobos”. Y que, si no estás atento, poco a poco, te puede empapar hasta la médula.

Como decía, la ciudad de la que hablo no tiene por qué coincidir exactamente con la tuya. Pero quizás coincidas conmigo en una cosa,  sin poesía no hay ciudad.

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