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Cultura de mercado

22 de marzo de 2018. POR

¿Qué es la Cultura? Decía Spinoza que la función del filósofo no es regocijarse o entristecerse, emocionarse o expresar enojo, sino entender, -o por lo menos intentarlo-. Puede ser, pero sin renunciar a sentir. Y así, quizás, al entender nos emocionemos, enojemos, entristecemos,  o, al menos, sepamos porqué lo hacemos. Nadie sabe muy bien que camino coger si el de la razón con destino sentimiento o al revés. Quizás la respuesta esté en encontrarnos a la mitad y transitarlo en las huellas del otro.

A la hora de aproximarnos al significado de cultura nos sucede algo parecido. Para el controvertido Gustavo Bueno cultura sería todo, es decir, hablemos de Gran Hermano, en su visión Orwelliana o en la más actual, espectacularizado y posmoderna, con su propia cápsula televisiva con reveladoras  coincidencias.

Así la cultura en su acepción más connotativa se presentaría como esa idea fuerza recurrente, presente de muy diversas formas y maneras, desde la más cotidiana a la más excepcional, dentro del proceso de acumulación de conocimientos que todo ser humano puede llevar a cabo conjugando el verbo aprender con el  saber. Un saber que participa del concepto de cultura y que necesita ir más allá para no caer en el convencionalismo de la “etiqueta” demasiadas veces simplificadora y capaz reducir a una frase de twitter cualquier debate o acabar resultando tan elitista que pierda todo contacto con la realidad cotidiana.

Quizás por eso, como ocurre con tantos  conceptos, como la misma democracia, para intentar entenderlo debamos preguntarnos ¿Para qué la queremos? Y al hacerlo quizás también vayamos prefigurando el modelo de sociedad al que aspiramos, además de, por comparación, entender el modelo de sociedad que tenemos y el tipo de cultura que lo acompaña, que le dota de sentido. Quizás también en este proceso nos interroguemos sobre el papel que debieran tener las instituciones, el que tienen, el que se propone, y de esa manera entender el tipo de instituciones que tenemos y el tipo de instituciones que aspiramos a tener. Y el tipo de personas que somos con el tipo de personas que aspiramos a ser. Si ese fuera el caso…

 

The culture is my weapon

 

Una cultura acompañada del “saber”, a la hora de relacionarnos y adaptarnos a la siempre cambiante realidad, será el camino para ver los matices, para reconocernos en sus contradicciones y hacer de ellas un paso más que huya de dar “soluciones simples a problemas complejos”. Un reto, tal vez, cada vez más complicado para una sociedad que ha pasado de masticar demasiado deprisa a tragar sin masticar. Y así la digestión se hace tan pesada que acabamos vomitando.  Y es que la comida rápida te quita el hambre al mismo tiempo que te empacha con sensación de vacío. Así la cultura puede  correr el riesgo de convertirse en un artículo más dentro del mercado de las oportunidades, con una industria detrás que, como todo negocio, buscará sacar el máximo provecho al mínimo coste posible.

El origen del término Industria cultural es un término creado en los años 40 por los filósofos Adorno y Horkheimer pertenecientes a la llamada Escuela de Frankfurt. Su objetivo era explicar un cambio en los procesos de transmisión de la cultura, convirtiéndola en un producto más dentro de las reglas de la oferta y demanda del propio mercado. Su postura, contraria a hacer de la cultura una mercancía más, quería mostrar las nefastas consecuencias de esa mercantilización de los contenidos culturales y artísticos.

En la misma línea el filósofo Walter Benjamin en su artículo El arte en la era de la reproductibilidad técnica consideraba que el arte pasa a ser un mero producto en el momento en que la industria hace del original copias y copias al alcance del consumidor. Hay cientos de ejemplos a la venta en su superficie comercial más cercana. Llegando a la banalización de la obra, del arte y de la propia individualidad. Todos queremos ser auténticos imitándonos unos a otros. ¿Cómo lo evitamos? ¿Cómo logramos esa tan reiterado, manoseada, y fotocopiada “autenticidad”, en una sociedad donde el postureo sustituye a tomar postura, en la que la pose está más valorada que tomar posición, en la que tomar partido significa ser un forofo acrítico del y tú más, y donde en la batallas por la hegemonía del relato , parecen coger ventajas los “cuentistas”?

¿Quién llevaba razón Walter Benjamin, o Adorno? ¿Han logrado determinadas formas de cultura influir en la “masa” hasta el punto de lograr esa capacidad transformadora, o por el contrario, como decía Adorno, ha sido fagocitada por el sistema generando pequeños espacios que se retroalimentan a sí mismos pero que no logran conectar con esa cotidianidad que acumula a la mayor parte de nosotros?

Si entendemos la cultura como una herramienta transformadora que nos ayude a comprender y actuar críticamente en la sociedad en la que vivimos o, tal vez, un objeto de consumo más que intentamos revalorizar para sacarle mayor rentabilidad. ¿Existe un espacio intermedio? Con toda seguridad, en este, como en muchos otros casos, en plantear preguntas y debatir estará la verdadera respuesta. La libertad de pensar, sentir y crear es el reto.

 

 

 

Comentarios

  1. Pomar

    Mecasombrena… Eterno debate sembrado por la ilógica de la razón, frente a la lógica impuesta y aceptada por los trinitarios niveles del capitalismo.

  2. Luis Ruiz Aja

    El maestro Elizondo siempre planteando controversias de interés que nos ponen frente al espejo; siempre certero, aunque sin perder su sonrisa y tono amable, eso sí, … Me ha parecido muy bueno lo de «una sociedad donde el postureo sustituye a tomar postura, en la que la pose está más valorada que tomar posición», se nota que además de politólogo es literato por su dominio de forma y fondo, del contenido profundo de los debates que plantea y del estilo en que lo hace. Por lo demás, y en cuanto al dicho debate de este articulo…él es un ejemplo de que aun hay algo de esperanza, de que se puede ser un contracultural y librepensador que promueve la CULTURA ( con mayúsculas, y sin mercantilizar) en su entorno.


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