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La medida del Tiempo

4 de junio de 2018. POR

Corriendo detrás del tiempo…

Llego tarde/ Llego tarde/ A una cita muy importante/No hay tiempo para decir “Hola, Adiós”. / Llego tarde, llego tarde, llego tarde.”

Y como si del conejo de Alicia en el país de las Maravillas se tratara corría de un  lado para otro sin tener muy claro en qué dirección. Llego, tarde, ¿No ves que llegamos tarde? Le decía en una mezcla de grito disfrazado de imposible ansiedad contenida. ¿Es que aún estás así? ¿No te das cuenta de qué todo esto lo hago, perdón, lo que hacemos por ti? Wilson no entendía lo que pasaba. Llevaba días imaginando que llegaría este día. No todos los días se cumplen seis años se decía orgulloso. Ya soy mayor, se repetía, olvidando que el año anterior había dicho la misma frase.

Es curioso como cuando somos niños soñamos con hacernos mayores y cuando nos hacemos mayores echamos de menos esa época de nuestra vida. Quizás la vida pasa tan rápido que no nos deja vivir el momento. Por eso es tan importante desempolvar el “carpe diem”, porque “el siempre” está hecho del ahora. Porque “el siempre” es justo ahora, en este mismo instante que te escribo, en este mismo instante que me lees, que son el mismo y no son el mismo a la vez. Paradojas del tiempo que nos ha tocado vivir

Llegamos tarde, llegamos tarde, se repetía angustiada, aunque esta vez no había olvidado incluir el plural de un nosotros en el que, por lo menos, una de las partes no entendía lo que pasaba. Vamos a ver, le decía mientras le cerraba el último de los botones de la camisa, no se te ocurra mancharte, después de lo que me ha costado encontrar esta camisa, y cuidado con arrugarla eh? que es de “mírame y no me toques”. Ah! Y ni se te ocurra arrastrarte por el suelo que lo pantalones los acabamos de comprar  y no es plan que salgas en las fotos como un zarrapastroso. Y sonríe leñe,  que no todos los días celebra uno su cumpleaños por todo lo alto. Lo tienes todo así que no se te ocurra quejarte, Ay… si yo a tus años hubiera tenido todo esto, pero, ¿A qué viene esa cara? Si parece que vas a un entierro, vamos; sonríe, sonríe para el selfie con mamá, que ya verás cómo tus tías se mueren de envidia cuando vean la foto, vamos que mi niño no iba a tener el  mejor de los  cumpleaños posibles. Y click! Pero hombre! ¿No puedes poner cara de felicidad?, así no vamos bien ¿eh? ahora la tengo que borrar, pues de aquí no nos vamos hasta que salga perfecta; espera, espera, que se vean los regalos y la tarta, que si no ¿de qué sirve?. Vamos,  ¡sonríe joder!, ¡que vean lo felices que somos!. A la sexta fotografía pareció conformarse y con cara de resignación le dice: Bueno, si no lo puedes hacer mejor….si es que no sé ni para qué me molesto.

 

Que no se te escape el ahora pensando en que va a pasar mañana. La medida del tiempo eres Tú

 

El teléfono no dejaba de sonar y se sentía como “ejecutiva por un día”; que si el payaso de las bolas de plástico, que si confirmar las bebidas, el local. Y claro, había que pagar una consumición, por lo menos, para el resto de padres, como había hecho fulanita y no iba a ser menos, que no se diga. Que si había que recoger a menganita y entonces no llegábamos a tiempo para recibir a los invitados. Hija mía que estrés, le decía a su amiga del alma mientras agarraba a Wilson del brazo y lo llevaba medio arrastrando al coche.

Una sensación hasta entonces desconocida le recorría el cuerpo, era como si alguien le estuviera apretando en la barriga y no le dejara respirar. No te manches, no te muevas, No hagas esto, no hagas aquello. Mamá, para por favor, tengo ganas de vomitar…Calla, calla hijo, ¿no ves que hay prisa? ¿No querrás llegar tarde a tu propio cumpleaños? Después de todo lo que nos ha costado. Mamá por favor no me encuentro bien, le dice a su madre mientras la agarra del brazo y una lágrima le recorre las mejillas. Perdona mamá, se cuánto te has esforzado en que todo fuera perfecto. El coche da un pequeño frenazo y se queda parado en el arcén. En su interior una madre mira a su hijo y no puede contener las lágrimas: Perdona hijo mío, perdona mi amor. No te preocupes por nada mi vida que mamá está aquí. ¿Y el cumpleaños mamá? Era tan importante para ti…llegaremos tarde. Y esas palabras la atraviesan como una dentellada del tiempo perdido. No hay prisa hijo mío, podemos celebrarlo mañana o pasado; o cuando tú quieras corazón mío, y solo si tú quieres, le dice al tiempo que le desata el último botón de su camisa de “mírame y no me toques” para fundirse en un abrazo. Y se miraron y se tocaron y se encontraron. Y  cuando su hijo dejó de llorar, una madre respiró hondo,  arrancó el coche y dio la vuelta en el arcén: –No hay prisa mi amor, tenemos todo el tiempo del mundo.[1]

 

Nota: Artículo escrito en colaboración con María Castillo. Gracias María, por la idea y las reflexiones que recorren cada línea, cada palabra.

 

[1] En su libro “Vida de Consumo” el sociólogo Zygmunt Bauman nos habla de una sociedad en la que la vida humana se construye a la imagen del consumo, donde el deseo es el principal motor del desarrollo, donde ser feliz sería algo así como llenar los vacíos que deja el dolor de cosas y más cosas (en referencia a Freud) dentro de la tiranía del momento (como mencionan también Maffesoli y Simmel). La sociedad del consumo sería entonces: “la promesa de satisfacer los deseos humanos en un grado que ninguna otra sociedad del pasado pudo o soñó hacerlo, la promesa de satisfacción solo conserva su poder de seducción siempre y cuando esos deseos permanezcan insatisfechos” pág 70. El eterno “quiero y no puedo” en busca de una perfección que no existe,  porque nunca serás el anuncio que intentas imitar. Porque es eso, un “anuncio”. Atrezo hecho de nada.


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