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Sólo lo nuevo sobrevive

3 de octubre de 2018. POR

Vas paseando por la calle Burgos, dirección al Ayuntamiento. Te paras en algún escaparate, de una conocida librería, de una tienda de ropa o complementos, solo por echar el rato y ver lo que hay. Los maniquíes siguen en el mismo plan de siempre, inexpresivos, solo responden a la llamada de la etiqueta que va cambiando en función de la ropa que cubre sus inmaculados cuerpos. En un claroscuro parece como si tu rostro se sobrepusiera sobre ese cuerpo de plástico y quedase a modo de fotografía. Neorealimos posmodernos que dirían los gafapasta del postureo. Te ajustas las tuyas a la nariz para que no haya ninguna duda. La verdad es que las gafas de pasta son bastante resistentes y tú no eres precisamente de los que más cuidan las cosas.

Es época de rebajas y te topas el slogan que recorre el escaparte: “Solo lo nuevo sobrevive”. Solo lo nuevo sobrevive te dices… mientras un anciano pasa a tu lado con el pie cambiado de un tiempo que parece como si ya no le perteneciera. Es como si molestara al resto de personas que le rodean como una isla desconocida que nadie quiere mirar y que todos quieren evitar. El hombre con su bastón se acerca al paso de cebra que tienes a unos metros de ti y ves cómo se queda parado. Aunque el semáforo está en verde él se queda parado, como si fuera un gesto de insumisión a la prisa que le rodea, como si dijera yo ya he corrido suficiente, a ver si llegáis vosotros. Joder, con este último pensamiento un escalofrío te recorre todo el cuerpo como si de una revelación se tratara. De nuevo pones la mirada en el escaparate “Solo lo nuevo sobrevive” y ya han cambiado al maniquí y la ropa que llevaba, ya no queda nada más que el espacio vacío que rápidamente será sustituido por otro.

Te quedas esperando a que la dependienta, que no tendrá más de veinte años, cambie el maniquí, o monte un nuevo escaparate. Es curioso, te dices, cada vez duran menos las rebajas, cada vez envejece todo antes. Antes de irte te fijas otra vez en el escaparate y vuelves a ver tu cabeza sobrepuesta sobre el maniquí, ahora desnudo. “Rebajando lo rebajado” pone a su lado. Ahora ponen el slogan antes que el producto, será porque el producto es lo de menos, te dices.

Un solar en el Cabildo de Arriba

 

Sin darte cuenta se te ha echado el tiempo encima, aunque decides seguir el ejemplo del anciano y quedarte parado por un instante. Es como si el rostro de la multitud fuera el mismo siempre,  aunque sus caras sean diferentes. El semáforo se pone en verde y te decides por fin a pasar. El anciano sigue quieto, parado, sin moverse, en sus trece. No puedes evitar mirarle con admiración aunque no puedes evitar dejarte llevar por la multitud. Cuando llegas por fin al Ayuntamiento aún sigues preguntándote que habrá sido del anciano. Seguirá allí cuando vuelvas, o ya lo habrán derribado y sustituido por algo más nuevo. Si el cae caeremos todos te dices con una sensación de amargura que tu sonrisa de admiración no es capaz de disfrazar.

De tantas veces que lo has hecho ya has perdido la cuenta de las veces que has pasado por la plaza del Ayuntamiento y, sin embargo, no recuerdas haber cruzado el paso de cebra y subido las escaleras que dan a la cuesta del Hospital donde está el Espacio Joven. Es la conocida como zona del Cabildo, lo poco que queda de ese Santander antiguo, aunque muchos lo llamen viejo. De barrio chino, de pasado, de historia de personas que se mantienen fijadas a esa calle pase el tiempo que pase.

A sus edificios, los poco que quedan, medio caídos compartiendo espacios con solares medio abandonados que parecen esperar “con todo el tiempo del mundo” el próximo pelotazo urbanístico: Seguro que algún cuervo anda detrás de todo esto oyes decir a uno de sus vecinos mientras encara la calle San Pedro, esa calle que aparece fuera de todo mapa, de toda guía turística, de toda geografía de la prisa y la modernidad. Esa que parece una isla que se hunde poco a poco porque no les dejan ni achicar agua, sino que la indiferencia les hunde más y más.

El bar de Jesús que hace esquina es el único que queda abierto y que comparte espacio con edificios a punto de derrumbarse. La huella de los años de prostitución,  marginalidad  y droga aún camina por los rostros de las mujeres que allí se sientan esperando y que con la prudencia de quien se sabe señalado te saluda sin acabar de levantar del todo la vista del suelo. Hoy la zona está vallada. Uno de los edificios va a ser derrumbado. No importa su edad,  su historia, ni su memoria. No importa que la identidad de los lugares se construya con la memoria vivida, con la huella de quienes los han habitado. “Solo lo nuevo sobrevive” pone en una de las vallas. ¿Qué habrá sido de ese anciano? Te preguntas antes de abandonar esas calles, que hace tiempo que ya han sido abandonadas a su suerte…O a la de algún cuervo negro.

Comentarios

  1. Jose Luis Quintana Mantecon

    Bonito artículo como todo lo de Elizondo . El anciano que se detiene por si acaso…,no tiene prisa y además le fallan las piernas . Curiosamente se ayuda al invidente y el minusválido aquí y allí se quedan solos.
    La calle San Pedro y los monigotes colgados de balcón a balcón el día del patrono . Años de pobreza y miseria y también de buenas gentes. Las conocía muy bien el coadjutor de la Parroquia de Consolación , Don Jesús , el párroco Don Benito , Don Antonio Martín Lanuza . Eran las unicas a personas a las que, entonces, podían acercarse “los miserables”.
    El carbonero Ciriaco, padre y después Ciriaco hijo, con su carro de reparto tirado por caballo tordo . El bar Palentino donde el guitarrista que actuaba llegó a ser conocido en media España.
    La Gitana…, visitada por lo más selecto de ciudad y provincia. Todo un mundo en cuatro calles.


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