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Imagine

5 de diciembre de 2018. POR

En mi primer día interno en el colegio me tuve que pelear con Gonzalín. Recuerdo a Gabi decirme que antes ya lo habían hecho el resto de niños, no éramos muchos la verdad. Ahora lo veo  como una especie de ritual de aceptación por el que había que pasar.

No había mucho tiempo de pensar, ni siquiera oportunidad de echarte atrás, simplemente sucedía. Para cuando querías darte cuenta ya estabas enzarzado en un cuerpo a cuerpo en el que ambos intentaban rodear con el brazo la cabeza del otro para agarrarle  del cuello y engancharle contra el pecho. Era una llave que todos conocíamos sin haber hecho nunca artes marciales.

Y entre empujones y tirones estabas revolcándote por el suelo intentando ganar la posición para no asfixiarte. No había ensañamiento, no he mencionado que teníamos cinco años, lo sé porque era el primer día de internado, y de colegio, y yo entré en párvulos con cinco años.

Hasta entonces la vida en el pueblo no sabía de muchos niños, más allá de las primas que venían muy de ciento en viento de Bilbao y que era para mi hermano y para mí todo un acontecimiento. Igual que cuando Noelia y su familia de Donosti venían en Verano.

Lo cierto es que no había muchos niños de mi edad donde me crié. No era ni bueno ni malo, era lo que había y como decía mi abuela, “hay que arreglarse con lo que hay”. No le cojo el punto a  esa frase, da una sensación de resignación que no comparto y, en según qué casos,  puede hacer que renuncies a luchar por lo que crees, por lo que sientes. En otros a entender,  ponerte en el lugar del otro y aceptarlo. Allá cada cual que diría mi vecino.

 

El poder de tu imaginación. El niño que llevas dentro…

 

Pero la verdad que para este caso lo explicaba muy bien y, si os soy sincero, ahora que lo pienso “lo que había” era la increíble. Tal vez porque el paisaje de la infancia de un niño es su imaginación  y la capacidad de convertirla en  herramienta de superar las barreras que de adulto nos ponen, las que nos ponemos como salvavidas al borde de un precipicio que nos sabemos de dónde ha salido, si es real, pero lo sentimos tan presente con el riesgo de que el vértigo se convierta en la mirada única de lo que nos sucede.

Era cuando la imaginación “vencía” a la realidad si estabas pasando un mal momento, de tu corta vida. Y  la imaginación te daba las alas para convertirlo en otra cosa. Te ofrecía esa oportunidad. No me refiero a la pelea con Gonzalín que, si os parece, la dejamos para otra ocasión, o  nos reencontremos con ella unas líneas más adelante, no sé, ya veremos. El caso es que la imaginación nos daba la posibilidad de manejar la realidad, por dura que esta fuera, de una manera diferente, de buscar una vía de escape, de no conformarnos, de creer que Todo era posible.

Era poco más de mediodía y un grupo de “mayores”, cuando eres un chaval  a todos los que están por encima de tu edad tiendes a llamarles “mayores”. Pero en este caso eran “mayores” de los de verdad, de esos que tenían la misma edad que tus padres. Estaban todos hablando entre ellos  y murmurando.

Cuando llegué bajaron la voz y uno de ellos se acercó a mí: No te preocupes, no pasa nada, me dijo mientras se daba la vuelta y dirigía su mirada hacia una ladera de la montaña. En ella se encontraba mi padre atrapado bajo el tractor. Había volcado, y mi padre se había quedado atrapado debajo, justo en la parte del tórax  donde la presión del peso hace que te vayas quedando sin respiración. Estaba demasiado lejos para que nadie pudiera ayudarle, sus gritos se fueron apagando poco a poco.  Fueron varias horas y costillas rotas pero salió con vida.

Recuerdo que imaginé que lo conseguía  y pese a la angustia sentí que creé un espacio en el que la realidad se deformó lo suficiente como para no dejarme sin respiración a mí también. No sé qué habría pasado si hubiera muerto, ni como hubiera reaccionado yo, pero sí sé que tenía al alcance un arma que según van pasando los años se empeñan en arrebatarnos, en quitarnos o en decirnos que solo dispara normas, fronteras límites y camisas de fuerza, primero externas, pero que luego interiorizamos tanto que acaban formando parte de nosotros como segunda piel.

Gonzalín no era mal tipo, de hecho fue uno de mis amigos en la escuela. No recuerdo haber vuelto a pelarme con él, tampoco quería pelarme con él la vez que le conocí. Pero en ese momento todo me decía que no había otra salida  que “engarrarnos”. Otras veces, otros lugares, otras peleas, me ocurrió lo mismo. Tardé un poco en imaginarme que hay una  forma diferente de hacer y sentir las cosas. El niño que llevo dentro no se da por vencido.

La pelea con Gonzalín, por supuesto, la perdí. No había otro resultado posible.

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