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Hay que comportarse en la mesa

7 de enero de 2019. POR

Termina una etapa de celebraciones, encuentros y comidas o cenas. Unas semanas en las que en muchos días nos hemos reunido con amigos, compañeros de trabajo o familia en torno a una mesa.
Y eso es a lo que más se puede parecer un país: a una mesa con gente diversa.

Porque esas comidas y esas cenas de Navidad son todo esto, nuestra sociedad. Somos lo que somos en estas fechas que dejamos atrás, en las que unos vienen menos, porque se tuvieron que ir fuera; otros tienen que atender a algún mayor o persona dependiente, y les cuesta más sacar tiempo.

Allí estábamos todos, sentados. A veces discutíamos, incluso alguna vez subiendo el tono, pero dentro de lo normal. Estábamos allí, con nuestras cosas en común, con nuestras diferencias.

Cierto es que en la mesa teníamos gente con problemas, sobre todo en los últimos años. A veces incluso hemos tenido que hacer un esfuerzo para que los que menos tenían o estaban pasando un mal momento pudieran sentarse con nosotros sin quedarse descolgados.

Algunos habían perdido el trabajo. Otros cobraban menos de lo que venían cobrando. Otros vienen menos porque viven fuera. Otros tienen que atender a algún mayor o persona dependiente, y les cuesta más sacar tiempo. Teníamos a mujeres que les estaban tratando mal sus propias parejas, a gente que estaba más sola porque venía de otros países y a otros que alguna vez les habían insultado o algo peor simplemente por ser como eran.

De todos ellos estábamos intentando ocuparnos, entre todos, para que pudiéramos seguir juntos, en la mesa.

Y, como nos enseñaron en casa, habíamos hecho hueco a gente nueva. Así, en nuestras mesas se sientan el novio extranjero de la hija, el hijo de la novia, la madre pero no al padre, la novia de tu hija… en definitiva, a familias que se estructuran de nuevas maneras.

Donde comen dos, comen tres, dice el refranero. Así nos lo enseñaron nuestros padres y madres y esa es nuestra tradición.

Pero de un tiempo a esta parte los más revoltosos han decidido arriesgar la convivencia en la mesa y hasta la propia cena.

Aquellos que casi nunca querían venir han cambiado de actitud: ya no es sólo que no hablen con todos, o que hagan ruido y no cumplan con las mínimas normas de educación que nos transmitieron en casa o en la escuela.

Es peor aún: han ido donde los que peor les estaba pasando y han comenzado a insultarles. Al que se quedó sin trabajo le están acusando de ser un vago, a la que le trató mal su pareja le han comparado con los responsables del mayor genocidio de la historia; han dicho que al que le pegaban e insultaban en el colegio es un privilegiado. Y al camarero que nos atendía, que venía de otro país, le han llamado, directamente, terrorista. Es surrealista: va contra todo lo que nos enseñaron nuestros padres.

Lo cierto es que son pocos, pero están haciendo mucho ruido. Y nos preocupa que para evitar que se marchen haya gente que les esté riendo las gracias y se sume al festival de atacar al más débil y de impedir a gritos que podamos hablar.

No nos parece la forma de combatir a los maleducados. Cuando en la cena alguien se pasa, tiene que haber una voz que le diga: compórtate

En lugar de ir a peor, tenemos que ser mejores. Tenemos que recordar que una cena, que un encuentro, funciona cuando estamos más cerca, y que tenemos, porque es lo más natural, que seguir ayudándonos entre todos, sin caer en la tentación fácil de echarnos la culpa de problemas cuando no hemos sido nosotros los que los hemos creado.

Y tenemos que recuperar la conversación en la que estábamos: todo el tiempo que dedicamos a hablar de temas que ya teníamos claros no lo estamos dedicando a hablar de que la salida del túnel de la crisis nos ha dejado peor que antes, y parece estructural; de que en el mundo real nos cuesta pagar los suministros, cosas tan básicas como la casa o la luz; de que cada es más difícil atender en condiciones a nuestros mayores o hijos, y de que en las instituciones hay gente que no mira por el bien común y de que existe una sangrante carencia de ideas y proyectos, mientras que en nuestra Cantabria hay una red de empresas y apellidos a los que, otra vez, sí que les está yendo bien. Siempre hay quien cena aparte.

Comentarios

  1. Fernando Díaz

    Yo creo que el escrito ha quedado un poco confuso … en todo caso, estoy de acuerdo en que en la mesa hay que comportarse, bien sea de forma literal o en sentido figurado.

    ¿Que se detecta por ahí una crispación creciente ? Cierto, pero vistas las dinámicas sociales y económicas que están en marcha no es de extrañar. Vivimos en un proceso de polarización económica acelerada, así que ese tipo de situaciones son las lógicas. Es más, en España dado el tejido familiar tan protector en lo económico, psicológico, asistencial, etc. podemos decir que ni tan mal…

    En cuanto a que “tenemos que ser mejores”, está bien como propósito de año nuevo, pero por lo dicho anteriormente no tiene pinta de pasar de ahí, de ser un deseo.
    El hecho es que las relaciones personales hoy están basadas en lo material (en el peor sentido de la palabra): están mercantilizadas. Esa es la trampa en que hemos caído.
    Tenemos reciente la fiesta de Reyes y (casi) todos hemos visto cómo se gestiona el tema de los regalos entre quienes se supone son tus seres más queridos (hijos, nietos, hermanos, etc.). Me refiero a la tendencia de confundir cariño con regalos, y sobre todo con un tipo de regalo determinado (caro, o socialmente bien visto por su precio o prestigio), de forma que al final lo que hacemos es comprar ese cariño, en vez de sentar las bases simplemente en las relaciones desinteresadas, o al menos no cuantificables, como por ejemplo: en “recuperar la conversación”.
    Pero este “sistema” es así, es cierto, no seamos utópicos. Se basa en el consumo, no se trata de echarlo abajo en dos días, pero sí al menos en no dejarnos dominar completamente por él, en tener algo que decir y hacer, en poner nuestros propios límites dentro de lo posible.

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