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De sueños y realidades

25 de marzo de 2019. POR

Una escena de Memorias de un ser humano disperso

Se puede vivir sin que se cumplan los deseos, pero no sin el deseo de cumplirlos, por más que el no cumplimiento siembre de frustraciones los ámbitos del espíritu. Es lo que le ocurre al personaje del monólogo, “Memorias de un ser humano disperso 7,0”, de Diego Freire, que también lo interpreta, y que, dirigido por el argentino José Campanari, se ha presentado en La Teatrería de Ábrego, los días 22 y 23 de marzo, función programada en la V Muestra Internacional de Teatro SOLO TÚ, que cuenta con el apoyo de la Consejería de Cultura del Gobierno de Cantabria.

El espectáculo tiene algo de comedia, algo de musical, algo de drama, algo de farsa, ingredientes para un cocinado teatral con sabor agridulce. Diego Freire compone un personaje, que alberga sueños existenciales no cumplidos, privación que achaca, tanto a su condición personal y sus circunstancias, como a los obstáculos, que la sociedad opone a su condición. Así, en el personaje confluyen la confesión pública personal y la pública crítica social. La presunta dispersión del personaje, no exenta de lucidez, le conduce a una difícil integración en una sociedad, carente de empatía.

Comienza la función con la entrada del actor, quien, con una maleta en la mano, avanza hasta el escenario cantando las frustraciones del personaje. Literalmente, cantando, lo que no excluye el lamento, a la vez que la ilusión de un cambio a una vida deseada, en la que, al abrir la maleta, en lugar de los paliativos a su penosa realidad, que contiene, se encuentre con el gozo del sueño vital cumplido.

A partir de ahí Diego Freire desarrolla un trabajo actoral, por el que un aparente estatismo corporal está cargado de una riqueza de matices gestuales, por los que los modos del clown se compadecen con los de los actores del cine mudo, recurrentes en sus obsesiones, con las que se reivindica a sí mismo, al tiempo que es depositario del menosprecio social, al que responde con crítica burlona, cuando no grotesca.

Y es aquí donde la función pasa por breves momentos de depresión teatral, al recurrir a situaciones y personajillos de actualidad, como Vox o Belén Esteban, en cuyos mundos el personaje no puede integrarse. Pero, en la misma línea, se recupera el interés, cuando en una parodia del programa televisivo 1, 2, 3, la cultura, esa desconocida, queda a la intemperie de estupideces de diversa índole, más estimadas y conocidas por los concursantes. O cuando, en un anhelo de personalidad intensa, toma como modelo a Nuria Espert, a la que exagera comprando pan.

El escenario, de austera composición es lugar donde el personaje comparte, tanto su realidad indeseada, como el deseo de un mundo, en el que su sueño de feliz aceptación se haga realidad. Un mundo en el que, como un musical, el canto sea de exaltación de la vida, y no de lamento. Y el actor canta y baila. Pudiera pensarse, por lo dicho, que la función es, como el personaje, también disperso. Pero, no. El espectáculo presenta una sutil unidad, un hilo argumental, trenzado con las repeticiones obsesivas, de palabra y gesto, de un ser humano, que no es tan disperso, como él mismo dice de sí, por más que admita su “poquito de esquizofrenia”. La dirección de José Campanari armoniza el trabajo del actor con unas músicas amables y con unas luces, en las que los fulgores se alternan o conviven con las sombras. Como en la vida misma.


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