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Confianza

11 de abril de 2019. POR

No te preocupes si no tienes la libreta o el D.N.I , que hay “Confianza”, Carlos joder, y con una sonrisa sincera, la de una persona  que siente la confianza de una palabra no vaciada aún como esa España que no encuentra quien la llene de algo más que “selfies” y trajes populares en la sección de últimas tendencias de vuestro centro comercial favorito, aprieta la mano para reconfortar, siente que aún hay humanidad en lo que hace, que tiene algo bueno que ofrecer.

La “confianza” ha perdonado mucho en nuestras vidas.

Porque, hagamos lo que hagamos, trabajemos en lo que trabajemos, necesitamos ese margen de error que no nos convierta en la pieza del “solo son negocios”, del beneficio que solo se cuantifica en billetes, porcentajes, y rentabilidades económicas. Necesitamos que el beneficio sea otro, sea un beneficio humano, necesitamos que la rentabilidad sea otra, que no me llene solo el bolsillo, sino que acompañe cierta sensación de bienestar con uno mismo.

Quizás porque aún queda en nosotros esa parte que se niega a venderse del todo y, hasta en el peor de los casos, necesitamos compensar nuestra propia balanza. Y es que, a poco que reflexionemos, caemos en el bucle de las contradicciones; la ropa que compramos cosida con puntadas de explotación infantil, el porno que vemos con orgasmos con cargo al proxenetismo, el móvil que usamos con el coltán apuntalando  pequeños ataúdes en minas del Congo, las teclas que ahora estoy golpeando… una puta locura si te paras a pensarlo por un momento y no te digo nada si te paras a sentirlo ese mismo momento….y así hasta volvernos locos.

Para no hacerlo, para no volvernos locos, buscamos la manera de cambiar las cosas, de (auto)convencernos, o simplemente de dejarnos llevar de la coherencia del “siempre ha sido así” o del “yo me preocupo de lo(s) mío(s)” construyendo espacios libres de juicios, el primero el nuestro, con nosotros mismos. No es fácil nadar contra corriente.

Por eso darnos la mano como muestra de confianza sin necesidad de firmar un papel, o confiar en la palabra de alguien a quien conoces de hace años, no hace mucho era uno de esos reductos a los que nos agarrábamos para transitar este mundo lleno de contradicciones que hemos creado, que alimentamos de una u otra manera y en el que la coherencia es el arma del asesino, porque le parece bien que todo esté tal y como está. Y así también ese –qué hay confianza Carlos joder-, se convertía a su manera en la trinchera del no soy tan cabrón pese a que esté desempeñando este trabajo que sé que forma parte de una cadena que ahora mismo a alguien, en algún lugar, le está reventando literalmente el cuello.

Recurrir a esa “confianza” era también una forma de reconciliarnos un poco con nosotros mismos, con la humanidad que perdemos por el camino empujada por  la necesidad de pagar facturas, de tirar “pa’ lante” que bastante tengo yo con lo mío, para qué me voy a preocupar de los demás si total no va a cambiar nada y toda esa retahíla de frases aprehendidas para salir del paso cuando la conversación se vuelve demasiado sesuda o profunda. O, porqué no, de intentar vivir un poco mejor, –que la vida son dos días y hay que aprovecharlo, porque si no lo haces tú otro lo hará, estamos llenos de frases hechas a la medida del verdugo…

Una confianza que quería marcar distancia de otras confianzas, las que se toman quienes te tratan como un producto más y que ven en ti ese coste de oportunidad que te cuesta la vida. Una confianza acompañada de unos valores que no sabes muy bien cómo explicarlos y que podrías analizar y discernir contrastando filosofías y teorías sobre la naturaleza del ser humano, pero que no necesitas hacerlo porque en alguna parte de ti sabes que el verdadero valor no lo mide el dinero. Una frase cojonuda para las pelis que pagamos, para los anuncios que pagamos, para los slogans que pagamos, para la realidad que consumimos pagando, pero que por alguna razón necesitamos creernos y sentir que tiene un punto de verdad y que no todo tiene un precio, aunque para justificarnos recurramos a tan manida frase.

Una confianza que intentaba hacerse un hueco entre balances, saldos, porcentajes, cuentas de gastos. Que quizás no sabía que habitaba en territorio hostil y que el primer disparo con forma de “no podemos hacer nada” o “no depende de mí” la impactaría en mitad de la frente hasta golpearse con ella contra el suelo tras saltar desde su piso antes de ser desahuciada.

Y ya no importaba cuantos papeles llevaras, cuantas veces enseñases el maldito D.N.I. Ya nadie se atrevía a preguntarte cómo estaba la familia, o cómo iba el negocio. La mano se quedaba metida en el bolsillo, como arrepentida de haber salido tan a la ligera para estrechar unas manos que ahora se iban a la cabeza angustiadas con la mirada perdida en la pared donde cuelga  la foto de una familia feliz estrechando la mano de alguien. Bajo ellos se podía leer, —–estoy seguro que ya lo sabes-: “Confianza”.

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