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Vial de sangre

15 de febrero de 2016. POR

LA ESCOMBRERA HABITADA, nuevo espacio del poeta Vicente Gutiérrez

Un año ha pasado desde la muerte de Amparo Pérez. No sé si el hecho de calificar aquel suceso de asesinato u homicidio indirecto, bajo la Ley Mordaza, supondría arriesgarse a recibir una grave penalización.

El caso es que falleció en la Unidad de Cuidados Intensivos de Valdecilla, justo al día siguiente de haberse reunido con el alcalde de la ciudad quien le informó de que debía desalojar su casa sí o sí, a pesar de que un informe médico ya había alertado de los riesgos que conllevaba su traslado a otra vivienda.

Acampada en defensa de la finca de Amparo frente a su expropiación

Acampada en la finca de Amparo (FOTOS aéreas cedidas por Jonathan Valle)

Muchos recordamos con afecto e impotencia esa pequeña fortaleza de paz y dignidad que era su casa, ese sosiego doméstico y humilde que no dañaba a nadie pero en el que muchos vieron una fuente suculenta de peculio.

De modo que el Ayuntamiento la derribó para construir, con prisas, el vial más absurdo e innecesario de toda la ciudad.

Yo, personalmente, aún no lo he atravesado, ni en coche ni a pie. Al verlo desde lejos, uno echa de menos la ladera agreste, el prado indómito, la huerta humana o el camino embarrado de extrarradio…

Nada mejor, para comprender la dura realidad mafiosa y despótica en la que nos obligan a vivir nuestros gobernantes, que detenerse unos minutos a contemplar esa lengua infernal de hormigón asfáltico que une la Avenida de los Castros con la S-20.

La destrucción de su casa y su fallecimiento nos recuerda que vivimos en el “primermundismo” más inhumano y cruel. Fue un horror bárbaro y medieval, acorde con los más sucios escándalos de corrupción de nuestro país. Y es que este país, por desgracia, está lleno de silenciosas y lentas expropiaciones, similares a la sufrida por Amparo y su familia.

Para mí fue asombroso que más de medio centenar de personas acudieran asiduamente a las manifestaciones y acampadas de apoyo, como asombrosa es la solidaridad de muchos ciudadanos que acuden altruistamente a la paralización de multitud de desahucios de conciudadanos suyos. Son muestras de que algo está cambiando en nuestra ciudad.

Muchos recordaremos el ejemplo estupendo de esta mujer de 86 años. Llama la atención tanta entereza y determinación en alguien de su edad. Su lucha valiente y singular quisiéramos verla repetida en cada una de las otras expropiaciones innecesarias que comete impunemente este ayuntamiento.

En ese sentido hay quienes, de forma bienintencionada, proponen homenajear a su memoria llamando a ese tramo de carretera el “Vial de Amparo”.

Creo que eso sería un error imperdonable, pues darle un nombre supondría aceptar y reconocer su utilidad, por no hablar de la ironía macabra que subyace en el hecho de asignar el nombre de Amparo al mismo infierno de cemento que sepultó su casa y su vida.

Ese vial, por el contrario, se merece todo nuestro rechazo y desprecio. El único deseo que deberíamos tener ante semejante monstruo de hormigón es el de su completa e inmediata destrucción. Y recuperar lo que fue en el pasado la Vaguada.

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