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Cuando las barreras no son solo arquitectónicas

15 de Diciembre de 2016. POR

El hombre que escribe en tercera persona del singular me ha llamado esta semana para invitarme a comer. Aunque ambos somos de apetito generoso y nos gusta experimentar nuevos sabores en el ámbito gastronómico, siempre me dejo llevar por sus recomendaciones a la hora de escoger restaurante por dos razones: porque tiene muy buen gusto y, sobretodo, porque sabe qué establecimientos son accesibles o están adecuados para poder moverse con facilidad con una silla de ruedas.

No obstante, mientras tomábamos el café, me confesó que las barreras que más cuesta superar no son las arquitectónicas sino las sociales. Me explicaba el caso que vivió hace muchos años, en un centro comercial, mientras paseaba mirando escaparates. Se le acercó un chaval, de unos 8 años, y le preguntó qué le pasaba. Comenzó a explicarle que tres años atrás había tenido un accidente de moto, que en la caída se rompió el cuello y que eso había provocado que ahora estuviera en una silla de ruedas. El chaval no tuvo suficiente. “Pero, ¿por qué?”.

Entonces respiró hondo para intentar hacerle entender al chico lo que era una lesión medular de una manera sencilla. Pero no pudo. Antes de que pudiera comenzar apareció el padre del chaval para llevárselo tirando de su brazo a la vez que se disculpaba, como si su hijo hubiera hecho algo horrible. Es ahora, casi 20 años después, y me explica esta anécdota con rabia e indignación. “Ese chaval solo QUERÍA QUE LE EXPLICARA POR QUÉ voy sentado”.

Barreras arquitectónicas

Barreras arquitectónicas

Yo intentaba hacerle entender al hombre que escribe en tercera persona del singular que la reacción del padre es lógica porque no sabía con qué tipo de persona estaba hablando su hijo. ¿Y si esa persona estaba deprimida por lo que le había ocurrido? ¿O si no lo lleva bien y no le gusta que le pregunten? Él me miraba negando con la cabeza y dibujando una sonrisa condescendiente antes de pedir la cuenta.

Cuando salimos nos encontramos con el pan nuestro de cada aparcamiento. Habíamos dejado su coche en una de las dos plazas reservada para personas con discapacidad que hay al lado del restaurante, de esas en las que hay una zona rallada en amarillo entre ellas y que sirve para poder situarse con la silla al lado del asiento del coche y abrir la puerta con comodidad. Ocupando ese espacio rallado había una moto de gran cilindrada. A mí se me llevaron los demonios: “¡Pero no ven que aquí no se puede aparcar!”, solté.

Entonces, el hombre que escribe en tercera persona del singular, y que ha perdido la cuenta de las veces que ha vivido esta situación, me miró y me dijo: “¿A ti te explicaron en la autoescuela por qué las plazas reservadas son tan grandes, o para qué sirve la zona rallada entre ellas? ¿No crees que es mucho más útil EXPLICAR EL POR QUÉ de las cosas para que la gente las entienda?”.


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