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Licencia para crear fronteras

3 de septiembre de 2018. POR

||por FERNANDO AUSENCIA, cofundador de ALAS EDICIONES||

Hay una mujer en mi barrio, que mira fijamente las colinas, mientras se pregunta quién les quitará la licencia para imaginar fronteras, cuando para ella la realidad es cristalina. Se dice, contrariada, que se corta las uñas porque es ahí donde traspasa los puestos fronterizos, los controles que de verdad importan.

Escultura de la serie los Gigantes de la luz, de Dundu

Hay algo de huida cuando te rasuras una parte importante de tu cuerpo como son las uñas. Ella sabe, mientras mira fijamente las colinas, que esos pedacitos de material orgánico no vuelven, no serán capaces de convencer a los guardianes de los límites, todos ellos con sus uniformes impolutos, de que solo era un intento por entender el otro lado de la vida, ese reverso misterioso que toda uña aspira a conocer alguna vez, lejos de un cuerpo que trata a esas uñas en muchas ocasiones como segundonas en el mundo de la anatomía.

También hay algo de huida en el preciso momento en donde los pies sufren los avatares del roce continuo con los asfaltos y las suelas sintéticas de los zapatos veraniegos. La mujer de mi barrio, que mira fijamente las colinas, las mira en el estío, cuando las colinas se saben poderosas, cuando ellas se permiten la arrogancia de acogernos por un tiempo y provocan que nos olvidemos de los juanetes, de las extremidades hinchadas por los calores de un agosto que siempre se está acabando.

Y se pregunta, la mujer de mi barrio digo, que mira fijamente esas colinas, si hay retorno y sentido cuando no tiene más remedio que abandonar las prendas de vestir que durante semanas y meses le han permitido pasar inadvertida por los controles de la frontera, esa que no parece demasiado estricta, pero que esconde en las garitas metálicas instrumentos que limitan los paseos transfronterizos.

La mujer que mira las colinas lo sabe, vaya si lo sabe. Ella es sabia, suda la tinta gorda, se pasa el día mirando las colinas con el delantal puesto, y no da crédito, se indigna y se lo dice al carnicero, pero no al carnicero que aparecía medio muerto en la novela de Gabriel Esmero, Trento, sino al que con un cuchillo trocea las extremidades de los pollos y descuartiza con delicadeza animales despellejados. El carnicero entiende a la mujer que mira la colina en mi barrio, porque en cada golpe sobre el mármol manchado de sangre se imagina idiomas nuevos, tierras desconocidas y algún que otro amor que aún no ha descubierto.

Ella suele hablarle de las fronteras que imaginan otros, esos otros que no pueden sino estar locos de remate, y el carnicero entiende, asiente. Se lo inventan, dice ella, él enciende un cigarrillo y busca una cerveza. Ella siempre le habla de pasar los límites en su media hora de descanso, cuando apenas hay clientes y el sol pega a base de bien.

Cuando la jornada laboral termina, como cualquier frontera que se precie, ella está ya viendo la tele o escuchando a sus nietos en sus continuas peleas, y el carnicero cierra la puerta de la carnicería, se pasea por el barrio y visita el bar de siempre, y le comenta al camarero también lo de siempre, hay una mujer en mi barrio que mira las colinas, mientras se pregunta quién les quitará la licencia para imaginar fronteras. El camarero llena el vaso, con unas ganas inmensas de comprobar, como le han contado, que hay un carnicero en la novela de Gabriel Esmero e imagina que traza límites para que los exploten otros sin cortarse ni un día esas delicadas fronteras del deseo que son las uñas, saltándose las reglas inventadas.


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