La revolución egoísta

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En los últimos días escuchamos críticas a la causa del Racing de Santander. Críticos con el movimiento popular de liberación del club, que, paradójicamente, vienen de movimientos que están librando luchas muy importantes: contra el oligopolio energético, contra la estafa financiera, contra los recortes o en defensa de la sanidad y la educación públicas.

Críticas que se edifican sobre argumentos como que el fútbol es el opio del pueblo – siempre hace falta un tópico– y sobre todo, en la reducción del fenómeno Racing al fútbol. “Es sólo fútbol” o “la gente sí se mueve por el fútbol”, lamentan.

Estos críticos han centrado su discurso en la comparación de importancias entre las causas, en lugar de ver la revolución del Racing como un ejemplo de coordinación ciudadana y profesional, que ha fructificado en una gran victoria contra una trama de corrupción internacional.

La corrupción es tremendamente ofensiva, nos roba nuestro dinero, ahora que hay poco. Juega también con nuestros sentimientos: no queremos llevar en el DNI a la ciudad más corrupta de la región más corrupta del país más corrupto. No somos así, y frente a eso también se ha rebelado el pueblo en la batalla del Racing. No es sólo fútbol, de hecho es lo de menos.

Todo ello, potenciado por el valor simbólico y el poder mediático de un plante sin fisuras de una plantilla de futbolistas. La toma de la Bastilla de El Sardinero en directo para todo el planeta. El pueblo al poder, esa es la metáfora del Racing. Un mensaje de mucha fuerza.

La revolución del racinguismo que pone en jaque a la corrupción instalada en el fútbol, como la de los afectados por las Preferentes que tiene contra las cuerdas a otra institución putrefacta, otrora regional, como Caja Cantabria ahora en Liberbank.

Son ejemplos de lo que somos capaces unidos y coordinados. Si hasta un matrimonio mayor con un hijo que se ha hecho un apresurado máster en finanzas ha conseguido vencer en los tribunales a un gigante como el Banco Santander de Don Emilio Botín.

Cuesta, y cuesta mucho, participar y comprometerse. Lo saben los padres que quieren cambiar las cosas en la FAPA Cantabria. Que se han dado cuenta a contrarreloj de cómo funcionaba una institución con un presidente que lleva diez años acomodado en un cargo sin celebrar un sólo proceso electoral. Tampoco hubo demanda de ello.

Una década es mucho para todo. Para olvidarse de ciertas normas, para que se descuadren los balances económicos, pero sobre todo los déficits más graves, los democráticos. Una década sin unos ojos en el cogote de un cargo, que fiscalice un mínimo y demande ejemplaridad.

Las revoluciones se hacen hoy poco a poco, sin derramar sangre, asociación a asociación, Gamonal a Gamonal. Y a veces son lentas, como el nuevo modelo económico en la empresa, basado en la iniciativa y la colaboración, frente al clientelismo y los privilegios que protegen instituciones empresariales alejadas de los empresarios, como la CEOE.

Resulta también, que no todas las causas son tan generosas y altruistas como parece. Seamos claros: los padres que se movilizan por la enseñanza pública son tremendamente egoístas, no hacen otra cosa que pensar en sus hijos. Y está bien que lo hagan.

No hay un lugar que se movilice más contra el desempleo que aquel en que se ha cerrado una fábrica. A nadie le preocupan más las hipotecas que a quien le van a echar de su casa. Si hasta los que buscan una reforma eléctrica pueden estar pensando antes en una rebaja de la luz que en un gran cambio de modelo.

¿Y los de las Preferentes? Se mueven por su dinero, y hay quien piensa que lo pusieron en productos tóxicos porque daba mejores intereses, que bien lo podían haber puesto en otros depósitos menos rentables pero más seguros. Pero luchan por su dinero, sus ahorros, y van ganando. Tienen razón.

En estos días de costosos temporales y espigones, ¿Acaso no hay nada más egoísta que querer que tus hijos tengan un planeta limpio y sostenible, que aguante para que lo vean nuestros nietos?

revolucion

Portada de Los Miserables, de Víctor Hugo.

A todos nos mueve un interés, puede que muy legítimo, pero no estamos para juzgar las causas de los demás, porque la suma de todas esas causas, egoístas y desconectadas, son la revolución del gota a gota. En cada asociación, en cada institución que no representa a quien debería: contra el banco que nos quitó nuestro dinero y nos quiere echar de nuestra casa; contra la eléctrica que te sube la luz; contra los que secuestraron el club de nuestros abuelos y destrozaron la buena imagen de nuestro pueblo, a base de especulación, corrupción y trapicheo de fichajes; contra aquel que no dice ni mú por la situación de la economía y el sufrimiento de nuestras empresas; contra instituciones de periodistas dirigidas por político-periodistas que no defienden a periodistas censurados y legitiman cerrajeros de la libertad de información; contra el silencio de la institución que representantes a los padres, ante los recortes en la educación de los hijos de todos.

Porque todos ellos, sumando su pequeña y egoísta revolución, pueden acabar tejiendo una nueva red que realmente un día, sin que nos demos cuenta, haya terminado por cambiar las cosas para todos.

Además, las revoluciones cuajan cuando uno menos se lo esperas. Nadie monta una revolución sobre grandes principios. Se empieza con detalles y luego se les da significado. La independencia de los estados Unidos empezó por la subida de los impuestos al té, que era lo mismo que subir el precio de lo que bebía todo aquel pueblo. El Tea Act. Pero si es que en España hubo un motín por que se quisieron prohibir las capas, el Motín de Esquilache. Más recientemente, las revueltas árabes estallaron porque se tiró al suelo el carrito de un repartidor. En Gamonal se quejaban de que hubiera para una obra faraónica, adjudicada al cacique de turno, pero no para una guardería en el barrio. En Hamburgo, por un centro cultural. En el Racing es por el equipo de tu ciudad. En Ceoe por unas denuncias que sabían todos y alguien se atrevió a decir en público. En la Asociación de la prensa, por décadas de inacción. O peor, de acción contra la profesión, de acción para el poder y para los poderosos. Así siguen.

Pero detrás se van revelando otras actitudes que dan sentido a la lucha. Detrás de la gota que colma el vaso llega una gran marea, una ola gigante, una ciclogénesis que lo acaba llenando de principios, de significado. El té llevó a pensar en la prepotencia de la metrópoli inglesa. El carrito en el deseo de más democracia. El bulevar de Burgos, en el hartazgo de una forma de hacer política municipal. En San Pauli, Hamburgo, se busca una forma alternativa de gestionar la cultura. En el Racing descubrimos una corrupción que hiede tanto que afecta a tus sentimientos. Y todos conocemos alguna organización que piensa más en ella misma que en sus socios, que toma las decisiones sin pensar en el interés general, en su público, que somos sus clientes.

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