La cuarta ola (que se transformó en un tsunami)

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||por MARIANO DE MIGUEL, historiador||

En 1993 tras la caída del muro de Berlín e implosión de la Unión Soviética y sus satélites, el politólogo estadounidense Samuel Phillips Huntington, publicó una de sus obras más importantes, ‘La tercera ola democratizadora’.

En ella hablaba de lo que sucedería tras los dos procesos de reformas democráticas globales, que empezaron con las revoluciones liberales de 1848 en Europa y una segunda, tras el fin de la contienda mundial de 1939-1945. Por ello, la desaparición del bloque socialista, recorrería el globo desde Occidente a Oriente.

Si bien los principios básicos se pueden considerar correctos, los hechos fácticos que ocurrieron, eran errados.

Al inmediato “Nuevo Orden Mundial” propugnado por George Bush Sr., vinieron varias crisis como fue la Primera Guerra del Golfo Pérsico (1991), las guerras en la ex Yugoslavia (1992-1995, 1999), genocidios como el de Ruanda y que no pocos países en Oriente Medio (como Egipto con Hosni Mubarak), no sólo no se democratizaron, si no que empeoraron su índice de derechos humanos y transparencia.

En junio de 2000 tras el fallecimiento del presidente/dictador de Siria, Hafez al Assad, víctima de la leucemia, tras 30 años de poder ininterrumpido en el país y ceder el testigo a su hijo Bashar en lo que se denominó “la república árabe hereditaria”, hubo atisbos de cambio.

Bashar Al Assad, oftalmólogo de profesión, educado en Occidente y por aquel entonces, presidente de la federación siria de informática, prometió reformas económicas, policial y sociales en el país levantino, junto a levantar el puño de hierro establecido desde 1975 en el vecino Líbano, al cual trataba como una colonia o feudo particular.

Bien es cierto que en base a un acuerdo económico de inyecciones económicas, a cambio de reformas políticas, firmado en Marzo de 2001 con el FMI, dio lugar a un crecimiento macroeconómico del Estado que en 2009 tenía un PIB medio al de Portugal en 1980, pero todo ello no se tradujo en bienestar social.

A fin de cuentas, dichas reformas eran paquetes neoliberales que también se aplicaron en Egipto desde 1987 (con un resultado nefasto) y Yemen tras su reunificación.

Estos países tenían un denominador común: Corrupción institucionalizada, que controlaba toda actividad económica.

LA CUARTA OLA…

Muchos diarios y medios de comunicación, afirmaron que tras la inmolación como protesta de un joven desempleado en Túnez a fines de 2010, que derivó en las manifestaciones masivas en el país dando lugar a la caída del corrupto Ben Ali, darían pie a una cuarta ola por todo el Oriente Medio.

Nada más lejos de la realidad. Ni esos países son equiparables a los que salieron del “socialismo real” en 1989, ni se deben comparar procesos que si bien en un sitio pudieron ir con mayor celeridad, aquí resultan infinitamente más complejos.

Primavera árabe

Las primaveras árabes no evolucionaron como se esperaba

Túnez tenía una red de partidos políticos ilegalizados por Ben Ali, pero que con mayor conservadurismo, tendencias socializares o religiosas, de siempre plantearon un juego democrático, estatal y que aceptarían elecciones.

Con más o menos problemas, el país del Magreb ha sido el único de la mal llamada “Primavera Árabe” que mediante consenso planteó elecciones que dieron pie a un parlamento y turno de partidos, junto a una nueva Carta Magna redactada y hecha por y para todos.

Libia, en base a un dictador que hasta marzo de 2011 era considerado “amigo”, fue bombardeada. Hoy tras la caída de Muammar Gaddafi el país está balcanizado, con luchas entre clanes, integristas y el ejercito, junto a dos parlamentos (uno en Tobruk y otro en Bengazi).

Egipto, tras la revuelta de Febrero de 2011 en la Plaza Tahir y la caída de Hosni Mubarak, celebró sus primeros comicios presidenciales, donde a pesar de que eran un plebiscito entre unos islamistas moderados y la antigua clase dirigente, salió elegido como jefe de estado el antiguo hermano musulmán Mohamed Morsi.

Que duraría menos de un año en el cargo cuando en julio de 2013 un golpe de estado de su ministro de defensa, le depuso.

El actual presidente, Al Sisi, se habrá ganado a Occidente, pero en realidad es un nuevo Pinochet.

Nada que decir de Yemen…y sobretodo, de Siria. Se sigue hablando de balcanización inevitable en ese país, de la crisis de refugiados, una transición post-Assad. La realidad es que hay una guerra.

No la iniciada ahora por Francia. No. En Siria levan casi cinco años en guerra.

Sólo en 2013 tras un ataque químico a un suburbio de Damasco -nunca clarificado-  y el auge del mal llamado Estado Islámico, Occidente ha empezado a mirar a ese país.

Si se siguen lanzando bombas nada se conseguirá. La prioridad es educar y reconstruir su sociedad civil. De otro modo, se estará yendo de cabeza a un descenso al caos. Si es que no lo estamos haciendo ya.

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