Defender la vida desnuda

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||por PATRICIA MANRIQUE, filósofa y activista||

Se podría decir que no hay tema más relevante en el pensamiento del siglo XX que la Vida. Y no pensamos en ello por casualidad. Donde siglos antes soñamos con progreso, esperando que el conocimiento mejorara ese ente abstracto y discontinuo que nos obstinamos en denominar humanidad, contemplamos prodigarse por doquier la muerte y la destrucción, amplificadas por unas capacidades técnicas que siglos atrás no hubiéramos siquiera soñado. Llegaron las guerras mundiales, los totalitarismos, el genocidio, el descrédito progresivo de las instituciones políticas y las sospechas de que el sistema económico que predica la libertad campa a sus anchas, libertino, a costa de arrebatarnos lo esencial: la vida. Porque lo esencial, no lo olvidemos, es la vida. Una condición básica, el valor máximo y mínimo.

En el pensamiento del siglo XX, la vida se convirtió en realidad radical. En la estela de Nietzsche, hicieron sus modulaciones magistrales esos amantes paradójicos que fueron Heidegger y Hannah Arendt, a pesar de alinearse temporalmente con los nazis el uno y tener que huir de Alemania -refugiarse- en EEUU, por su condición judía, la otra. En castellano, Ortega o María Zambrano aportaron a una España intelectualmente acartonada la riqueza de la razón vital.

Foto de refugiados realizada por el reportero cántabro Olmo Calvo

Foto de refugiados realizada por el reportero cántabro Olmo Calvo

En Francia, Bergson había pensado sobre la vida reaccionando al cientificismo para reivindicar la especificidad de lo humano: conciencia, reflexión, libertad… y algo después, ya en los años 60, una cascada de reflexiones a la altura del fluir de la vida nos lanzarían al pensar del porvenir: Foucault, Deleuze, Derrida… Fue corriendo un siglo de rico -y vivo- pensamiento europeo obsesionado por poner la vida -la vivida, la sentida, la cotidiana, la que se construye nada menos que viviendo- en el centro de la tarea del pensar.

En el siglo XXI, nueva vuelta de tuerca mediante, nos vemos abocadas a tratar la vida desde otro punto de vista: la vida desnuda, por emplear una expresión de Benjamin o del italiano Agamben.

Con la humanidad en el chasis, es la zoé, la nuda vida, la vida desnuda, la mera supervivencia lo que ha de ser pensado. Su papel en nuestra vida como bíos, en nuestra forma de vivir. La importancia que le damos, el papel que juega en lo político, en lo jurídico. Y una noción de vida precaria, frágil, vulnerable, es la que marca con dignidad el rumbo de buena parte del pensamiento contemporáneo…

Sin embargo, la realidad cortocircuita a la vez que impulsa la reflexión: al menos en el norte, opulento y egoísta, insolidario e irracional, hemos perdido el norte olvidando lo esencial, ese bien mínimo y máximo que es la Vida. Decidimos, despiadados, sobre la vida y la muerte, y sobre qué nuda vida es merecedora de la denominación de vida que puede optar a sobrevivir. La racionalidad técnica, que de puro exceso y dogmatismo se ha tornado irracional, nos ha llevado a olvidar los cimientos básicos necesarios para todo programa humano. ¿Acaso es posible alguna acción o reflexión política que sea digna de ser escuchada si no pone a su base el respeto por la Vida? ¿Son posibles los matices sin respeto a lo esencial?

Más de un millón de personas que huían de la muerte llegaron a las fronteras de Europa en 2015. Las más se quedaron a las puertas de su potencial refugio, perplejas y doloridas, indefensas, porque nuestro modo de vida no las admite. El nuestro resulta ser un modo de vida que, en consecuencia casi aporética, no respeta la vida: las miles de personas apostadas en las puertas de unas fronteras europeas inmunes a la fragilidad humana dan cuenta de ello.
No nos engañemos: aunque es obscenamente visible en el periplo dramático de sirios, afganas, irakíes, yemeníes, palestinas… lo que está en juego es, en realidad, la vida desnuda, la mera supervivencia y el simple vivir, la suya y la nuestra. Eso es lo que se niega a reconocer como valor el oscuro ente económico que un día se pretendió social, esa Unión europea que permite a Inglaterra discriminar trabajadores en función de su pasaporte, bendice las devoluciones en caliente en España y niega el refugio que un día reconoció como su obligación, mientras reparte recortes a los más para progreso económico de unos pocos. Si lo encarnamos, veremos que se trata de pequeños grupúsculos de hombres y mujeres privilegiados que deciden sobre la vida y la muerte de todo el resto. Y escogen la muerte.

El ciudadano y la ciudadana medias estamos escandalizados, angustiados, nos sentimos impotentes. Bien, sólo hay una manera de dejar de formar parte de esto, y es formando parte de otra cosa. Este 27 de febrero muchas nos uniremos a la Marcha europea por los derechos de las personas refugiadas, y muchas lo haremos por las personas migrantes en general. En Santander, a las 12.30 en la Delegación de Gobierno. Porque justamente no podemos delegar nuestra humanidad en nadie, debemos dejar claro, a quienes son capaces de rescatar un banco en tiempo record pero llevan más de un año negándose con impasibilidad a rescatar a las personas, que el mínimo exigible es un pasaje seguro, acogida y reasentamiento. Seamos conscientes de que nos va la Vida en ello.

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