Las despedidas que no hicimos

Tiempo de lectura: 3 min

Mi más sentido pésame a todas las personas que en estos días están perdiendo a sus seres queridos. Cada día mueren miles y millones de personas en el mundo, y siempre es duro, siempre deberíamos tener un minuto de intimidad diaria para reconocer la fragilidad de esta vida y su finitud.

Y desde mi más total agnosticismo yo lo tengo desde que era pequeñita porque siempre temí las despedidas y a la muerte, miedo y respeto, siempre presente.

De todos los duelos, los más vívidos son aquellos en que unas no pueden acompañar a otras en su viaje final. Lo sentía y me dolía siempre que veía morir sueños en pateras, solitarias almas que no tienen quien las despida. Y como éstas, a las personas que desaparecen, que se esfuman y sólo dejan un rastro de dolor en quienes no les pueden enterrar. A quienes perecen en guerras, asesinatos, catástrofes naturales y tantas tragedias porque unas cierran los ojos y a las otras se les abren para derramar lágrimas de dolor por no haberles podido decir un último adiós.

Ahora son centenares a diario quienes se van sin un beso, sin la mirada cómplice de quienes le quieren, sin una palabra al oído que consuela a quien se va y a quienes se quedan.

Lo sé por experiencia.

Quedarte dentro con un montón de palabras nunca dichas te duele para siempre. Por eso al padre de mis hijas le despido un día tras otro. Le encontraba antes del encierro en mis largos paseos por la bahía y costa de mi bella Santander. Es fácil con el olor a mar y la clarividencia del horizonte comunicarte con quien está allí llenándolo todo, escuchándolo todo, entendiéndolo todo.

Desde que estamos confinadas y a temor de volverme loca sin poderle contar las cosas de sus niñas, las cosas de la vida, le he reencontrado en un templo de silencio.

A falta de un lugar de recogimiento laico y público, sin credo alguno, he encontrado al lado de casa las puertas abiertas de la Iglesia de Santa Lucía. Huele a incienso, toda la imaginería presente me da la bienvenida y respeta, me dejan sentarme un ratito, sin tener que profesar ninguna fe ni dejar de hacerlo.

Allí encuentro la suficiente paz para meditar y reconectar con mis emociones, liberarlas de tristeza y dejarlas fluir. Fue además allí donde rodeadas de todas las personas que le querían le despedimos por última vez, un lujo hoy en día haber podido darle la mano, un beso, verle, acompañarle y susurrarle ya dormido mucho de tanto que se quedó por decir.

Por eso me duele físicamente el corazón cada vez que se convierte en números el dolor de tantas familias que se están quedando huérfanas de padres, abuelos, tíos, amistades… De forma colectiva esta sociedad debe rendir homenaje a todas las víctimas de una enfermedad que no es peor que tantas, pero que sí ha conseguido encerrarnos con miedo en nuestras casas y quién sabe si transformar nuestras egoístas e individualistas existencias en una realidad futura más consciente, humana y con más amor.

 

  • Este espacio es para opinar sobre las noticias y artículos de El Faradio, para comentar, enriquecer y aportar claves para su análisis.
  • No es un espacio para el insulto y la confrontación.
  • El espacio y el tiempo de nuestros lectores son limitados. Respetáis a todos si tratáis de ser concisos y directos.
  • No es el lugar desde donde difundir publicidad ni noticias. Si tienes una historia o rumor que quieras que contrastemos, contacta con el autor de las informaciones por Twitter o envíanos un correo a info@emmedios.com, y nosotros lo verificaremos para poder publicarlo.