A su imagen y semejanza

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Dios, patria y rey. Para unos, la tríada gloriosa que debe guiar nuestros pasos; para otros, el palo, la cuerda y la zanahoria de la burricie nacional.

Animado por la calurosa acogida a las reflexiones sobre las figuras del rey y de la patria, me dispongo a completar esta breve trilogía con esta entrega sobre la existencia de Dios, la más sútil de la tres patas sobre la que se sustenta esta santa trinidad.

Vaya por delante que carezco del talento y de los conocimientos necesarios para descifrar en unas líneas los misterios acerca de los que, ni filósofos ni científicos ni tratados profanos o sagrados han logrado un consenso. A cambio, solo pretendo entretener algún rato ocioso del confinamiento.

En los escritos precedentes, cuyos vínculos incluyo, por si queda alguien que no los ha leído, un leve rascado en la superficie de los conceptos reveló serias dudas acerca de su naturaleza real.

Efímeras creaciones de la mente, reyes y patriotas se revelan como gotas de agua que se independizan de la ola al romper contra las rocas. Toman conciencia de sí mismas como separadas del resto, individual y colectivamente, hasta que, de manera inexorable, vuelven al océano, y todo lo que falsamente creyeron ser se disuelve en la totalidad de lo que realmente es.

Prevenido en esta ocasión ante una posible deriva hacia lo insustancial, y en virtud de la elevada posición de Dios, por cuya omnipotente voluntad todo acontece, dedicaré las líneas que siguen a reivindicar su existencia, con alguna aclaración de tipo temporal.

Desde una perspectiva divina, considerando que la edad de la tierra es de unos 5000 millones años y que las primeras versiones del género Homo no aparecen hasta hace 2,5 millones, hemos de admitir que nos encontramos en el inicio del amanecer del séptimo día. Esto explicaría, entre otros defectos de funcionamiento, el infantilismo de ateos y agnósticos y su imaginaria libertad.

Desde el punto de vista humano, que es el que aquí interesa, es innegable que la experiencia de la existencia de Dios es exclusiva de los seres racionales. El animal superior, el único con capacidad de extinguirse sin ayuda externa. Por lo tanto, debemos circunscribir la existencia de Dios a su período de cohabitación con el hombre. Desechemos pues, por inservibles para nuestro propósito, los primeros 4998 millones de años de existencia de la tierra. No tiene sentido discutir sobre Dios en un tiempo en que ni siquiera había quién pudiera dar fe de su existencia. Dicho de otro modo, existe Dios porque existe el hombre.

Ante la solidez de las evidencias expuestas, debemos concluir de forma categórica que Dios existe, de momento. Y no solo uno, sino tantos dioses como creyentes, creados a su imagen y semejanza (divinizada).

Podéis ir en paz.

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