Corrupción tras la explosión en el Líbano: «Tengo miedo de que las ayudas no lleguen a la gente»

La corrupción endémica del Líbano agrava la ya difícil situación de la población tras años de crisis y la reciente explosión en el puerto de la capital, no muy diferente a la que sufrió Santander con el Cabo Machichaco o las que podría sufrir si continúan los envíos de armas desde los muelles capitalinos
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Semanas después de la explosión en el puerto de la capital libanesa, la población de Beirut teme que la ayuda humanitaria enviada por países de todo el mundo se quede en manos de la élite política o que esta la revenda a precios más elevados. Este auxilio internacional está llegando mediante aviones a falta de una difícil reconstrucción de los muelles beirutíes, y abunda el miedo a que el ya escaso material no alcance a la gente que más la necesita.

El pequeño Estado de Medio Oriente siempre ha sido muy dependiente de las importaciones de comida, y mucha de ella entraba por el ahora destruido puerto. Por esto, la mayoría de la ayuda que llega es para cubrir las necesidades nutricionales de los libaneses.

Además de esta, también envían ayuda financiera -Turquía ha prometido reconstruir el muelle destruido, aunque la población beirutí es escéptica- o de personal -España ha enviado bomberos-.

Ali Moussa es un estudiante de máster en la Universidad de Cantabria cuya familia vive en Beirut, y ha declarado a EL FARADIO que los militares distribuyen menos ayudas de las que parten desde los países auxiliadores: «Las autoridades intentan acaparar el material y la comida para luego venderlas por un sobreprecio».

Por si fuera poco, asegura que hay camionetas cargadas de material humanitario que salen de Beirut hacia el sur, donde «no hay nada». De hecho, el control del Estado libanés sobre la parte sur de su territorio es difuso, pues allí es muy fuerte el control de Hezbolá -un movimiento de resistencia legítimo para los países árabes, una organización terrorista para Occidente-.

Miembros de Hezbolá.

 La explosión que indignó al Líbano

«Una amiga mía vive cerca del puerto», cuenta a este medio Moussa, «y estaba trabajando en el momento de la explosión. Al volver a casa de encontró todo destrozado: el baño, la cocina, todos los cristales de la casa rotos…».

La deflagración causó 170 muertos y unos 7.000 heridos, además de dejar sin hogar a 300.000 vecinos. Se calcula que los daños ascienden al valor de 150.000 millones de dólares, y hasta la fecha la ONU solo ha conseguido recaudar 250 millones. Adicionalmente, el porcentaje de la población bajo el umbral de la pobreza ha aumentado del 30 al 50 %. «La gente está muy preocupada; a muchas de las viviendas que no están destruidas les falta el techo, una pared, etc.», dice Moussa.

Muchos edificios van a necesitar de reparaciones de gran calado. Foto cedida por Ali Moussa.

El estudiante relata la indignación y la rabia que causó la explosión: «¿Cómo van a guardar tantas toneladas de nitrato de amonio en el puerto?». De hecho, un exfuncionario de la Autoridad portuaria dijo que, desde 2014, «las autoridades habían advertido con tanta frecuencia de la naturaleza peligrosa de los materiales almacenados que se convirtió en una práctica común evitar el hangar 12, donde se almacenaba este químico».

La consecuencia más directa de esta furia fue una serie de protestas, reprimidas duramente por el Gobierno, en las que se saquearon los ministerios de Asuntos Exteriores y de Economía y se incendió el de Obras Públicas, competente en la gestión del puerto. Ante la presión, el Ejecutivo dimitió el 10 de este mes, aunque continúa gobernando en funciones.

La necesaria reforma

Una de las reclamaciones de los manifestantes, que llevan protestando en la calle desde el año pasado ya, es la creación de un gabinete tecnocrático que afronte la grave crisis económica del país y su superinflación, que alcanzó el 89,74 % el pasado junio.

El actual primer ministro en funciones, Hassan Diab, fue elegido tras dos años y medio de inestabilidad política y su Gobierno era lo más parecido a uno de expertos en los últimos años. «La gente está cansada de los partidos y del clientelismo de la política», relata Moussa. «Yo quiero un gabinete tecnocrático, pero no tengo confianza en que salgan elegidos en el sistema actual». La visión que nos cuenta el estudiante es la habitual en el país árabe, en el que las diferentes confesiones -islam chií, islam suní y cristianismo- mantienen cuotas de poder por Ley.

Tras estos últimos problemas, Moussa asegura que no tiene esperanza en una reforma del sistema a corto plazo y que espera no regresar al país: «Ya viví una guerra en 2006 y estoy cansado; solo quiero estar tranquilo». Ha solicitado asilo y la única razón por la que no se trae a su familia a España es porque sus padres son mayores y no cree que se puedan acostumbrar a otra cultura a su edad.

Un peligro real para Santander

Activistas de Pasaje Seguro en una concentración contra el tráfico de armas en el monumento de homenaje a las víctimas del Cabo Machichaco || Foto: Guillem Ruisánchez

La deflagración en el puerto beirutí señala el peligro real en la capital cántabra, cuyo centro histórico ya quedó arrasado en 1893 por una negligencia relacionada con explosivos, como en el caso libanés.

Los muelles santanderinos conocen las visitas recurrentes de barcos que transportan armas, como el Bahri Hofuf, que cosecha muestras de rechazo tanto a nivel institucional como en la calle.

Ina Robles, conocido por negarse a cargar un barco saudí de armas españolas, lamentó en declaraciones a EL FARADIO DE LA MAÑANA en ARCO FM (103.2) la negativa del Gobierno central a parar los envíos.

No hay que olvidar, además, que la coalición militar que encabeza Riad es parcialmente culpable de la hambruna que sufre actualmente Yemen, donde los saudís y el propio Gobierno yemení -musulmanes suníes- se enfrentan a las milicias hutíes -musulmanes chiíes-.

 

 

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