LOS (no tan) NUEVOS ROSTROS DEL FASCISMO

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Para entender como se construyen los nuevos marcos narrativos del fascismo, y su repercusión social, es necesario analizar el proceso histórico discursivo del propio fascismo para encontrar un encaje en los modelos parlamentarios de democracia liberal y de estado del bienestar surgidos tras la Segunda Guerra Mundial. La deriva autoritaria en algunos casos, el progresivo desmantelamiento de dicho estado de bienestar en otros o la continua deslegitimación de las instituciones, y el modelo de partidos (corrupción, nepotismo, etc…) se han convertido en el caldo de cultivo para la proliferación de dichos discursos. En este caso las referencias al término fascista engloban, más que una ideología, un conjunto de discursos con diversas variaciones pero que tienen en común un renacido populismo ultranacionalista.(Como menciona el profesor Roger Griffin en su obra “The Nature of Fascism”).

La extrema derecha en sus diferentes expresiones ha buscado fórmulas de encaje en las democracias modernas, a diferencia de lo ocurrido hace cien años. La banalización de la historia a través de la desmemoria, el análisis ahistórico y no relacional del pasado y un presentismo cuyo objetivo es instrumental, centrando el foco en el “aquí y ahora”, son algunos de sus rasgos. Una forma fraudulenta de conectar con las necesidades urgentes de una sociedad en crisis. Rompiendo esos lazos con el pasado, o reescribiéndolo a conveniencia, queda espacio para volver a repetirlo sin que sea percibido, por una parte de la ciudadanía, como una amenaza para la democracia. Se presenta entonces como la solución ante los incumplimientos de la misma.

Derrotado su ideario totalizador, parecería que determinados discursos habrían quedado condenados a la marginalidad o desaparecidos tras los procesos de desnazificación asociados a una cultura democrática basada en los derechos humanos como nuevo paradigma hegemónico tras el horror del holocausto. Sin embargo, el carácter inacabado, incompleto, de estos procesos ha hecho que el marco mental del fascismo encontrara un espacio para reinventarse y buscarse nuevos “judíos” que colocar en su diana. Por eso las nuevas caras del fascismo huyen de la simbología de lo obvio, de las cruces gamadas, del yugo y las flechas, de las camisas azules o las cabezas rapadas. Conscientes de que, desde un punto de vista simbólico, las sociedades actuales rechazan esa estética, el discurso fascista se presenta como sinónimo de cambio frente al fracaso del sistema, de alternativa regeneradora frente a un estatus quo que parece no dar más de sí.

Los nuevos planteamientos son conscientes de la necesidad de distanciarse de esa estética, que les integraría en la narrativa de los fascismos, y se presentan desde lo cotidiano apelando a un discurso basado en el “sentido común” de una ciudadanía que lo único que hace es defender un estilo de vida, un “orden natural de las cosas” aparentemente inofensivo. Camufla un modelo de sociedad excluyente y penaliza todo lo diferente tachándolo de “estar al servicio de un poder que quiere destruir ese orden natural”, ese estilo de vida, que ellos defienden. Así, el feminismo, los derechos de las personas migrantes, la diversidad identitaria, los nuevos modelos de familia, etc…, es decir, todo discurso que, bajo su lógica, haga tambalear ese orden, es considerado una amenaza.

De esa forma proscriben del debate todo aquello que no forme parte de las fronteras de ese “sentido común” creado a la medida de su imaginario. Todo bajo el paraguas de una libertad ejercida desde la negación de los derechos del diferente. La diferencia es transmutada en amenaza y la amenaza en “enemigo” responsable de la deriva moral, social, económica y política de la sociedad, por lo que debe ser combatido en la forma que aparezca. Esa expulsión de las fronteras de lo “normal” es banalizada bajo la normalización y aceptación de diferentes fórmulas discursivas incorporadas a lo cotidiano: “nos vienen a quitar el trabajo”, “primero los de aquí”, “yo no soy racista pero…”, “solo defendemos lo que es nuestro: nuestro modelo de familia y creencias, nuestra cultura…” frente a la amenaza de ese “otro”; de ese “judío” que en estos tiempos, para el marco fascista, puede venir en forma de inmigrante, musulmán, “izquierdoso”, “feminazi” que quiere destruirlo, o que es incapaz de integrarse bajo los postulados del pensamiento fascista defensor del bien común; de ese “orden natural de las cosas” de cuyas esencias se autoproclaman depositarios, guardianes y defensores. Por cierto, para este marco mental fascista, la diferencia no importa siempre que seas de “los nuestros”. La uniformidad se disfraza de una falsa pluralidad. Bajo esa lógica discursiva la democracia deja de ser el encuentro entre diferentes que debería ser, dando el primer paso hacia un esencialismo cuya última expresión es la deshumanización y negación del “otro”, como nos enseña la Historia.

Apelar a personajes históricos como recurso simbólico identitario, crear espacios de solidaridad restringida (como recogida de alimentos solo para españoles), hacer de la historiografía propaganda política o hablar de libertad criminalizando al diferente bajo marcos mentales excluyentes, son solo algunos de esos rostros de un fascismo tan cotidiano que podemos correr el riesgo de no verlo, de normalizarlo, apoyarlo y de votarlo como ya pasó, por cierto, en un pasado no tan lejano.

Nota: Muchas gracias al profesor Martín Alonso por su revisión, acotaciones y, en su caso, necesarias correcciones.

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