‘Hija de la ira’, dos buenos ratos de lectura
No soy buen lector de novela. Tampoco lo soy malo. En realidad, no soy lector de novela. Leo muy pocas novelas. Pero, a veces, por alguna razón, o sin ninguna, leo una novela, y paso unos cuantos buenos ratos, o solo dos buenos ratos largos. Esto último me ha ocurrido con la lectura de la novela “Hija de la ira”, publicada por Planeta, y de cuya autoría son corresponsables Ana Rojas y Pablo Escribano, profesores de Lengua y Literatura en Cantabria. Una novela concebida por dos cerebros pensantes, desarrollada por dos imaginarios creadores, escrita por dos manos, que ponen de acuerdo cerebros e imaginarios, para que resulte una sola novela, y no dos. Será porque no soy lector habitual de novela, pero, si no lo hubieran descubierto Pablo y Ana en la presentación del libro, a la que asistí, no sabría cuál fue el cometido de cada quien en la construcción de la obra, algo que, en realidad, tampoco es necesario saber ni tiene mayor importancia para el lector, aunque sí para Pablo y Ana. Lo que, en principio, induce a pensar en una elaboración compleja, que sí debió de serlo, llega al lector con claridad y sencillez, sin perjuicio de que la trama y sus personajes sean todo, menos sencillos, ni sus personalidades ni las vicisitudes de las que son sujetos y objetos. Personajes, entre los que los femeninos tienen protagonismo, principal el de Oriana, único personaje que nombraré y del que solo diré, aún sin ser lector de novelas, que no creo que haya muchas, en las que un personaje femenino haya pasado por un recorrido existencial de extremos tan extremos, por lo que se hace objeto de admiración y, a la vez de repulsa, por cuanto en él confluyen sentimientos nobles y mezquinos, presididos por la necesidad de olvido y huida, pero también de venganza, sentimiento noble y mezquino a la vez.
“Hija de la ira” pertenece al género de novela negra, y será presentada el próximo miércoles, día 9 de julio en la Semana N3gegra de Gijón, por lo que callado está dicho que las muertes violentas también comparten el protagonismo con los ejecutores y sus víctimas, que no hay pocos. De los unos y de las otras, de variadas condición y procedencia. Y son esas muertes las que marcan, en buena medida, la estructura de la novela, en capítulos, en los que los tiempos, no siguen un orden lineal, cronológico, sino que sitúan al lector, puntualmente, en el momento justo de antes o después de la muerte de turno, que no son sucesivas, y que tiene sus ejecutores y sus espacios propios.
Quiero ver en esta temporalmente pormenorizada estructura, por un lado, un aliño de ironía, que apunta en más de un momento de la novela, sin perjuicio del dramatismo que define las peripecias existenciales, sobre todo de Oriana, pero no solo, en un contexto ambiental familiar y social delictivos, en los que la muerte violenta está y se la espera. Por otro lado, y me adelanto a decir que tampoco soy lector de guiones cinematográficos, tengo para mí que la estructura novelesca de “Hija de la ira” pone en bandeja, diálogos incluidos, un guion cinematográfico, presto, sin más adaptación, a ser convertido en una película de cine negro.
Sí, he pasado dos buenos ratos largos leyendo “Hija de la ira” y, si no ha sido un solo buen rato corto, al que la profusión de situaciones inesperadas, el dinamismo y la fluidez del relato invitan, se debe a que, además de no ser lector habitual de novelas, sí soy lector de lectura lenta.