El peso invisible de hacer cine documental
Hacer cine me ha llevado, más de una vez, al borde del agotamiento mental. No hablo sólo de la precariedad—que también—, sino de la carga íntima de convivir con la sensación de que nunca es suficiente. Cada decisión en el rodaje, cada corte en la sala de montaje, es un recordatorio de mis propios fantasmas. Siempre me digo que podría haber esperado más, mirado mejor, escuchado con más paciencia. La realidad es demasiado grande, y la culpa de no abarcarla me persigue.
No soy el único. Muchos cineastas cargamos con esta herida: la autocrítica constante, el síndrome de sentir que nuestro trabajo nunca llega a estar completo. Esa lucha interna se suma a la externa: el desdén que todavía existe hacia el género documental en algunos sectores de la industria audiovisual española, donde se lo considera un pariente menor de la ficción. Es doloroso sentir que lo que nos consume la vida apenas logra apoyos de las salas de cine y programadores.
Y, sin embargo, cuando nuestras películas se estrenan, el eco es distinto. Descubrimos un respeto del público que llenan las salas para ver nuestras creaciones y en las plataformas es el género mas visto. Es un contraste difícil de digerir: en la profesión, indiferencia; el publico, reconocimiento. Esa distancia no alivia la autocrítica, pero sí la pone en perspectiva.
En medio de todo ese sufrimiento —el mental, el creativo, el de la invisibilidad— lo que nos sostiene son los pequeños momentos. El silencio en una sala después de una proyección. Una conversación íntima con alguien que se vio reflejado en la pantalla. La certeza fugaz de haber acariciado una verdad que no se podía inventar.
El cine documental, al final, es eso: convivir con el dolor de la insuficiencia y descubrir que, a veces, lo que sentimos como poco puede ser, para otros, indispensable.