«Fuimos todos uno»: el Grupo San Francisco, el barrio en el que «floreció» algo que «sigue vivo»
Estaba todo por hacer y lo hicieron. No se preocuparon de si era legal, sólo de si era justo. Le ‘ganaron’ a la Policía, le sacaron los colores al constructor que les estafó. Lo hicieron unidos. Sucedió cuando todo era más difícil, en pleno franquismo. Convirtieron un barrizal en un espacio acogedor. Un hogar.
La historia del barrio San Francisco, el Grupo san Francisco, en Santander suena épica porque, como todas las historias colectivas, lo es. Y además pueden contarlo de viva voz los protagonistas, tanto en sus propios documentos, como en las propias paredes del Barrio –con murales o esculturas, como en los recopilatorios que ha hecho Desmemoriados (I y II) como en el documental ‘El barrio que no se vendió’, dirigido por Guillermo Ruiz y producido por Patxi Gabella.
Un trabajo que se ha proyectado este jueves en La Fabrica de la Creación (en el Centro Cívico Tabacalera, en Castilla-Hermida), en un acto cuya asistencia desbordó la sala, organizado por Cantabria No Se Vende a través de su Conceju en la Bahía de Santander, con la colaboración de La Lleldería.
La película recupera los testimonios de quienes vivieron el proceso de organización comunitaria en San Francisco durante décadas pasadas, cuando el barrio era “un barrizal” sin servicios básicos: “Ni alumbrado había”, recuerdan en el documental los vecinos, que denuncian un urbanismo caótico en el que “construyeron más de lo autorizado” pero sin servicio alguno –ni aceras-, y aderezado con una estafa por parte del constructor.
Ante esta situación, la respuesta fue colectiva: “No faltó un portal sin aportar a la reivindicación”, rememoran. La pieza destaca el papel de una “primera generación de jóvenes” del barrio, que vieron llegar a los primeros curas obreros, «muy raros, con pantalones de pana», entre los que emerge la figura de Ernesto Bustio, «detonante y nexo».
Las actividades deportivas o culturales fueron la vía de entrada, y a partir de ahí se dio un paso más: los niños limpiaban jardines o retiraban escombros a través de clubes, y después se implicaron también los padres. Así se consolidó un tejido comunitario que fue desde la restauración de la parroquia hasta la formación de grupos de trabajo específicos.
Una frase resume esa experiencia colectiva: “Fuimos todos uno”. Cada fin de semana, relatan, el barrio trabajaba con “pico y pala” en arreglar, desescombrar, derribar, construir, limpiar. La implicación fue total, y pese a que estamos hablando de hace casi medio siglo, con plena participación de las mujeres en las decisiones.
El relato destaca cómo se desarrollaron estructuras estables como la primera asociación vecinal, integrada por “currantes” —electricistas, carpinteros, entre otros—.
Lo siguiente fue empezar a dar vida a los espacios, y ahí todos tuvieron claro que en los primeros que había que pensar era en los críos y su educación. Tras la negativa institucional a dotar de una escuela al barrio, se ocuparon locales, de una forma organizada, coordinada y planificada, de modo que lograron que en apenas una noche estuvieran adecuados para acoger a unos 40 niños. Esta experiencia derivó en la creación de una biblioteca, talleres de soldadura, y otros espacios formativos impulsados desde la propia comunidad.
El documental recoge también la dimensión política del proceso, que incluyó la reclamación de responsabilidades al Ayuntamiento y a la constructora, así como momentos de confrontación directa con las autoridades.
El 18 de diciembre de 1977, la policía acudió al barrio para desalojar la escuela, pero fue respondida con una acción vecinal en la que “las mujeres llamaban a los timbres” para movilizar al vecindario y salvar la escuela. “La policía sacaba gente de la escuela y las mujeres lo metíamos”, relatan, en lo que supuso un punto de inflexión: “Vimos que podíamos más que la policía”.
La cultura popular formó parte de esta resistencia, con canciones propias, como ese estribillo de “Te caerás, te caerás, te vamos a tirar”, compuesta desde el interior del barrio. Durante la proyección en Tabacalera, la interpretación de ‘Legado’, escrita en plena pandemia, retomó ese espíritu musical colectivo como homenaje.
El relato finaliza volviendo a los espacios politizadores, como “la casa de los curas”, donde se compartían libros, guitarras y artículos que convirtieron a esos adolescentes en unos jóvenes comprometidos. Todo el mundo evolucionó, a un mayor interés por el barrio, pero también por otras causas, otros países. El legado, según la cinta, sigue presente en la identidad colectiva: “Aquí floreció algo que sigue vivo”.
Tras la proyección, se celebró un coloquio moderado por Irene Puente, en el que participaron el director de la cinta, Guillermo Ruiz, y varios de los protagonistas vecinales del documental: Ernesto Bustio, Francisco González ‘Paqui’ y Carmen Rivas.
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