Se busca propietaria de un móvil: Luis Piedrahita hace el engaño perfecto en directo. Antes, dos actrices -madre e hija- dan clases de actuación: Lola Herrera y Natalia Dicenta

Luis Piedrahita – Apocalípticamente correcto – Sala Argenta – 11 de enero – 18:00 horas
Cuando el Palacio de Festivales llena su sala grande (1600 personas) siempre hay problemas: largas colas en la calle, retrasos en la entrada, goteo de espectadores comenzado el espectáculo. El domingo pasado volvió a ocurrir con el humorista y mago de la palabra Luis Piedrahita (A Coruña, 1977) que desde bambalinas lo tomó con humor: “El problema es que todavía hay gente fuera y creo que es mi obligación hacerles saber que ya empezamos. Les propongo que contemos hasta tres y después soltemos carcajadas estruendosas, brutales, con lanzamiento de piojos y ropa femenina (sic)…”. Y así se hizo. A los doce minutos el artista consideró que ya podía empezar con su monólogo guionado con la ayuda de un público nada anónimo: Martín, Pedro, Gonzalo, Diego… Piedrahita sigue la moda de que el entretenimiento esté en las gradas.
El escenario donde ocurría casi todo estaba casi vacío, con una silla solitaria en medio y una pantalla que anunciaba el espectáculo en un video animado que pasaba de una placidez pastoril a un desastre de nubes e incendios. ¿Mensaje apocalíptico? El artista hablaba de la esperanza, algo que no se lleva muy bien con el apocalipsis. Lo suyo fueron -entre otros- una retahíla de contradicciones dedicadas a un espectador poco comprensivo que no entendía algo tan sencillo como “políticamente correcto” (todo un oxímoron).
El espectáculo fue un desfile de situaciones cotidianas contadas desde la óptica de lo paradójico, desde la vida en una autocaravana a lo que puede ofrecer un Starbucks o los horóscopos. Uno de los mejores momentos fue sus vivencias en un supermercado y esa pregunta inquietante en el aire: Con la leche de arroz ¿cómo se hace arroz con leche? Filosofía de lo cotidiano y eterno juego con las palabras. A Luis le interesa que la gente se ría mucho, que tenga risaca, que es la resaca del humor.
Y su lado de mago juguetón fue el centro de dos horas de función. Luis anuncia que al próximo espectador/a que le suene el móvil le saca al escenario. Y suena un móvil insistentemente: zona “B”, fila 12, impares. Nadie se da por aludido/a pero el móvil suena. Búsqueda hasta que aparece escondido debajo de una butaca. ¿De quien es? Luis habla con la persona que está llamando que dice ser de Astillero y haberlo perdido en una reciente visita al Palacio. La charla desde el escenario no puede ser más jocosa e inusual con el público rendido. Se invita a venir desde Astillero a la señora que quiere que se lo dejen en seguridad. ¿Vino? ¿No vino? ¿Apareció al día siguiente? 20 minutos de jolgorio y miles de personas creyéndoselo. ¿Imposible saber la verdad? El embaucador Piedrahita lo logra, pero NO: todo es una divertida trampa. No existe perdida de móvil, ni señora de Astillero. El engaño casi perfecto. Esto SÍ que es un trozo del Apocalipsis.

Camino a La Meca – Lola Herrera/Natalia Dicenta/Carlos Olalla – Sala Pereda – 9 de enero – 19:30 horas
Un dramaturgo sudafricano -Athol Fugard (1932-2025)- escribió una obra teatral que impactó en el mundo anglosajón y luego planetario con su adaptación cinematográfica. Se trata de Camino a La Meca (1984), una historia que recoge los últimos años de la vida de Helen Martins (1897-1875) en su casa llena de esculturas en un pequeño pueblo al este de Ciudad del Cabo. Una casa conocida como The Owl House (La casa del búho), ahora museo nacional y en la obra un lugar de donde desalojar a su propietaria.
A Helen (Lola Herrera) le viene a visitar y ayudar Elsa (Natalia Dicenta) que se encuentra con los temores y soledades de su amiga escultora. Marius, el pastor calvinista del lugar (un convincente Carlos Olalla), trata de convencer a Helen-Lola para trasladarse a una residencia y salta el conflicto interior y exterior: la libertad personal, la vejez, la soledad, los amores no correspondidos.
Donde hay un excelente guion, hay una excelente obra teatral. Si está interpretada por un trio de actores que se entiende e interpreta a la perfección miedos y alegrías, felicidades y agobios estamos ante una de las mejores oportunidades de ver gran teatro universal. De paso, disfrutar de alguien con luz y felicidad en un escenario: Lola Herrera (Valladolid, 1935). Y ese ser libre de Helen-Lola tiene a su lado a una actriz como Natalia Dicenta (Madrid, 1962) que logra recrear un personaje con muchas caras, pero con el cariño hacia Helen-Lola como motor. Se nota y para bien.
La Meca es una metáfora de la vida, de la ilusión, de la luminosidad de un lugar cercano al desierto en el que se oyen los animales salvajes y los búhos nocturnos. A Helen le proponen esculpir un ángel que ella entiende a su manera: “Si hago la escultura de un ángel mirará a La Meca”. Una delicia de dramaturgia donde la adaptación y dirección de Claudio Tolcachir (Buenos Aires, 1975) da con las claves universales, sudafricanas y vallisoletanas de la obra.
Y dos mensajes que se escucharon. Al comienzo: “Hola. Buenas tardes. Tenemos que pediros un gran favor: hay que apagar los teléfonos móviles. Alteran la actuación. Ah, escuchar cómo se desenvuelve un caramelo también es la tortura de un actor”. Funcionó. Final: “Lo mismo que aprendes a encender las velas tienes que aprender a apagarlas”. La vida, madre e hija, con ángeles mirando a La Meca.