Hans Geilinger: «el estatus de viajero me gusta, el viajero nunca quiere llegar»
Este jueves, 29 a las 19:00 horas se presenta en LibreríaGil, en la Plaza de Pombo, ‘Tuvalu’ (Elba editorial), de Hans Geilinger, quien estará acompañado por Angela de Angelis.
En el prólogo al libro, David Ruiz dice: «Algo difícil de explicar nos une a todos aquellos que nos sentimos atraídos por los océanos y nos lanzamos a navegarlos. La búsqueda de sensaciones intensas, desconectar del mundo hiperconectado y conectarse con la naturaleza para acabar conectándose con su propia esencia».
Tuvalu es una historia que parece sacada de un libro clásico de aventuras. Nos descubre cómo, todavía hoy, en pleno siglo XXI, es posible llegar a lugares remotos, islas de una belleza extraordinaria, navegando en tu propio velero y estableciendo contacto con sus gentes. Lugares donde la arrolladora civilización apenas ha metido su zarpa y que conservan una virginidad que nos obliga a revisar seriamente el verdadero significado del concepto ‘progreso’.
El autor, Hans Geilinger, nació en Suiza, rodeado de montañas y alejado del oleaje. A los treinta y dos años decidió dejar su tierra natal para explorar el mundo y se estableció en Barcelona, donde ejerció como arquitecto y profesor de arquitectura. Allí adquirió su primer velero para recorrer el Mediterráneo y, posteriormente el Tuvalu, un Dufour 40 Performance con el que emprendió, en 2011, la vuelta al mundo junto con su esposa lmma, un viaje de doce años y cincuenta mil millas náuticas.
Hans Geilinger: «el estatus de viajero me gusta, el viajero nunca quiere llegar»
Me explica Hans Geilinger que vio el mar por primera vez a los 8 años y que el impacto fue muy profundo, «poder mirar aquel horizonte, mirar hasta el infinito y no tropezarte con una montaña tras otra…». Luego fue regatista de pequeños veleros en los lagos suizos, mientras estudió arquitectura en la Politécnica de Zurich, donde llegó a ser profesor asistente.
“Y me surgió la oportunidad de tomarme un año sabático en una ciudad europea; elegí Barcelona porque estaba de moda, eran los 90, la arquitectura, las olimpiadas, pero ¿sabes qué? Era una ciudad con mar… Y, bueno, empecé a navegar, conocí a mi mujer… y en 2004 nos compramos el `Tuvalu´ … navegábamos por el Mediterráneo, cada vez más lejos y sucedió que en 2010 experimenté los límites del Mediterráneo”, relata.
No es un viaje apto para tópicos: “…Mira, esto de dar la vuelta al mundo parece muy masculino, muy de marinos solitarios… pero fue mi mujer quien lo propuso y además ella se venía conmigo…Así que en 2011 iniciamos la vuelta al mundo…”
Y una cosa que aprendieron enseguida es que “el mar es muy directo, no tiene filtros”. Toda una lección de humildad, teniendo en cuenta que “como arquitecto eres el planificador, pero el mar no funciona así, hay muchos momentos en que hay que improvisar sobre la marcha”. “Y es que al llegar al Atlántico y tomar los alisios aprendí que llega un momento que no puedes volver, la única solución es avanzar… lo que buscaba era tomar las riendas de mi vida; en el mundo del mar nadie te va a salvar el culo, tienes que ser tú”.
“Los problemas en el mar son duros: arrecifes, temporales duros, un tsunami en Polinesia, piratas en el mar Rojo… pero de todas esas situaciones se sale y la conclusión fue: lo hemos superado… Esto nos afirmaba en nuestra determinación. En Malasia, en un templo chino leí que la palabra crisis se escribía con dos símbolos: peligro y oportunidad… cualquier temporal termina, y cuando acaba es muy bonito pensar: bueno, hemos podido con esto… en el mar no sirve echarle la culpa a nada, es tu responsabilidad”, concluye, aportando otra lección aprendida: “En el mar no se puede tener miedo, yo soy el invitado en el mar, tengo que respetar sus reglas”.
Hans comienza a hablar de las relaciones con las gentes que te encuentras, los puertos en los que recalas, le interesan las relaciones humanas y las diferencias culturales, sin entrar a juzgar, aprender de todo y de todos porque “la aventura es lo que te espera día a día, la realidad no es la imagen, el paisaje, son las relaciones humanas que estableces”.
Y recuerda alguna anécdota: “en Tuvalu estuvimos en una comunidad de apenas 30 habitantes. El domingo fuimos a misa, no es que sea muy religioso pero era una actividad social, y después nos invitaron a comer… y yo le hacía preguntas al jefe de la comunidad, hasta que se levantó el que hacía como secretario de él y le explicó a la comunidad que yo preguntaba y hablaba porque no sabía que se comía en silencio, luego el jefe hablaba y luego la comunidad discute sobre lo que el jefe hablaba…”
“En Haití nos invitaron a algo tan íntimo como un funeral”, rememora.
Le pregunto sobre el deseo de quedarse en alguno de los sitios visitados para una persona que confiesa: El status de viajero me gusta, el viajero nunca quiere llegar”. “Pero entonces se acaba el viaje, cuando te quedas ya no viajas y el verdadero viajero en realidad nunca quiere llegar… pero sí, en Rotuma, entre Tuvalu y Fidji, nos lo planteamos; había un terreno y una casa medio caída que estaban en venta… buscamos al vendedor… pero comprendimos que somos europeos y al final…”
Casi al final de la conversación, le pregunto por el final de la travesía. “Pues las sensaciones fueron muy distintas, ya en el canal (Suez), porque el viaje acababa en el Mediterráneo que era como volver a casa, y era una mezcla de estar eufórico por haber conseguido dar la vuelta al mundo y melancolía por todo lo vivido…”
¿Y ahora qué?, sondeo… «Pues no sé, escribir el libro ha sido como dar la vuelta mundo una segunda vez y ahora con las presentaciones una tercera (ríe)…”