Para el intolerante todos somos inmigrantes

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Es curioso como todos tenemos esa necesidad de colocarnos en el lado de “los buenos”, crear una narrativa en la que la razón y la moral esté de nuestra parte. Aunque no siempre sea así. Sin embargo este mundo de la posverdad ofrece espacios para igualar a la bota con la cabeza que pisa y decirle “tú tienes la culpa de que use plantillas” . Zygmunt Bauman nos cuenta como esta sociedad globalizada convierte a los inmigrantes en “residuos” y “delincuentes” o “terroristas” o ambas cosas, proyectando así los miedos, las crisis o inseguridades de la sociedad que los acoge. Se convierten en el chivo expiatorio donde enfocar la incapacidad del sistema de resolver los problemas de sus ciudadanos. No es nuevo, la verdad, si haces un poco de memoria verás la historia plagada de “chivos expiatorios” hechos a la medida del verdugo. Si te fijas es bastante efectivo porque resuelve de manera sencilla todos nuestros problemas sin necesidad de rompernos demasiado la cabeza, para qué complejizar si puedo echarle la culpa al inmigrante de turno, para qué leer, para que estudiar, para que empatizar, o ponerme en el lugar del otro, si con una frase puedo explicarlo todo: Fíjate “Si tanto les gusta que los lleven a su casa” dice la voz del representante del ministerio de la vivienda, “Con quienes tienen que estar es con sus familias” dice el representante del ministerio de Asuntos Sociales, “Si es que aquí no cabemos todos” apunta el recién creado ministerio de “camarote de los hermanos Marx”, “Y luego no hay para los de aquí” apunta la responsable del área de Migajas (puestos a jugar al absurdo he incorporado algún ministerio de nueva creación). Son sólo algunos de los ejemplos de las mentes más brillantes que tras años de viajar, leer, estudiar, escuchar, trabajar con personas y culturas diferentes, analizar coyunturas y contextos, relacionar las causas y las consecuencias, o simplemente ser capaces de ponerse en el lugar del otro como principio ético básico sobre el que construir tu discurso,  se lanzan al espacio público a dictar sentencias sobre la vida de otras personas a las que ni conocen. Ni que decir tiene que esas afirmaciones nacen desde firmes convicciones democráticas que no se cansan de pregonar, conscientes de que la democracia es el encuentro entre diferentes y que una democracia se define sobre todo por la capacidad de proteger a los más débiles, de evitar esa dictadura de la mayoría de la que hablaban padres de la democracia liberal como Alexis de Tocqueville o John Stuart Mill y que, estamos seguros, estas voces autorizadas adaptan con sus palabras a estos tiempos que corren.

La historia no se repite, pero si alecciona nos recuerda Timothy Snyder en el prólogo de su  libro «Sobre la tiranía: Veinte lecciones que aprender del siglo XX». Por cierto, ni siquiera hace falta leerlos, ni estar de acuerdo con Snyder en todo (no es un peligroso anti sistema), o conocer a ninguno de ellos, si únicamente fueran capaces de no hacer del “diferente” la expresión de sus miedos, de sus prejuicios, de sus inseguridades, de su sinrazón o de sus complejos.

En el segundo acto de la obra de teatro “Los Justos” de Albert Camí,  Stepán y Kaliáyev discuten sobre si todo vale para defender la revolución, Stepán lo tiene claro; los niños no importan y que haber matado dos niños está justificado. Sin embargo Kaliáyev no lo tiene tan claro, es incapaz de concebir una revolución en la que se maten a niños y así se lo intenta explicar a Dora, su enamorada. Más allá del contexto de la obra del escritor francés, rescatar este momento en el que alguien es capaz de seguir viendo entre la barbarie la humanidad del otro, es algo revolucionario. Quizás la postura de Kaliáyev pueda ser tachada por algunos de poco práctica, poco realista, incluso de pueril, sin embargo este personaje es quien se convierte en la brújula moral de la obra. Tan sencillo porque Kaliáyev es el último bastión frente a la barbarie. Por eso Stepán lo llora, por eso lo admira, porque Kaliáyev protege el alma de la revolución, los verdaderos motivos por lo que decidieron luchar. Es en él en quien nos fijamos cuando el telón cae, por él nos preguntamos, él es en quien querríamos vernos reflejados, quizás porque necesitamos aferrarnos a esa humanidad revolucionaria que representa el personaje, porque perderla sería algo así como que todo vale. Creo que con la democracia y los derechos humanos pasa lo mismo. Incluso con esa democracia encapsulada entre fronteras. En el caso de España si entendemos esa idea de país como un espacio de convivencia entre diferentes, de valores democráticos, cívicos  que nos ponen en ese lado de “los buenos”. El otro lado es ese que señala al diferente y reparte carnets; y ese lugar es peligroso, porque nos puede acabar dejando fuera a todos los que pensemos o seamos diferentes. Porque para el intolerante todos los que no piensan como él son inmigrantes… o mal llamados MENAS.

 

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