Fin de mes animado en Palacio. Un concierto para recordar con Sol Gabetta y la Orquesta de Bamberg. Hubo dos estrenos teatrales, uno para niños, otro para adultos.

A veces un espectáculo tiene tanta calidad y emoción que no se te va de la cabeza (de su interior, claro). Esto ocurrió con el concierto que el pasado sábado la Bamberger Symphoniker (sí, la Orquesta Sinfónica de Bamberg, de la Baviera alemana) con la violonchelista argentina -y un poco suiza- Sol Gabetta. Hubo ese día un teatro para niños, didáctico al máximo (lo cual no es malo), y el día anterior una mezcla de teatro, danza y música que recreaba "La maladie de la mort" de Marguerite Duras. Dos estrenos desiguales.
Tiempo de lectura: 6 min

Fotografía: Andreas Herzau

Orquesta Sinfónica de Bamberg – Sol Gabetta, violonchelista – Sala Argenta – 31 de enero – 19:30 horas

Fotografía: Marco Horggrave

Érase una vez una ciudad a una orquesta pegada, érase una ciudad alemana conocida como la pequeña Venecia, érase la Bamberger Symphoniker una embajadora musical que ha recorrido todos los continentes (excepto Australia), 64 países y 500 ciudades. El pasado 31 de enero añadió Santander a su currículo musical (como ciudad, no como continente). Y lo hizo a lo grande: música con aires checos (como su director Jakub Hrůša) y una solista excepcional: la violonchelista Sol Gabetta.

El programa unía una obertura de Smetana (1882-1884) de la ópera Las dos viudas, con el concierto para violonchelo en mi menor, Op. 85, de Edward Elgar (1857-1934) y la quinta sinfonía de Antonin Dvořák (1841-1904). Sala llena y ganas de vivir momentos felices con una de las mejores orquestas europeas y una “Solistin” (solista en bambergiano) que volvía a tocar en Santander (Sol lo hizo en el FIS del 2024 y mucho antes -con doce años, 1993- en la sala Pereda en el marco de las estancias musicales de entonces con la Escuela Reina Sofía).

Curiosidades previas apreciaban que la orquesta de Bamberg fue creada en circunstancias especiales en 1946 y que su director actual lleva diez años como titular (y le quedan cuatro más con sus músicos y conciudadanos encantados). ¿Sabían que Bamberg tiene poco más de 70.000 habitantes y que su orquesta es, quizás, la más respetuosa con el medio ambiente? Y todo ello se nota: músicos unidos en el escenario con la precisión como norma y una expresividad muy controlada. Pero, por si acaso, la tarde empezó con una obertura de las que despiertan, con un director lleno de energía y unas cuerdas que seguían unas indicaciones -alteradas o tranquilas- que anticipaban los pasajes con los movimientos vigorosos de cabeza, brazos y batuta de Jacub. El alma checa de Smetana y Hrůša.

Fotografía: Marian Lenhard

Y llegó lo esperado: Sol Gabetta (Villa María, Argentina, 1981) con su chelo Matteo Goffriller de 1730. Un lujo: artista, instrumento, orquesta y concierto, Elgar revisitado. Hace décadas ya tocaba Sol este concierto, pero ahora lo hace siendo más sabia, más emotiva, más ardorosa. Comenzó lánguida, llevando al oyente a esas tardes otoñales donde se puede tararear el tema del adagio como forma de alegrarse el alma. Un movimiento donde dialogaban -como si se conocieran mucho- solista y orquesta, algo que continuó en los casi 30 minutos de la pieza. Instalados en la placidez del sonido del violonchelo, con el segundo y tercer movimiento se pasó de la tranquilidad al juego, de la hermosura de un adagio al atrevimiento alegre de una intérprete que sacaba emociones de cada lenta melodía. El último movimiento permitió ver todo el virtuosismo de Sol, alguien que vive con todo su cuerpo la música, algo que hace alborozada e intensa. Felices ya, con una sala entregada, vino la propina: la segunda de las Cinco piezas en estilo popular Op. 102 de Schumann, con arreglo de la propia Sol y el acompañamiento de toda la sección de chelos, 8 + 1. Un conjuntado regalo especial, delicado y lírico.

La segunda parte, la quinta sinfonía de Dvořák, fue un paseo por una música placentera donde el director sonreía, daba saltos, vibraba y emitía palabras que acompañaban melodías. Una orquesta que también sonreía con los abundantes allegro (sería allegri, entonces), en especial el segundo. Hubo bis: la Suite en La mayor, op. 89b, o Suite americana, de Dvořák, breve pieza para acabar de alegrar la noche. Dichosos sean los habitantes de Bamberg con su orquesta, esperando que permitan otra gira española pronto. A Sol Gabetta tardaremos un poco más -o, quizás, un poco menos- en oírla por Santander, ciudad que conoce (algo que una entrevista próxima en El Faradio aclarará).

 

La maladie de la mort – Quasar Teatro – Escenario Sala Argenta – 30 de enero – 19:30 horas

La Maladie de la mort (traducida aquí como El mal de la muerte, un punto de vista que aleja la carga que tiene la palabra enfermedad –maladie en francés-) es una novela de 1982 de la escritora Marguerite Duras (1914-1996). Cuenta la historia de un hombre que le paga a una mujer para que pase varias semanas con él junto al mar para aprender «cómo amar». Duras la escribió en plena crisis alcohólica con internamientos en clínicas. Se había vuelto incapaz de escribirse a sí misma, por lo que recitó líneas y páginas mientras su musa Yann Andréa las escribía. Un origen de un texto breve (55 páginas) que se ha adaptado ahora para su estreno en Santander de la mano de la compañía Quasar, diecinueve años después de hacerlo en el 2007. Misma obra, misma actriz: Mónica González Megoya, actriz y directora de la compañía, recorta pasajes de la novela para quedarse con la esencia del relato. Primero la visión de ella, complementada al final con la visión de él (Eleazar Ortíz). En medio la degradación de los personajes, escenificada con momentos de danza, performance con pomelos y música original de Simone Fontanelli, interpretada por Alberto Gorrochategui (violonchelo) y Andrés Pueyo (clarinete). Los músicos viven también sus momentos actorales: ella parece querer sus instrumentos (puntos suspensivos).

El escenario de la sala Argenta permitió vivir de cerca el misterio de un texto oscuro con una escenografía mínima y muchos pomelos por medio: ¿se exprimía la vida o se exprimía la muerte? Inquietante en su concepción alcohólica, inquietante en su renovada visión. Inquietante resultado que deja en el espectador/a asomado al abismo del vacío existencial (menos a algunos espectadores aficionados a chatear en directo en primera fila).

 

A simple vista – Ruido Interno teatro – Sala Pereda – 31 de enero 17:00 horas

Con elementos muy visuales, grabaciones de cercanía, una pantalla dividida en cuadraditos y unos globos que vigilan al publico (y a los actores) está armada una historia que intenta descubrir a los más pequeños de la casa muchos detalles del planeta, desde lo microscópico a las alturas y profundidades marinas. Toda una clase con dos profesores -Cristian Hidalgo y Gloria Aja- que interactúan con el público (y viceversa: el público menudo manifiesta rápidas opiniones), dando al espectáculo un aire familiar. Lo dicen ellos mismos: “Un homenaje a la curiosidad, a la ciencia y al arte de observar con otros ojos aquello que parece invisible”. Cincuenta minutos de observación didáctica.

 

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