Vidas femeninas deshechas

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El pasado jueves, 5 de febrero, la Agrupación Escénica Unos Cuantos puso en escena la obra “Tres mujeres”, dirigida por Ramón Qu., a quien se debe también la autoría del texto, en la sede de la AAVV San Joaquín, dentro de la programación de los Jueves Culturales.

Tres mujeres distintas y una sola realidad verdadera, la de la frustración existencial, que tiene a dos de ellas pidiendo limosna en las calles, mujeres de edad avanzada, una, y, la otra, de la llamada mediana edad. ¿Y la tercera?, una mujer joven, que verá sus expectativas frustradas, incluso antes de acabar de concebirlas. Dos vidas ya vistas a la intemperie, no menos a la intemperie existencial la mujer que habita en un albergue, que la de más edad, que prefiere los cartones en los soportales, celosa de su libertad maltratada. ¿Y la más joven?, también a la intemperie, cuando se prometía capear todos los temporales, que aún no sabía se le vendrían encima.

La memoria es el terreno en el que transcurre la trayectoria vital de las dos mujeres, que viven de la mendicidad. En ambas memorias, es el hombre el que ocupa su espacio. En el caso de una, falseando la realidad, embelleciéndola, hasta rendirse y declarar la maldición que fue la cercanía de aquel hombre, que le arruinó la vida; la memoria de la otra es un espacio vacío, por cuanto, por efecto del “bicho” -la pandemia-, quedó despojada de todo contenido, en el que ella inventa un nombre masculino de fantasía, que no logra paliar el sentimiento de frustración. ¿Y la joven, que llega con pretensiones de éxito?, también serán hombres los que corten violentamente su vuelo, antes de poder desplegar las alas.

El texto de Ramón Q se compadece con la situación dramática de las mujeres, que son víctimas del machismo y el patriarcado, por los que hay hombres que, por acción y omisión, desprecian y acaban con las vidas, aunque sea en vida, de las mujeres. El texto presenta tres niveles de realidad femenina, no sólo por razón de edad de los personajes, sino, y sobre todo, porque cada edad se corresponde con una realidad existencial, en el marco de una única condición humana, que el autor articula con fluidez para plantear una realidad dolorosa, que al espectador le corresponde considerar.

El escenario se ofrece exento de otra cosa que no sean unos actores y la palabra, algo que es suficiente para que se dé el teatro. Pero es que, además, los personajes están ejerciendo la mendicidad a la intemperie de una esquina, donde no hay adornos, y no de las más productivas, ya que estas están controladas por las mafias, que tienen en ellas colocados a “sus” pobres, denuncia que el autor deja caer, y que me recordó a “La sucursal”, de Isaac Cuende.

Ese escenario lo llenan tres actrices, María Rosa de los Mozos, Paloma Lloreda y Elena Carcedo, que interpretan otros tantos personajes, que apenas tienen que moverse, pero entre los que se establece un intercambio verbal de experiencias, que les han traído hasta el presente que se ve, un presente que ya no espera mucho del futuro, o sea, nada. Este es el caso de la mujer mayor, que interpreta María Rosa de los Pozos, y el de la mujer de mediana edad, que representa Paloma Lloreda. Ambas, bien dirigidas, llevan a cabo un solvente trabajo actoral, por el que vidas distintas se dan la réplica, en ocasiones con intensos monólogos, sabiendo dotar a la palabra de los matices verbales que exige la fluctuación de los distintos estados de ánimo, que pueden pasar de la risa al llanto… ¿Y la joven, que viene a cambiar a mejor su vida y, con ella, el mundo?, es Elena Carcedo la actriz que le pone cuerpo y voz. En su aparición, se presenta con toda la carga de confianza en sí misma a cuestas; enseguida, es vencida por la fuerza bruta del desprecio, como persona y mujer. La transición entre las halagüeñas expectativas y la dolorosa derrota, la resuelve la actriz con un decir que va de la palabra confiada y segura al lamento profundo, de palabra desgarrada y acusadora, que Elena Carcedo lleva a la máxima tensión. Y es que, a veces, la frustración llega demasiado pronto. En realidad, no hay edades.

 

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