El pasado mes de noviembre, coincidiendo con los 50 años desde la muerte de Franco, publicamos una serie en la que analizamos como la dictadura usó el callejero de Santander como propaganda, llenándola de sus mitos: sus caídos, sus batallas, sus referentes, sus aliados, a costa de nombres realmente populares usados durante décadas en la ciudad, frente al tópico habitual que enarbolan los defensores del franquismo de que el callejero es un mero repaso histórico (que en todo caso sobredimensiona 40 años frente al conjunto de la historia local. La tenéis aquí: https://www.elfaradio.com/2025/11/19/las-calles-franquistas-una-gigantesca-operacion-de-propaganda-la-dictadura-se-puso-nombres-a-si-misma-en-vida-2/
Ese uso propagandístico encontró una particularidad en la ciudad más allá de los generales y militares locales y que trascendió la propia guerra: el incendio que en 1941 acabó con parte del centro urbano, la trama más medieval, y cuya reconstrucción se convirtió en un negocio a gran escala y a beneficio de las élites del momento, es decir, la nueva clase franquista y falangista. Sus dirigentes y entornos familiares o empresariales se hicieron con valiosos solares, a costa de las clases populares que vivían allí y fueron expulsadas, sin retorno, al extrarradio, en un modelo de expulsión, imposición y elitismo en el que no se ha producido evolución más allá de su adaptación a la actual turistificación, como documentó EL FARADIO en su libro ‘Expulsados’ y en su trabajo habitual desde el medio.
El régimen utilizó el incendio para ligar directamente la reconstrucción de la ciudad con ese relato, construyendo una imagen de orden, estabilidad y salvación bajo su control. El mensaje propagandístico quedó resumido en consignas como la pronunciada por el entonces ministro de Obras Públicas, José Luis Peña –el que da nombre al Pasaje de Peña–: “El caudillo que salvó a España salvará también a Santander”. El proceso de transformación estructural se prolongó durante décadas y culminaría coincidiendo con la celebración de los 25 años «de paz» (sic), la conmemoración propagandística de la victoria militar del bando franquista, apoyado en los ejércitos nazi alemán y fascista italiano. El propio Franco se colocó a sí mismo una estatua en vida en la Plaza del Ayuntamiento, y a su muerte, los sucesivos alcaldes de la ciudad se negaron a quitarla, hasta ser prácticamente la última que quedo bien entrada la democracia.
Ese relato de ‘salvación’ franquista al que aludió Peña comenzó a fijarse muy pronto en el callejero. En 1945, cuatro años después del incendio, se dedicó una calle a Emilio Pino. Pino había sido concejal conservador antes de la guerra, colaboró en los preparativos del golpe de Estado —que en Cantabria no triunfó inicialmente— y ejerció como alcalde durante los años en los que tuvo que gestionar tanto la emergencia del incendio como la compleja reconstrucción posterior. El homenaje se produjo tras su fallecimiento y, aunque la vía era de pequeñas dimensiones, su ubicación junto a la Catedral tenía una fuerte carga simbólica, en pleno espacio transformado por las grandes operaciones urbanísticas del franquismo, si bien es una calle con muy pocos números y el propio Pino fue víctima de las luchas internas que la codicia de las élites desató en torno al botín que suponía el solar urbano,
Con el paso del tiempo, los reconocimientos se ampliaron a otras figuras del aparato del régimen directamente vinculadas al control de la ciudad tras la catástrofe. Así, el callejero incorporó a Reguero Sevilla, gobernador civil durante la dictadura y máxima autoridad franquista en la provincia, presentado como figura clave de la reconstrucción. No se reconocía a técnicos ni urbanistas, sino al representante político que dirigió un proceso autoritario, marcado por expropiaciones conflictivas y desarrollado sin participación vecinal.
Además, se dedicó una calle a Carlos Ruiz García, jefe local de la Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista (FET y de las JONS) en los primeros años del franquismo. Su nombre quedó ligado tanto a la gestión falangista de la reconstrucción como al control del reparto de vivienda y suelo urbano tras el incendio. Las investigaciones recuerdan también su papel represivo, con redadas contra homosexuales en coherencia con la política moral y autoritaria del régimen, una dimensión que permaneció silenciada durante décadas en la memoria urbana oficial. Ambas calles, Emilio Pino y Carlos Ruiz, no resultaron afectadas por el primer cambio de nombres al que se vio forzada Gema Igual por la Fiscalía de Memoria Democrática, que llamó su atención sobre el incumplimiento que suponía de la Ley.
La operación simbólica alcanzó incluso a los nombres tradicionales de la ciudad. En 1948 se eliminó el histórico topónimo de La Blanca, todavía muy presente en la memoria popular, para imponer el de San Francisco, en uno de los cambios toponímicos diseñados a medida del régimen, en este caso, a la pata religiosa, que acompañaron a la transformación física de Santander con una reescritura de su identidad pública.
Frente a esta política de homenajes al poder, se reflejan ausencias especialmente reveladoras. No se dedicó ninguna calle a Cristina González Pintor, arquitecta santanderina que participó activamente en la reconstrucción y fue la segunda mujer titulada en España, por citar un ejemplo.
El franquismo convirtió la tragedia en propaganda, utilizó la reconstrucción para reforzar su legitimidad y redibujó tanto la ciudad física como su memoria simbólica. A través del callejero, fijó durante décadas un relato en el que los protagonistas eran ministros, alcaldes, gobernadores civiles y jefes falangistas, mientras quedaban fuera las víctimas del fuego, los vecinos desplazados y quienes contribuyeron desde lo profesional sin formar parte del poder.
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