654 jóvenes cántabros reflexionan sobre el desarrollo a escala humana y reivindican una “vida buena” centrada en los cuidados y lo común

El proyecto ‘Semillas de Tejo’ impulsa talleres participativos basados en la teoría del Desarrollo a Escala Humana para repensar el bienestar más allá del crecimiento económico
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Un total de 654 jóvenes de entre 18 y 30 años residentes en Cantabria han participado en el proyecto ‘Semillas de Tejo para un Desarrollo a Escala Humana’, una iniciativa que invita a preguntarse qué es, a su juicio, una “vida buena” y qué elementos deben desterrarse de ella.

El proyecto está impulsado por las asociaciones La Columbeta e Ingeniería Sin Fronteras Cantabria, miembro de la Coordinadora Cántabra de ONGDs, y cuenta con financiación de la Dirección General de Cooperación para el Desarrollo, Juventud y Voluntariado del Gobierno de Cantabria. El informe completo de resultados puede consultarse en la web del proyecto.

La propuesta parte de la teoría del Desarrollo a Escala Humana, formulada por el economista chileno Manfred Max-Neef junto a Antonio Elizalde y Martín Hopenhayn. Esta perspectiva plantea que el desarrollo no debe medirse únicamente en términos económicos, sino en función de la satisfacción de las necesidades humanas fundamentales, entendidas tanto como carencia como potencia.

En este sentido, los talleres han combinado el juego y la reflexión colectiva. La metodología ha incluido el uso del juego ‘Menos es Max’, creado por Carmen Lamadrid y Belén Pereda y basado en esta teoría, así como una presentación introductoria al enfoque del Desarrollo a Escala Humana. Posteriormente, las personas participantes han trabajado en grupos para identificar qué es y qué no es una vida buena, consensuando “satisfactores” en cuatro dimensiones: Ser, Tener, Hacer y Estar.

El objetivo ha sido comprender las necesidades humanas diferenciándolas de los deseos y de los medios para satisfacerlas. Además, se ha trabajado en la identificación de satisfactores sinérgicos, aquellos que permiten cubrir varias necesidades de manera simultánea, y en el reconocimiento de satisfactores destructores, es decir, aquellos que satisfacen una necesidad pero dificultan otras.

Por otra parte, el proyecto ha buscado fomentar el pensamiento crítico y la creatividad para diseñar alternativas que promuevan el bien común. La participación activa y el debate han sido elementos centrales del proceso, en el que las y los jóvenes han decidido qué aspectos cuidar y cuáles desterrar de su entorno social.

Entre los elementos señalados como fundamentales para una vida buena destacan la sanidad y la educación públicas, la familia y las amistades, el contacto con la naturaleza y valores como la empatía, el cuidado mutuo y el compartir. En contraposición, han expresado un rechazo a la guerra, la contaminación, el maltrato y la soledad no deseada.

Las opiniones recogidas en el informe subrayan el valor de la reflexión colectiva. Las y los participantes destacan “la posibilidad de plantearme la realidad y pensar en posibles cambios”, así como el hecho de “poder poner en común y conversar sobre los diferentes puntos de vista que tenemos acerca del bien común”.

Además, valoran “la oportunidad de jugar como medio para el aprendizaje” y “vivir experiencialmente los contenidos”. También señalan que el proceso les ha permitido “darse cuenta de los problemas que hay en la sociedad” y entender “que lo único que tenemos es el tiempo y que hay que decidir en qué invertirlo”.

En este sentido, varias aportaciones inciden en la importancia de escuchar a otras personas, compartir visiones con quienes no se conocían previamente y comprobar la diversidad de opiniones dentro de cada grupo. Algunas reflexiones apuntan a que “cosas básicas pueden llegar a ser muy buenas para nosotros y para el bien común y no nos damos cuenta”.

El proyecto se enmarca en las acciones de educación para la ciudadanía global que desarrollan las entidades impulsoras, orientadas a promover una participación juvenil informada y comprometida. Desde esta perspectiva, el Desarrollo a Escala Humana se presenta como una herramienta para repensar las políticas públicas desde la satisfacción de las necesidades fundamentales y el protagonismo de la ciudadanía en la definición de sus condiciones de vida.


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