El poder, el agua y el nuevo desorden mundial
Cuando leí por primera vez ‘La isla de los pingüinos’, de Anatole France, me pareció una sátira brillante sobre los abusos del poder y la facilidad con la que una sociedad acepta decisiones injustas cuando se presentan como inevitables. Con el paso del tiempo, y a la luz de lo que ocurre hoy en el mundo, esa novela ya no parece una exageración literaria, sino una advertencia sorprendentemente actual.
En la Pingüinia imaginada por France, los conflictos nacen lentamente. Primero aparecen los discursos que lo justifican todo; después, los líderes que actúan convencidos de que la fuerza sustituye a la razón. El pueblo observa, confía o se resigna. Y cuando quiere reaccionar, las decisiones ya están tomadas.
Ese mecanismo resulta inquietantemente familiar.
Donald Trump se ha convertido en el rostro visible de una forma de ejercer el poder basada en la intimidación y la imposición. No disimula sus intenciones ni busca grandes consensos internacionales. Prefiere el pulso, la presión directa, la exhibición de fuerza. Su estilo rompe con la diplomacia clásica y convierte la política global en un terreno de confrontación constante. No es solo una cuestión de carácter; es una forma de entender el mundo.
Pero ningún liderazgo actúa en el vacío. Detrás de ese protagonismo político existe un entramado económico con intereses muy concretos. El oligopolio tecnológico de Silicon Valley no necesita ocupar portadas para influir decisivamente en el rumbo del planeta. Controla infraestructuras digitales, datos, inteligencia artificial y buena parte de la economía del futuro. Y todo ese modelo necesita recursos físicos muy reales.
Uno de los más importantes es el agua.
Puede parecer una afirmación exagerada, pero no lo es. Los grandes centros de datos, la expansión de la inteligencia artificial y el desarrollo tecnológico requieren cantidades enormes de energía y agua para su funcionamiento y refrigeración. En un mundo donde el cambio climático agrava la escasez hídrica, el acceso al agua dulce se convierte en un factor estratégico de primer orden.
En este contexto, movimientos geopolíticos como el interés por Groenlandia dejan de ser anécdotas llamativas para adquirir un significado distinto. Se trata de territorios con reservas de agua, recursos naturales y posición estratégica. No es una cuestión romántica ni simbólica; es una cuestión de poder y supervivencia económica.
Trump aparece entonces como el ejecutor visible de esa lógica. Él formula la amenaza, plantea la compra o la presión política. Otros, más discretos, calculan los beneficios y las oportunidades. Como en La isla de los pingüinos, los sabios explican que todo responde a necesidades técnicas o estratégicas, mientras las decisiones alteran el equilibrio global.
La preocupación no es alimentar teorías conspirativas, sino comprender cómo se articulan hoy el poder político y el poder económico. Cuando un líder actúa sin complejos y detrás existen intereses estructurales de gran alcance, el riesgo de conflicto aumenta. Y si el recurso en juego es el agua, el riesgo es aún mayor.
Anatole France nos enseñó que las sociedades suelen darse cuenta demasiado tarde de hacia dónde las conducen sus dirigentes. Las guerras, en su novela, nunca se presentan como ambición desnuda, sino como necesidad histórica. Esa es la trampa: convertir el interés en destino inevitable.
Hoy, el mundo parece avanzar hacia una competencia creciente por recursos básicos. El agua podría convertirse en uno de los principales motivos de tensión en las próximas décadas. Si el poder político se utiliza como ariete y el poder tecnológico como beneficiario silencioso, la estabilidad internacional queda seriamente comprometida.
Releer ‘La isla de los pingüinos’ es recordar que la ironía puede ser una forma de lucidez. Nos invita a no aceptar como normal lo que es preocupante, a no confundir espectáculo con estrategia y a no olvidar que, detrás de cada gesto grandilocuente, suele haber intereses muy concretos.
Porque cuando los imperios tienen sed, la historia rara vez termina bien.