Desplazarse a otro país: los migrantes toman la palabra

Es un tema de debate que lleva décadas sobre la mesa, pero la costumbre es que se trate por parte de políticos, periodistas y opinadores en general, pero sin tener muy en cuenta el relato que puede hacer una persona que ha hecho el viaje
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En los últimos días y semanas el volumen de conversación sobre la migración ha crecido de manera notable en Cantabria por la llegada de menores a un centro de Cartes (y, próximamente, a Castro Urdiales). Hasta el punto de que se ha hecho necesario abordar el asunto en mesas de debate y charlas. El Faradio moderó una mesa la semana pasada en el Centro Social Smolny de Santander , y esta misma semana ha sido testigo de una charla a varias voces, organizada por Izquierda Unida Cantabria en Torrelavega.

Desactivar el odio con algo tan simple como ser buenas personas

Uno de los puntos comunes entre ambos actos ha sido que hubiera personas migrantes entre las voces que participaban. Contar su propia experiencia de vida ayuda también a completar la radiografía de una problemática que tiene muchas aristas y que es difícil describir con unas pocas frases simples.

Este martes, la charla en Torrelavega tuvo como uno de sus protagonistas a Omar el-Khatabi, un chico marroquí que llegó a España con sólo 16 años. Lo primero que hay que tener en cuenta es que llegó siendo adolescente, desconociendo por completo el castellano y que no estaba su familia a su lado para acompañarle. De alguna manera, estaba solo ante un mundo desconocido y necesitaba aprender con cierta velocidad, porque se hacía imprescindible encontrar un trabajo que ayudara a subsistir.

Reflexiones para una acogida de menores libre de odio

Pasó por centros de acogida y subrayaba que fue una «epoca durísima», empezando por la experiencia de tener que cruzar el Estrecho de Gibraltar en una embarcación que no ofrecía la máxima seguridad ante el embate de las olas.

Ahora trabaja en una gasolinera y se está formando para llegar a ser camionero, un trabajo del que ya se ha dicho muchas veces lo duro que es. Para las personas migrantes, también. Le ha llegado el momento de formar una familia aquí, en Cantabria. Ley de vida.

Quiso recordar, en su discurso, que aquí hay leyes que amparan la presencia de personas de otros lugares, que tienen derecho a pensar lo que quieran y a expresar como quieran, también desde el punto de vista religioso. Pero otra cosa que quiso señalar es lo agradecido que está a la sociedad española por haberlo acogido. No se le ocurre mejor manera que trabajar aquí para poder contribuir a que el país vaya mejor.

«El mar me enseña lo que es el miedo, el trabajo me enseña lo que es la dignidad», decía, en un relato que puso nudos en varias gargantas de los presentes. Lo que tiene claro es que ya tuvo que pasar por lo más difícil y que no dará un paso atrás.

También desde Marruecos, pero hace mucho más tiempo, llegó Yassine, una de las personas que intervino en la mesa redonda de Smolny. Es verdad que su relato no causó la misma conmoción que el de Omar, pero por la manera de contar la experiencia. Su peripecia, con varios viajes de ida y vuelta en barco entre Tánger y Algeciras para no ser descubierto, acabó generando risas, cuando podría cuadrar en el guion de una película de acción e intriga.

También tenía 16 años cuando llegó a España, y contaba que había estado en centros de varias provincias hasta que acabó asentándose en Santander. Tuvo que recorrer varias veces la geografía español, empezando por las ciudades más grandes.

La enseñanza que se le que ha quedado fijada a Yassine es la de aprender a tener un comportamiento cívico y trabajador. Tuvo que aprender a ser una persona disciplinada, y es lo que le aconseja a quienes siguen sus pasos. Para integrarte en un sitio que no conoces, el mejor camino cree que consiste en seguir unas ciertas normas sociales. Algo así como ser ‘un buen chico’, alguien que no se mete en problemas, que aporta cosas positivas a la comunidad y que consigue contribuir gracias a la profesión que pueda llevar a cabo.

La historia de Miler Alberto Ortiz es bastante diferente. También estuvo en Smolny y, tras escuchar la historia de Yassine, se sintió como un privilegiado. Alguien que había llegado a España en avión comercial y que trata de formarse para poder tener una vida digna en Cantabria.

Además, aporta de otra forma. Forma parte de una comunidad que se llama ‘Travesías migratorias’ y que pretende ser una herramienta para ayudar a personas migrantes que tengan dudas a la hora de hacer trámites o si necesitan algún tipo de protección ante una eventual orden de expulsión, por ejemplo.

Las ‘gafas’ que lleva puestas siempre están limpias, porque miran en favor de la igualdad entre las personas, provengan de donde provengan y tengan el color que tengan. Por eso el apoyo mutuo es una receta interesante, para sentirse más cerca y para ayudarse si la situación lo requiere.

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