La pasarela de los sueños rotos

Un proyecto paralizado desde 2016 advertía de que el mirador de El Bocal era “inadecuado" para el tránsito peatonal. Los vecinos llevan años defendiendo de proyectos como la senda costera una zona que sienten como suya y protegen,
Tiempo de lectura: 6 min

Para llegar a La Maruca, más aún, para alcanzar el pueblo santanderino de Monte, hay que atravesar primero una barrera de pisos de más o menos nueva construcción sobre la autovía –aquí también han llegado los edificios cebra- que puede engañarnos y hacer pensar que uno está entrando en otra urbanización más de las afueras. Con la excepción del Grupo Ateca, esos bloques, inevitablemente burbujiles, funcionan casi como un elemento disuasorio, un mensaje de que ahí detrás no hay nada más interesante que piscinas o pistas de tenis.

Pero basta con traspasar esa especie de muralla para que el paisaje cambie por completo. No sólo cuando te adentras en Monte y descubres un pueblo en la ciudad, sino cuando sigues avanzando por un trazado de carreteras anárquico que te van llevando a tesoros no siempre conocidos por los santanderinos, incluyendo las instalaciones de investigación del Oceanográfico.

Por la zona el aire todavía te trae olor a boñiga y en los praos relinchan caballos, pero este martes a las bandadas organizadas de pájaros les acompañaba el helicóptero del 112 rastreando la mar en busca de una persona que en el momento de escribir este texto sigue sin ser encontrada tras el desplome de la pasarela de madera de El Bocal que ha causado cinco muertes, una herida y una desaparición.  No es tarea fácil: igual que detrás de los pisos no vemos todos los secretos de La Maruca, por debajo de sus acantilados y relieves hay cuevas, grutas y agujeros. En una de ellas se encontró ayer –anoche- una de las víctimas, en otra se ha tenido que esperar a la bajamar para poder meter un dron marítimo que ayude en la búsqueda. El entorno de la pasarela ha sido objeto del trabajo de policías, efectivos del 112, hemos visto tirolinas, todo lo que se pudiera. Lo peor fue anoche: a oscuras, frente al mar, con mucho frío y organizando el operativo de golpe.

En La Maruca se tienden y ponen a secar algas, la caloca de la que viven no pocas familias. Las custodian entre moríos, los característicos muros de piedra que delimitan fincas y que son pura metáfora de la vida en comunidad y pueblo: rocas duras que se sostienen unas en otras, sin más argamas que su propio contacto. Hoy en la zona veíamos una nueva forma de delimitar espacios, violentísima como todo lo que está pasando estos días: un cordón policial, unas puertas al campo que nos remiten a los peores imaginarios.

Recorrido por la senda costera dentro de la campaña de crowdfunding de ‘Expulsados’

Conocimos más a fondo todo este pueblo hace ya una década: los vecinos se alzaron –no es una metáfora, pararon físicamente las máquinas de la todopoderosa Dragados- que estaba llenando una zona natural de pasarelas de madera, como esta de El Bocal, de miradores, creando un recorrido antinatural, contrario al que solían seguir sus pasos. Coincidió con nuestra búsqueda de apoyos para escribir ‘Expulsados’, el libro con el que quisimos contar y contamos quién estaba diseñando la ciudad del pasado, del presente y del futuro. No eran ellos, pese a ser sus custodios: en nuestro paseo por la senda costera, en plena crisis, pudimos apreciar lo que supone para Cueto y Monte un paisaje que parece brotar de sus frentes y colarse en sus ventanas a través de unos senderos y rocas que por allí son simplemente el camino a casa.

En esos veranos de la adolescencia que duran el doble y se recuerdan toda la vida, cada pequeña cala, nos contaron, lo recordamos, como El Bocal, como Rosamunda,  como otras que ni siquiera tienen nombre, era habitada por su propia pandilla. Como si fuera su playa privada – tan pequeñas que un pequeño grupo la llena–, echaban allí tardes sin reloj hasta que el sol funcionaba como el reloj de un campanario indicando que, sin darte cuenta, había pasado otro día. De camino a casa, podía pasar y pasaba que las madres de otros –en los pueblos las madres de alguien son las madres de todos- cogieran a los chavales, les metieran en casa, estiraran la cena prevista y llamaran por teléfono a otra de las integrantes de la hermandad de las madres para avisarles de que “enseguida llega, te le mando cenado”. Playas duras, poca arena, más piedra. Acantilados con salientes que, de algún modo, acariciaban.

Esas vivencias tan fuertes son las que hacen que sientan el paisaje como suyo y, en consecuencia, y a diferencia de otros sentimientos de pertenencia que devienen en propiedad –estamos diciendo en negocio, estamos queriendo evocar ese mundo de reservados, puros, sudores y ladrillo-, lo defienden. Es a lo que tuvieron que ponerse cuando comprobaron el absurdo irracional de que el paseo natural que daban desde siempre se desviaba de sus pasos para guiarles por empalizadas, pasarelas y escaleras a un destino que no parecía el que ya conocían. Más caro y peor. Menos natural, en todos los sentidos. No sería la primera vez ni la última: al otro lado de la senda, todavía el pasado verano tuvieron que recordar al Ayuntamiento de Santander que era un poco osado pretender “renaturalizar” un lugar tan natural como Mataleñas, y que difícilmente se puede “renaturalizar” algo llenándolo de caravanas y tráfico de coches. En esas siguen.

Por aquí atravesamos una pequeña regresión musical –no tan lejana, 2004- que nos está haciendo caminar únicamente con la compañía de nuestras sombras –no os preocupéis, es un guiño- por ese boulevard de los sueños rotos que no es ni el de Sabina o Chavela, ni el de la peli clásica, ni el de la novela juvenil, sino el de aquellos Greenday que hoy pedirían que no les despertaran hasta que acabe marzo.

Miramos el helicóptero sobrevolándonos, oteamos todos los profesionales de seguridad, vemos el dron sobrevolar, saltamos de conexión televisiva mañanera a periodistas al teléfono, a cámaras buscando el plano, forzamos contacto visual con paseantes, incluido el que hizo los avisos previos de que aquello no estaba en condiciones. Al final, no queda otra que volver a ver la madera, desparramándose hacia abajo tras haber guiado a los paseantes por un lugar que, rezan los papeles, era “inadecuado” para el tránsito peatonal. El camino podía completarse sin ir por ahí, por donde les orientó la senda que caminaba contra el sentido común y la propia memoria de los pasos del pueblo. Es la mayor tragedia en Santander desde el derrumbe del Bahía y, lo sentimos en el alma, no hacía falta.

Mostrar comentarios [0]

Comentar

  • Este espacio es para opinar sobre las noticias y artículos de El Faradio, para comentar, enriquecer y aportar claves para su análisis.
  • No es un espacio para el insulto y la confrontación.
  • El espacio y el tiempo de nuestros lectores son limitados. Respetáis a todos si tratáis de ser concisos y directos.
  • No es el lugar desde donde difundir publicidad ni noticias. Si tienes una historia o rumor que quieras que contrastemos, contacta con el autor de las informaciones por Twitter o envíanos un correo a info@emmedios.com, y nosotros lo verificaremos para poder publicarlo.