Catalina Bárcena, lista para salir a escena y sellar la “grieta” que el olvido dejó en la memoria colectiva de Cantabria y sus aportaciones a la historia del teatro

Miriam Díaz-Aroca: “Cada personaje tiene una verdad, casi siempre fruto de una herida”
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Un camerino, justo antes de salir a las tablas, es a la vez un “santuario” y un “campo de batalla”, el escenario de muchas cosas. De nervios, síntoma de respeto al –por algo se dice- “respetable”, como sigue sintiendo una actriz de la veteranía de Nuria Gallardo. Y de miedos, que es para la queridísima actriz santanderina Miriam Díaz Aroca el motor que mueve a Catalina Bárcena, una actriz cántabra “fabulosa, internacional, casi galáctica”.

Antes de entrar en ese camerino, escenario principal de ‘Las sombras de Catalina Bárcena’, la obra dirigida por un veterano como Román Calleja, con su compañía Caroca, escrita por María José Debén, vamos a situar a su protagonista.

Un actriz, nacida en Cuba, criada en Liébana, que despuntó en las tablas nacionales e internacionales, al nivel de Margarita Xirgú que se atrevió a cuestionar a su maestra, María Guerrero, que rompió la tendencia del teatro del momento a la grandilocuencia (no hay que gritar tanto, le espetó a su mentora), que financió las primeras obras de Lorca, que montó su propia compañía, que fue la primera actriz internacional en interpretar una película en castellano en Hollywood, y protagonista habitual de los carteles de Gran Vía y de la prensa de la época.

Formada bajo la escuela de una grande como María Guerrero, ella misma formaría luego a nombres como Julia Gutiérrez Caba o Gracita Morales (por citar a las más conocidas), con las que luego se formaría una de las actrices del reparto, Nuria Gallardo, que reivindicaba para EL FARADIO el concepto de legado en la profesión, de generación a generación que, sin embargo, no tuvo reflejo ni en los libros de teatro ni en la historia del teatro y de la que late algo en la memoria popular. “Nos hemos saltado algo en la historia”, lamenta.

UN RASTRO PERDIDO

¿Y por qué se nos había perdido el rastro? Esa es la pregunta, casi el objetivo, que se marca esta obra que se estrena el viernes y sábado en el Palacio de Festivales, explica Román Calleja.

Una parte es común en todo el país y más dura en una Cantabria que todavía hace una década no conocía el campo de concentración de La Magdalena, el bombardeo nazi del Barrio Obrero, el trabajo esclavo en el Pantano del Ebro o la sepultura en Ciriego de Rodríguez Rapún, el secretario de La Barraca, por citar sólo unos pocos ejemplos. La desmemoria a la que nos sometió un franquismo que borró la historia y creó, desde la posición de poder que daban las armas, el dominio de la Iglesia o la escuela y el control total de los medios y la cultura, sus propios referentes, no sólo políticos sino sociales y culturales.

Pero esa pregunta se la hacen también en el mundo de teatro, como confesaban en la rueda de prensa las actrices protagonistas de la obra, Miriam Díaz Aroca (Catalina Bárcena), Nuria Gallardo (interpreta varios papeles, entre ellos María Guerrero o María de la O Lejárraga), o Megan Tyler (hace de su hija), que antes de sumergirse en esta vida tenían pocas o nulas referencias, que más allá de lo personal, se extendían a las lagunas en la formación académica teatral. Otra de las carencias que se pueden resolver con esta obra, que forma parte de un proyecto más amplio que ha incluido conferencias teatralizadas o una página Web interactiva sobre la vida y legado de Catalina Bárcena.

Una de las causas de un olvido histórico y en términos de memoria colectiva –imperdonable en su propia tierra-, no la única, obedeció a su propia forma de ser y relacionarse con su profesión. Como explica la autora, María José Debén, hubo un momento en que renunció a los actos sociales, a los estrenos.

Hay más, y ‘Las sombras de Catalina’ no las rehúye. Está su compleja relación con Gregorio Martínez y María de la O Lejárraga, escritora y diputada socialista detrás de la mayoría de las obras atribuidas a Gregorio, en una relación con ambas que generó tantos ríos de tinta en los medios –por supuesto marcados por una narrativa muy machista- que acabaron tapando su legado no sólo como actriz, sino como renovadora del teatro, con la compañía Teatro del Arte.

Y está, finalmente, su exilio, once años de marcha de España tras el golpe de Estado y la Guerra Civil, rotos por un tímido regreso al que luego le siguió otro silencio: el país había cambiado y la dictadura estaba creando sus propios mitos.

EL PRECIO DE LA LIBERTAD

El director define a la actriz como una mujer que tomó decisiones difíciles en un contexto social poco favorable para la libertad femenina. “Fue una mujer que eligió no plegarse”, explica. Esa elección, según señala, tuvo consecuencias personales importantes. “Pagó el precio de su libertad con una mezcla de gloria y soledad”.

“Era una mujer con muchas virtudes, pero también completamente rota”, añade María José Debén.
Y en el perfil de esa mujer rota se mete Miriam Díaz Aroca, que habla del valor del miedo y todo lo que supuso para Catalina.“El miedo paraliza”, señala. Sin embargo, considera que Bárcena supo permitirse sentir ese miedo y enfrentarlo: “Cuando Catalina se permite sentirlo, eso le da fuerza”.

Durante el desarrollo de la obra, el personaje atraviesa un proceso de confrontación con su propia historia. En apenas dos horas, explica Díaz-Aroca, la actriz “vomita todos sus miedos, todo lo que ha callado y todo lo que ha padecido”, pasando a la valentía y a la transformación que le brinda la “magia del escenario”, la “fuerza” que da el tener que salir a escena tras una introspección tan profunda.

Díaz Aroca, que suma en su trayectoria películas premiadas con el Oscar como ‘Belle Epoque’, éxitos televisivos en programas y series, y una extensa trayectoria cinematográfica y teatral, señala que la obra invita a reflexionar sobre la necesidad de comprender las historias personales antes de emitir juicios.
Según explica, cada personaje que aparece en la función tiene su propia verdad. En muchos casos, esa verdad nace de una herida, de una injusticia o de un desgarro.

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