Cuando la Intolerancia se disfraza de Sentido Común

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El Fascismo como ideología y movimiento de masas tuvo su origen la Italia de los años 20. Liderado por Benito Mussolini se caracterizaba por un fuerte autoritarismo y nacionalismo excluyente, lo que la hacía antidemocrática con el objetivo de eliminar todo atisbo de oposición. Ya que como buena religión de sustitución su “verdad” era la única, como si de una revelación divina se tratara. Hasta aquí, nada que el chat GPT no pueda decirte y explicarte incluso mejor y con más lujo de detalles, pudiendo hablar del término en plural ya que, como realidad histórica, el término se ha adaptado a las circunstancias propias de cada contexto, en cada país, pero siempre con un hilo conductor : La negación y eliminación del “diferente”: Este principio puede llevar al término a un punto de transversalidad que rompe con la ortodoxía antifascista, pero que pone el foco en una palabra, clave a mi modo de ver: La intolerancia, y cómo este principio cuando se interioriza se convierte en un arma de destrucción de la democracia y los valores que la sostienen. La intolerancia hace que dejes de ver a la persona que tienes en frente, que dejes de escucharla, de intentar entenderla (lo que no significa que estés de acuerdo). Es un proceso complejo que va más allá de proyectar nuestros prejuicios y construir un “enemigo” a la medida en ese proceso de deshumanización del otro que es clave a la hora de generar espacios para la liturgia del fascismo. “Los buenos vencerán como sea, los buenos somos nosotros y el sentido común nos acompaña”. Y es que, al igual que en los 30 del siglo pasado, nadie se acuesta demócrata y se levanta fascista, de hecho, si contextualizamos el concepto en su época, el término fascismo no era algo negativo para quien lo defendía, pues lo asociaba a valores que creía debían fundamentar la sociedad  y donde la misma sociedad buscaba una salida al caos que la rodeaba. Lo que no significa que la necesidad de una salida justifique que esa salida sea a cualquier precio; y si el precio es el asesinato de millones de personas, ese ideal se convierte en la peor de las pesadillas.

La experiencia histórica nos ayuda a entenderlo, intenta darnos las claves para no repetir los mismos errores. Para no volver a subir los mismos peldaños de la escalera. El fascismo histórico, es también sociológico, es decir, no necesita llamarse así si reproduce sus mismos comportamientos, modos de pensar y formas de ver el mundo que derivan precisamente en esa «deshumanización del otro» que hace que dejemos de verlo como un ser humano con derechos para verlo primero como un problema, luego como una amenaza, hasta verlo como un enemigo y finalmente dejar de verlo. Y todo ello necesita de un armazón ideológico y moral; un conjunto de ideas que te hagan analizar la situación, no desde la criminalización de lo que haces, no desde pensar que lo que haces está mal o es antidemocrático, sino desde un «sentido común» que lo justifique. Un sentido común hecho a la medida de que no te sientas mal por negar a ese otro, no sientas culpa o vergüenza por negarle sus derechos, sino que puedas disfrazar esa intolerancia de inevitable teniendo, como es lógico en este proceso, argumentos donde agarrarte.

En el caso de Cartes y ahora Castro Urdiales sucede lo mismo. La mayoría de las personas que salen a manifestarse en contra de los centros para jóvenes migrantes no se consideran así mismos intolerantes, no salen abiertamente diciendo «odiamos a esos jóvenes, nos generan rechazo». Escenifican su discurso aludiendo a ese “sentido común” que genera la coartada moral que evita asumir la responsabilidad del prejuicio. “Yo no soy intolerante pero…. aquí no cabemos todos, pero es responsabilidad de sus familias de origen, pero lo hacemos por la seguridad de nuestro pueblo, nuestras familias, nuestra identidad, nuestro país o tierra» y, si me apuras, nuestra democracia. En ese proceso, ese “sentido común” como argumento de fuerza se alimenta de esos valores positivos; familia, cultura, de ese “nosotros” que tiene que ser protegido y defendido. De esta manera el «sentido común» se utiliza para crear una narrativa que justifica la exclusión o la violencia hacia el otro, y para hacer que la intolerancia parezca razonable y justificada. Al hacerlo, esa persona, ese joven inmigrante va pasando de ser un problema, a ser una amenaza y de amenaza a enemigo, hasta hacerle desaparecer y con él nuestra responsabilidad humana y ético-democrática de acogerle.

Porque la democracia si es algo, es la capacidad de generar espacio de encuentro entre diferentes y eso no se hace expulsando o prejuzgando a alguien sin conocerle, simplemente porque demos carta de naturaleza a nuestra ignorancia, miedos, complejos o inseguridades. La democracia si es algo es defender la justicia y eso no depende del quién, sino del cómo, no depende del cuánto, sino del porqué y para qué. Nadie dijo que fuera sencillo, pero es la única manera si no queremos convertirnos en el monstruo que la historia nos ha enseñado que hay que combatir y despreciar.

Nota: Una joven hablaba en la manifestación de Castro “Nadie mejor que un pueblo de mar para saber ponerse en su lugar para saber el precio que se paga”. No se puede explicar mejor.

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