«Siempre se puede ayudar»: una asocación crea una red para adolescentes en situaciones límite
“Acaban de enterarse de que su hija se autolesiona, de que su hijo consume, de que está sufriendo bullying… Es un momento de crisis total”. Con esta descripción, Tamara Montes resume el punto de partida de muchas de las familias que llegan a la Asociación Adolescere, una entidad que trabaja con adolescentes en situaciones de vulnerabilidad emocional en Cantabria.
El origen del proyecto está, precisamente, en ese contacto directo con casos reales. “El detonante fue el trabajo diario. Ver que llegaban familias desesperadas”, explica en conversación con EL FARADIO. A esa situación inicial se suma, en muchos casos, una dificultad económica que condiciona el acceso a la atención psicológica. “Al muy poco tiempo empiezan a decirte que no pueden pagar las sesiones. Ese fue el primer foco”.
En este sentido, la asociación surge para tratar de cubrir ese vacío entre la necesidad de intervención y la capacidad real de las familias para asumirla. “Intentamos pagar nosotros esas sesiones”, señala Montes sobre las derivaciones a centros privados cuando los casos requieren atención individual especializada.
La intervención se articula en dos líneas. Por un lado, una “escuela de vida”, concebida como un espacio grupal en el que se abordan cuestiones vinculadas a la gestión emocional, las relaciones sociales o el uso de la tecnología. “Hablamos de todo lo que necesitan: cómo saludar, cómo iniciar una conversación, cómo reflexionar sobre lo que les pasa”, detalla. “Trabajamos la socialización, aprender a debatir, a pensar, a tomar decisiones”.
Por otra parte, la derivación a terapia individual cuando es necesario. “Lo grupal es clave, pero lo individual requiere un trabajo más profundo”, explica.
Los casos que atienden dibujan un escenario que, según describe, combina diferentes problemáticas. “Tenemos chicas con la autoestima por los suelos que se autolesionan constantemente, algunas con intentos de suicidio”. También menciona situaciones de acoso escolar: “Hay chicos que han sufrido bullying y no son capaces ni de estudiar ni de relacionarse, que tienen pánico a decir un simple ‘hola’”.
A ello se suman conductas vinculadas al uso intensivo de dispositivos digitales. “Hay chicos que pasan doce horas al día en el móvil, que no duermen ni comen, que tienen relaciones sociales cero”, indica. Además, señala la presencia de otros fenómenos: “Chicos adictos al porno, niñas que llegan con doce años habiendo tenido relaciones sexuales”.
En cuanto a las diferencias entre chicos y chicas, Montes apunta a una evolución en los últimos años. “Antes se veía más diferencia. Ahora está más igualado. Quizá la autolesión sigue siendo más frecuente en chicas y la agresividad en chicos, pero el resto está bastante equilibrado”.
Sobre las causas, reconoce que no existe una explicación única. “Todavía no hay una respuesta clara”, afirma. No obstante, sitúa uno de los focos en el impacto de la tecnología. “Hemos estado en un congreso sobre psiquiatría y pantallas, y es un problema importante”. En concreto, vincula algunos comportamientos con el acceso temprano a determinados contenidos: “Muchos chicos con conductas sexuales precoces llevan años consumiendo porno. Antes eso no pasaba. Antes veías un beso».
En este contexto, define el uso de pantallas como un factor especialmente complejo. “La pantalla es una droga, y además es una droga legal y accesible”, advierte. A diferencia de otras adicciones, añade, no es posible eliminarla completamente. “Hay casos donde la pantalla debería ser cero, pero es casi imposible: hay pantallas en el colegio, en la calle, wifi en todos lados”. “Con una droga puedes cortar de raíz; aquí no. Es una herramienta que tienen que aprender a usar, y eso lo hace mucho más difícil”.
Esta realidad también afecta a las familias. “Las familias pueden hacer cosas, pero es muy difícil”, reconoce. “Queremos hacerlo mejor, pero no tenemos herramientas”.
Por otra parte, sitúa este escenario en un cambio de contexto más amplio. “Vivimos una transición. No nos han educado para este mundo”. En este sentido, señala que “los niños están perdidos, pero los padres también”.
Además, apunta a las limitaciones del sistema público de atención psicológica. “Las visitas son una vez al mes y duran entre quince y veinte minutos, media hora como máximo”, explica, un margen que considera insuficiente para abordar situaciones complejas.
Frente a ello, la asociación pone el foco en el grupo como espacio de apoyo. “El grupo es fundamental. Es un espacio seguro, con normas que ponen ellos mismos. Se sienten importantes”. Según explica, el impacto es significativo: “El que entra normalmente se quiere quedar. Hay chicos que solo tienen ese espacio”.
En estos entornos trabajan habilidades básicas que, según indica, no siempre están cubiertas. “Desde organizarse, gestionar dinero, emociones… habilidades básicas que nadie les está enseñando”. Además, utilizan dinámicas específicas para fomentar la reflexión. “Hacemos mucho role play para que vivan situaciones y luego puedan tomar mejores decisiones”.
En poco más de un año, la Asociación Adolescere ha trabajado con más de veinte familias y ha destinado cerca de 10.000 euros a terapias. “Ya son cinco altas completas”, señala Montes, en referencia a casos vinculados a abuso intrafamiliar, acoso escolar o situaciones familiares complejas.
La iniciativa se sostiene, en gran medida, a través de donaciones y trabajo voluntario. “Hasta ahora ha sido tirando de nuestro entorno, pidiendo ayuda”, admite. En este sentido, están impulsando un sistema de aportaciones recurrentes. “Desde tres, cinco o veinte euros. Veinte es una cantidad asumible y además tiene deducción fiscal”.
Por ello, desde la asociación hacen un llamamiento a la colaboración. “Necesitamos voluntarios, espacios y recursos económicos”. Además, subrayan la importancia de dar el primer paso ante una situación de dificultad. “Que llamen, sin compromiso. Cada caso es individual y siempre se puede ayudar. Que no tiren la toalla”.
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