El lobo en Cantabria: una decisión política y una pieza clave del equilibrio natural.
En Cantabria, hablar del lobo ya no es sólo un cuento ni una canción de Shakira, sino que es hablar de naturaleza. Es hablar de ganadería, de pueblos, de identidad rural… y también de futuro.
El nuevo plan de gestión del lobo publicado en el Boletín Oficial de Cantabria el 18 de marzo pone cifras sobre la mesa: más de 200 ejemplares y al menos 23 manadas. Un dato claro: el lobo no desaparece, recupera espacio. Y con ello, también el conflicto.
Mientras no haya prevención suficiente, ayudas ágiles, acompañamiento técnico real… cualquier plan será papel mojado.
El plan actual se apoya en tres ejes: control poblacional, compensaciones y seguimiento. Sobre el papel, suena razonable. En la práctica, no aborda las causas.
El lobo regula especies como el jabalí o el corzo, evitando desequilibrios que después pagamos todos: daños agrícolas, degradación de bosques o aumento de accidentes.
Esto tiene nombre: cascada trófica.
Cuando falta el depredador, el sistema se desordena.
El jabalí es una especie extremadamente adaptable y con alta capacidad reproductiva. Sin presión ecológica suficiente, se expande y pierde el miedo, arrasando huertas cercanas a Torrelavega como hemos presenciado últimamente. Cuanto menos presión ecológica, más expansión. Más expansión, más conflicto.
Proteger al lobo no es ir contra la ganadería.
Disparar sin control ni estrategia, puede aumentar los ataques al ganado al desestructurar las manadas.
Comprender y respetar al lobo no es una cuestión romántica, sino una necesidad ecológica para mantener el equilibrio natural. Como refleja la película «El último lobo», cuando el ser humano irrumpe en ese equilibrio apropiándose de las presas que los lobos cazan y alterando su forma de vida— se rompe un orden ancestral que obliga al animal a adaptarse para sobrevivir, llegando incluso a atacar al ganado. No es agresividad gratuita, sino pura supervivencia. En ese contexto, la convivencia con los pastores nómadas muestra una lección profunda: la naturaleza se sostiene sobre una delicada relación de respeto, comunidad y responsabilidad compartida.
Cuando el lobo desaparece, el problema crece.
Eliminar lobos puede parecer una solución rápida, pero es un espejismo. La desestructuración de las manadas rompe su organización social y provoca más ataques al ganado, generando precisamente la inestabilidad que se pretende evitar.
Mientras tanto, las políticas actuales muestran una contradicción evidente: se aplican cupos al lobo sin integrar su función ecológica, y se intensifica la caza del jabalí sin abordar las verdaderas causas de su expansión: la abundancia de alimento, los cambios en el territorio y la falta de regulación natural efectiva.
La coexistencia no es una utopía, es una necesidad. Y solo será posible si se apuesta de forma decidida por la prevención: mastines, cerramientos adecuados, vigilancia, sistemas de geolocalización… medidas que han demostrado reducir de forma significativa los ataques. Pero esto exige algo fundamental: apoyar de verdad al ganadero.
Porque no habrá conservación posible si el coste recae únicamente sobre quien vive del campo. Apoyar al ganadero es, en realidad, proteger al lobo.
Hace falta un compromiso claro:
- Indemnizaciones rápidas y justas
- Ayudas reales para la prevención
- Asistencia técnica continuada
- Reconocimiento del papel esencial de la ganadería extensiva.
Además, es imprescindible actuar sobre el territorio:
- Gestión del hábitat, limitando fuentes de alimento accesibles
- Control del jabalí más selectivo, técnico y menos masivo
- Coordinación institucional real entre medio ambiente, agricultura y ayuntamientos
Los ganaderos no son el problema. Son parte imprescindible de la solución.
Cantabria ha empezado a dar pasos en la buena dirección, como la creación de la Mesa del Lobo, un espacio necesario para escuchar a todos los sectores. Pero queda camino por recorrer.
Este no es un debate sobre animales. Es un debate sobre modelo de territorio.
Sobre si queremos una Cantabria que conserve su biodiversidad, que proteja a quienes la habitan y que tome decisiones basadas en el conocimiento, o una que responda a golpe de urgencia, parcheando conflictos sin resolverlos.
Gestionar no es arrasar. Regular no es exterminar.
Gobernar es elegir lo que funciona.
Cantabria necesita una política valiente basada en la convivencia mutua.