Dar la palabra a quienes son el centro de un debate

El Centro Social Smolny organiza una mesa redonda donde hablaron personas migrantes. Cada una con su propia experiencia, algo que se hizo extensivo a quienes acudieron a escuchar, pero también contaron sus vivencias
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El debate político se polariza ya en casi todos los temas que salen a la palestra para ser discutidos. Que si una guerra por aquí, la eutanasia por allá, iluminar el Ayuntamiento de Santander para significarse en contra de derechos reconocidos para las mujeres como el aborto y la eutanasia…

Los discursos de odio apuntan hacia varios sitios, pero las personas migrantes, sin duda, son un objetivo permanente. Se les acusa de ser fuente de muchos males que no se sostienen estadísticamente, ni vía delincuencia ni tampoco por la vía de causar un desastre económico. Más bien, todo lo contrario.

Es habitual que, cuando se habla sobre una cosa, se acuda a expertos en la materia para poder ilustrar mejor el tema del que se habla. Y en nuestra sociedad se habla a todas horas de personas migrantes, pero no es tan habitual que se les de un altavoz a ellas mismas, que son las receptoras de todo tipo de descalificativos xenófobos y racistas.

La conversación en Smolny era con personas migrantes que militan en el asociacionismo. Forman parte de asociaciones o, como poco, tratan de ser parte de la solución para personas que necesitan hacer algún trámite o que buscan un empleo, o que afrontan situaciones de vulnerabilidad.

Formaban parte de la mesa Marlene Licona, presidenta de FAERCAN, la Federación de Asociaciones de Extranjeros Residentes en Cantabria, Miler Ortiz, que se encarga del proyecto Travesías migratorias y que ya estuvo en la mesa organizada en febrero, también en Smolny, sobre lo que estaba sucediendo ante la llegada de menores migrantes no acompañados a un centro de acogida en Cartes, Dannah Arias, de Ubuntu Comunidad Afro Joven, Ligari Mouhammadou, de Corazón Unido, y David Murillo, de la Comunidad Colombiana de Cantabria.

Desactivar el odio con algo tan simple como ser buenas personas

La mesa estuvo moderada por Pablo Moreno, de EL FARADIO, pero eso sólo sucedió en los primeros minutos del acto. Una vez que se empezaron a pedir turnos de palabra, al moderador sólo le quedó dar paso por orden a las intervenciones de quienes asistieron a la charla. Varias personas, casi todas migrantes, tenían ganas de contar y preguntar cosas.

Las historias de personas migrantes tienen cada una sus propios detalles y contextos que las hacen diferentes de las demás. El transporte utilizado para desplazarse a otro lugar, la familia que se deja atrás, las vicisitudes para conseguir un techo bajo el que dormir, cómo encontrar un trabajo o cómo lidiar con la burocracia, y todo en un lugar desconocido y sin una red de apoyo para empezar, en muchos casos.

Y está la cuestión crucial de los papeles. Ser legal en un país. Mientras no se consiga eso, hay puertas a las que ni siquiera se puede llamar. Por eso las asociaciones juegan un papel vital, pero no siempre cuentan con las mejores condiciones para ello. Por ejemplo, si no tienen una sede física. Pueden contestar al teléfono o comunicarse vía redes sociales, pero tener una sede ofrece la posibilidad de una atención cara a cara que resulta muy valiosa. FAERCAN lleva más de 15 años intentándolo, sin éxito.

Uno de los temas clave, por tanto, es la regularización de migrantes, un proceso anunciado y aprobado en Consejo de Ministros, pero que está por validar definitivamente. El segundo trimestre de este 2026 es, en teoría, el periodo en que se podrán llevar a cabo los trámites, pero en la mesa cabían dudas sobre cómo va a ser todo exactamente. Asociaciones como las presentes en el acto pueden ser un buen punto al que dirigirse para tratar de saber cómo ha de hacerse todo.

Hubo algunos relatos pasados contradictorios, desde quienes no han tenido apenas problemas porque presentaban solicitudes con todos los documentos y requisitos en regla, pero otras personas contaron que no habían corrido la misma suerte. De hecho, parecía haber un sentido mayoritario de que a las personas migrantes se les colocan obstáculos sin parar. Por parte de la administración, pero también de empresas que ofrecen condiciones laborales sensiblemente peores. Los empleos temporales los ocupan, muy habitualmente, trabajadoras y trabajadores que han llegado de otros lugares.

La reflexión en este punto fue recordar que de España salió mucha gente, millones de personas, en la época de la dictadura, y muchas no llegaban a otros lugares con un contrato de trabajo. No era una migración tan ordenada como se ha intentado hacer creer. Al contrario, se trata de correr un tupido velo para que se olviden todas esas historias de quienes se marchaban, se buscaban la vida y trabajaban de lo que les saliera. «Es muy malo servir al que sirvió», resumió uno de los asistentes. Una cosa es lograr tener una vida más acomodada y otra muy distinta es maltratar a quien trata de ganarse la vida ‘empezando desde abajo’, sin recordar que, en otro tiempo, el acomodado también tuvo que soportar comportamientos indecentes.

Se incidió también en la cuestión de género, porque es algo que cuenta muy a menudo. Migrar conlleva sus dificultades, y las mujeres se pueden encontrar con un extra por el hecho de serlo. No es algo que suceda solamente en alguna ocasión.

David Murillo llegó a finales del siglo XX a Cantabria. Ha estado moviéndose entre España y su Colombia natal varias veces, y su experiencia le dice que ahora las cosas se están poniendo más difíciles para personas extranjeras. Especialmente, las que sufren situaciones de vulnerabilidad. En su opinión, es porque están calando los discursos de odio. Y lo explicó de una manera muy gráfica. Dijo que el odio es como la cumbre de la montaña, lo más alto que se puede llegar. Mucha gente diría que no ha llegado hasta ahí, pero si llevas puestas unas botas de montaña, a lo mejor acabas llegando a la cima.

Desde Smolny también hacían una reflexión realista y útil acerca de las personas migrantes. Afrontan las dificultades de la llegada y la aclimatación, los problemas burocráticos y, cuando los resuelven, se tienen que enfrentar a las mismas miserias que las personas vulnerables de aquí, por lo que, aún logrando una permiso de residencia o la nacionalidad española, siguen sin estar por encima de quienes llevan toda la vida aquí y se las tienen que ingeniar para poder pagar una vivienda que aumenta su precio a mucha mayor velocidad que los salarios, más el poder tener una casa caliente en invierno, una alimentación saludable y poder desplazarse a sus lugares de trabajo y estudios. Una suma de gastos que un sueldo único a duras penas puede costear.

Varios temas salieron en la conversación a muchas bandas, y una de las conclusiones evidentes es que ayudarse y colaborar siempre es una solución interesante. Por eso el encuentro, además de reflexiones y opiniones útiles, fue una manera de que personas de diferentes colectivos se conociesen, charlasen una vez concluida la charla e intercambiasen contactos para que puedan surgir fórmulas de cooperación en el futuro.


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