La pasarela
Doy un paso, avanzo, antes que yo, muchos han pasado, antes que yo muchos y muchas han pasado, sigo avanzando e imagino que cada paso pueda ir abriéndome camino, ya sé que suena como a Machado y es recurrente, pero así son los pasos, seguidos, recurrentes, a veces los pasos se detienen porque has escuchado algo y el cuerpo se contrae, como si el eco del ancestro te pusiera sobre aviso. Alzo la vista y sigo, me dejo llevar un poco seguido del viento frío de la mar que respira a tantos que la han respirado a ella. Las pisadas de salitre se alimentan de la orilla donde vuelve a despedirse una ola que tiene prisa. Vuelvo al paso en el que estaba, a veces me apetece caminar sobre mis pasos, para recordar por donde he andado, lo que he hecho, o encontrar el tiempo que he perdido, pero nunca lo encuentro, por mas que camino de regreso al encuentro, nunca lo encuentro por mas que mis pasos dicen pisar las marcas de las huellas que antes fueron mías. Quizás porque en ese “antes” ya no me pertenecen. Así que sigo caminando y doy otro paso buscando el próximo encuentro, el próximo tropiezo inesperado, la próxima esquina con la que tropezar. También escucho unos pasos que se acercan y me da como vergüenza mirar atrás, pongo la mirada fija en el suelo y acelero un poco, luego voy más lento hasta pararme de forma brusca. Los pasos ya no están o por lo menos yo no los oigo. No siempre es fácil caminar cuando sientes unos pasos tras de ti. A veces te sorprendes al descubrir que esos pasos eran los tuyos, esa parte del pasado que te persigue y que no sabes como manejarla; si dejar que te alcance y caminar juntos o si hacer como que no la conoces porque es complicado manejar tantas distancias y no sabes como acertar. Por eso todos lo pasos que das no son igual, por más que se parezcan, cada uno tiene por lo menos una forma de enfrentar el horizonte, cada uno tiene su propio código a la hora de entender los espacios abiertos o cerrados, los senderos y los atajos. Cada uno se plantea si salir corriendo, ser estatua o convertirse en paseo, en un simple paseo sin más peligro que el hecho de que llueva o se estropee la tarde. Y es que un paso nunca debería llevarte a la muerte al cruzar una pasarela, un paso nunca debería de precipitarse al mar y perderse para siempre. No es justo, y no depende de quien lo da, alguien debía de haber dicho que por ahí no se podía caminar, que esa pasarela no se podía cruzar, que esos doce pasos no deberían de haberse dado nunca y que esos 6 jóvenes deberían de estar aún con vida, pensando que hacer de ellos, si ponerse a bailar, si quedarse quietos, si ir para acá o para allá y ver que les deparaba la vida, cada uno diferente con sus propias inquietudes, pero cada paso irrepetible, insustituible y con toda la vida por delante. Ahora ese espacio no está, nadie lo camina, nadie hunde su pisada sobre la tierra para dejar la próxima huella. Quedan quienes jamás les olvidarán y que les honran cada día, en esos lugares comunes que caminaron juntos. A ellos todo el cariño, todo el respeto y todo el apoyo. Porque los pasos que den serán un poco los nuestros. Porque cuando pasa algo como lo sucedido en la pasarela del Bocal, la primera reacción es de incredulidad, nos deja inmóviles sin poder apenas reaccionar. Después intentamos entender que ha pasado y recorrer los mismos pasos que ellxs dieron hasta llegar a esa pasarela y darnos cuenta de que debía estar señalizada, de que no debía de estar allí, de que alguien debía de haber dado el paso que se anticipara para que esto no sucediera. Y que no lo dieron, al contrario, hicieron caso omiso de los avisos de vecinos, de personas que denunciaron que ese lugar y muchos otros no eran seguros, que podría suceder una catástrofe como así ha sido, como así fue. Por eso el siguiente paso es denunciar lo ocurrido, pedir responsabilidades y que éstas se asuman. Hacer lo que antes no se hizo para evitar que vuelva a pasar. Pero que no lo hagan los mismos que lo permitieron, los mismos que durante una década no hicieron nada para poner remedio, ni por ser responsables legales, ni por su responsabilidad “in vigilando”. Los responsables de Costas y del Ayuntamiento de Santander deberían de ser los primeros en dar el paso de asumir su responsabilidad, un principio básico en una democracia en la que los ciudadanos delegamos en otros el cuidado de los común, el nuestro, el de nuestros seres queridos, con lo que eso supone. Sin mas partido político, sin mas sesgo ideológico que la solidaridad con el dolor de esas familias y la justicia para la memoria de esos jóvenes. Ese paso es lo mínimo y no entiendo que no lo den.
Nota: Todo el cariño, apoyo y solidaridad con las familias afectadas y sus seres queridos.
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