La adecuación salarial y la marea verde en Cantabria
Siempre nos decimos a nosotros mismos que debemos aprender de los errores, que en las derrotas se esconden acertijos que, si los desciframos, nos permitirían encontrar algo, un sentido. Tal es así que a veces incluso llegamos a disfrutar secretamente de las derrotas y nos sorprendemos a nosotros mismos sin saber qué sentir ni qué pensar cuando realizamos un avance significativo.
En ocasiones se avanza, con grandes esfuerzos y sacrificios colectivos, pero se avanza. Esto es lo que ha acontecido en el conjunto del profesorado cántabro con la adecuación salarial. A lo mejor, desde la autocrítica más feroz, no colmamos todos nuestros deseos, pero, ante esto, quizás debamos recordar lo dicho por el gran psicólogo francés Lacan sobre el deseo: «El deseo es la metonimia de la falta en ser», o, dicho de forma más sencilla, «el deseo siempre desea otra cosa». Lacan fue un teórico muy leído por los revolucionarios franceses del 68 y nos viene a decir que no hay forma de satisfacer plenamente el deseo: siempre acabamos en un nuevo desplazamiento libidinal; de ahí, precisamente, el gran interés del deseo como fuerza motriz para los movimientos sociales y políticos.
Hay un análisis pormenorizado de los incrementos, las fases, los compromisos, etc., sin duda muy importante e interesante, pero en esta ocasión quisiera centrarme en dos avances importantes que pueden escapar al ojo del deseante de mundos infinitos, o al del «disfrutón» del «todo mal».
Vencer la política de la inevitabilidad
Durante la campaña de la adecuación salarial, al profesorado cántabro se le dijo por activa —y sobre todo por cierta prensa— que la adecuación salarial dirigida era inevitable; que las condiciones exigidas por la Consejería serían inamovibles y que los representantes del profesorado deberían aceptar un destino inaplazable. La desigualdad, la especialización y la pérdida de poder adquisitivo no solo eran lo responsable, sino también lo inevitable.
Timothy Snyder nos advierte en su obra El camino hacia la no libertad de esta técnica política tan desarrollada por la política reaccionaria. Adormecernos en un «es lo que hay» o en un «no hay alternativa» es la mejor fórmula para el inmovilismo político y, al mismo tiempo, el caldo de cultivo ideal para encerrar a la ciudadanía en un presentismo autorreferencial en el que sea incapaz de ver las desigualdades profundas y las desinformaciones intencionadas; así se va cultivando el populismo reaccionario. Fomentar la desconfianza en las instituciones públicas y sociales para luego presentar a las entidades privadas como solución áurea. Esta nueva fórmula trata, como siempre, de privatizar, pero en esta ocasión buscando el beneplácito popular después de una preventiva guerra informativa.
El profesorado cántabro, dinámico, organizado y movilizado, ha demostrado que, siendo imaginativo y perseverante, se puede avanzar significativamente en las luchas laborales, aunque el precio sea ser considerados unos absentistas patológicos o unos avariciosos imperdonables. Aquí tenemos la guerra desinformativa: minar la vida privada y la imagen pública del profesorado para debilitar la capacidad de lucha y de reivindicación de la vida pública y los derechos laborales.
Escapar de la eternidad
El historiador estadounidense Snyder también menciona otra técnica interesante y eficaz: la política de la eternidad. El pensamiento reaccionario sustituye una visión de progreso o de futuro por un ciclo constante de momentos críticos que provienen de crisis pasadas mitificadas. Esta visión circular del tiempo, esta visión del eterno retorno de lo idéntico se vale de la emoción y, sobre todo, del miedo para manipular la memoria colectiva y así generar desconfianza y, de paso, presentarse como víctima. Seguro que nos suena.
Salvando las distancias, esencialmente se puede comparar con la negociación de la Cláusula Silva. Aprobar presupuesto tras presupuesto autonómico, condicionando repetidas veces al resto de partidos políticos, tomando como rehenes al profesorado y, además, presentarse como víctima, ya que se encuentra «a merced» de los demás. Caminar y caminar en la rueda de hámster de los presupuestos autonómicos hasta que la desconfianza fuese de tal calibre que se abandonase la lucha de la marea verde y se aceptasen mansamente los preceptos del gobierno. Pues no pasó: la marea verde resistió, se dosificó y mantuvo la confianza en sí misma y en sus representantes sindicales. Este nivel de resiliencia lo debemos recordar; lo necesitaremos.
La marea verde volverá a subir; tendrá que asumir nuevos retos y nuevas luchas: la bajada de las ratios, los cambios en el guardado de nota del colectivo interino, la normativa de extraescolares, la mejora de las infraestructuras escolares… Queda mucho por hacer. Sin embargo, podemos confiar, ya que podemos afirmar con orgullo y certeza que la marea verde sigue viva y que el profesorado cántabro tiene las ideas bien claras: defender cada centímetro de la educación pública y garantizar el derecho a la educación de todos y todas las cántabras.
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