Derribar o conservar

Lo que fue un reconocido edificio ¬que tras años de funcionar como balneario más tarde se reconvirtió en bar restaurante y posteriormente en lugar de actividades marinas, con sus vestuarios o sus zonas para guardar tablas de windsurf- se ha tornado en un mazacote de hormigón y cemento abandonado, sucio, maloliente, lleno de pintadas
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El pasado mes de febrero, la sección Primera de la sala de lo Contencioso-Administrativo de la Audiencia Nacional falló en contra del Ayuntamiento de Santander al considerarle responsable del edificio de La Horadada, en plena playa de la Magdalena, instándole a actuar bien para garantizar la conservación del mismo, bien para proceder a su derribo. El emblemático lugar se encuentra en un penoso estado de conservación. Desde 1956 fue utilizado como balneario y supuso un referente para el turismo, pero en 2010 la concesión expiró sin posibilidad de prorrogarse, si bien durante los últimos años y aunque la planta baja ya estaba en desuso, llegó a funcionar como bar de copas. Poco tiempo después, el inmueble cesó toda actividad y se convirtió en una suerte de búnker olvidado.

Desde esa fecha todo han sido desencuentros. En 2011, el ministerio competente decidió su derribo amparándose en la propia normativa de Costas, que consideraba irregular ese inmueble en una zona de dominio público como son las playas de las costas españolas. Así que, poco después remitió el proyecto de demolición al Ayuntamiento de la capital cántabra. El consistorio no se inmutó, no tomó medidas, no explicó posibles razones para que el vetusto inmueble siguiera en pie y mantuvo silencio durante prácticamente una década.

Ya a finales de 2021, y ante la falta de una solución por parte de la Admón. Local, la Demarcación de Costas inició el derribo; pero, sorpresa, el Ayuntamiento alegó que aún no se había declarado ruinoso el edificio, una competencia municipal, y que al tratarse de un Bien de Interés Cultural (BIC) se requería también la autorización de la propia comunidad cántabra. Otro parón y nuevas disputas entre Administración del Estado y Ayuntamiento, que no se dio por aludido sobre qué hacer con La Horadada pero, eso sí, recalcaba que la conservación del inmueble era estatal.

Así hasta febrero de 2022, cuando el Ayuntamiento renovó su interés sobre el edificio y llegó a aprobar en el Pleno una moción para evitar el derribo. Pero siguió sin tomar medida alguna. Es decir, no derribamos pero no nos compete su conservación. Y aunque en 2025 el actual Ministerio de Transición Ecológica y el Ayto. lograron un acuerdo para al menos incluir la demolición del edificio en el futuro proyecto de restauración de la zona, ha habido que esperar a una sentencia de la Audiencia Nacional para que se pongan las cartas boca arriba y obligar al consistorio a asumir su responsabilidad con el inmueble…

Durante todos estos años, ciudadanos y turistas han sido testigos del deterioro del lugar ante la inoperancia consistorial, que, como consta, se negaba a su derribo a la espera de poder utilizar el emplazamiento con otros fines.

La triste realidad es que lo que fue un reconocido edificio ¬que tras años de funcionar como balneario más tarde se reconvirtió en bar restaurante y posteriormente en lugar de actividades marinas, con sus vestuarios o sus zonas para guardar tablas de windsurf- se ha tornado en un mazacote de hormigón y cemento abandonado, sucio, maloliente, lleno de pintadas, ocupado por chavales que asaltan el interior para hacer botellón y escuchar música… ante la pasividad del consistorio, que frente a toda pregunta se refugiaba en que era problema de Costas, y/o la inacción de la Policía Local -que sostiene que no le compete, como todo en esta ciudad-; y sobre todo ante la vergüenza de la población santanderina, que no se termina de explicar cómo es posible tamaña dejación.

Año tras año, los veraneantes contemplaban incrédulos semejante despropósito en plena playa de La Magdalena. Ítem más. Justo al lado del edificio abandonado se encuentra el paso natural de acceso a la playa, que debido a los temporales y la falta de control, también está derruido desde hace años (una vez más es Costas quien tiene la responsabilidad, según el consistorio. Por tanto no se hace nada ¿les suena esto?), lo que perjudica enormemente la entrada a esa parte de la playa desde el paseo de la reina Victoria y tras bajar varios tramos de escaleras. Ahí todo está perfecto. Árboles podados, césped cortado, papeleras en varias zonas…

Pero la incongruencia viene porque aquellos que desean acceder a esta zona, que separa lo que conocemos como playa de los Peligros de la playa de La Magdalena, se ven obligados a dar un rodeo precisamente por el propio edificio abandonado de la Horadada. Eso o jugarse un tropezón, una mala caída o un riesgo de desprendimiento si uno accede por en medio de un inseguro y accidentado montículo de la propia playa rodeado por unas vallas deterioradas que cercan el recinto del inmueble, por un lado, y por desprendimientos del paso no arreglado por el otro.

Todo esto es una constante en la ciudad. Las playas, al caer la tarde, sobre todo en época estival, quedan convertidas en vertederos porque la limpieza escasea, no es continuada como se presupone en una zona tan turística, y aunque se reparten cubos en diversos puntos y hay zonas con contenedores, siempre están sobrepasados y la basura termina en la playa provocando un festín de porquería para las gaviotas…

Las obras son inacabables y en no pocas ocasiones absurdas: ¿era necesario levantar los jardines de Piquio, un mirador bellísimo que separa la Primera de la Segunda, y provocar el caos durante años en una de las zonas más concurridas en el verano? ¿Remodelar la plaza de Italia, eliminar árboles y dejar el paseo en algo impersonal donde ya solo predomina el cemento? (y los roedores) ¿Construir escaleras mecánicas donde no procede y dejar abandonadas otras que sí que lo precisan? Los andamios surgen como hongos en plena almendra de la capital y se mantienen más tiempo del debido, lo que provoca no pocos problemas a la gente mayor… Desde la pandemia, los bares y restaurantes ocupan impunemente dos terceras partes de la vía pública ampliando su radio de acción con sillas, mesas y enormes sombrillas, de forma que pasear por las calles representa una aventura… La ciudad parece premiar a los vehículos y relegar a los peatones. Los semáforos, de carreras, no duran ni 20 segundos y obligan a la gente mayor a cruzar a la carrera…

Hora es ya de que los ciudadanos decidan qué tipo de ciudad desean y se planten ante la inoperancia de un Ayuntamiento que siempre ha despreciado lo público, que actúa con apatía frente a los intereses de la población y que, por cierto, tiene el dudoso privilegio de no haber cambiado de color político desde las primeras elecciones municipales democráticas allá por 1979.

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