“Abisal”, una obra de teatro sub-realista. Pasión en miércoles santo. (El daño que ha hecho Bob Esponja a algunas generaciones)

Abisal – Compañía Delinfame – Sala Pereda – 1 de abril – 19:30 horas

Maqueta urbanización submarina
Hacer una crónica de una obra de teatro surrealista solo puede hacerse en el mismo tono de delirio y absurdo con el que fue presentada la semana pasada en Santander. Alguna representación previa hubo en una ciudad que no tiene mar y lo abisal sonaba allí a desvaríos de gentes del norte. Abisal es una distopía con agua de mar creada por el cántabro Jorge Prieto, artista polifacético, a ratos con piraguas en su cabeza, psicodélicos rayos laser en su voz, actor y cantante residente en Madrid con vistas al Cantábrico.

Recursos ¿humanos? hablando con jefe imperial
¿La historia? Una empresa de extrañas intenciones y producciones elige un empleado cualquiera para ascenderle (Iñigo Sanz), lo cual es comunicado por el frenético recursos deshumanos de turno (Paul Moré). Escenario casi vació. El ascenso es un experimento que lleva al empleado a un descenso continuado hacia la locura en un edificio submarino, descenso de planta en planta -despacho a despacho- hasta el fondo abisal con vistas a medusas y peces radiactivos. Las mentes de esta degradación humana son un multimillonario (Jorge Prieto) que quiere salvar a la humanidad (¿a qué les suena esto?), una arquitecta dispuesta a todo (Lucia Alvear) hasta quedarse embarazada de un mesías que va a salvar el mundo (¿a qué les suena esto?). Su “Majestad Carolina Esponjosa” y otras autorreferencias elogiosas (¿a qué les suena esto?) parece tener todo controlado. Pero no. El edificio submarino va a colapsar y… ¿dónde está algún final, coherente o no?
Una distopía situada en un incierto futuro que mezcla muchos temas que no son resueltos; puro galimatías para no llegar a ninguna parte. En palabras del autor: “El paraje subacuático es un terreno nuevo de juego para una especie escapista, que huye de sí misma, que no ha sabido gestionar su estela en la superficie y se fuga a las profundidades esperando que su rastro no lo persiga”. Filosofía del fondo del mar iniciada ya hace un cuarto de siglo por el personaje y los guionistas de Bob Esponja, ahora convertida en obsesiones y manipulaciones despóticas. Y en medio del caos submarino, una ocurrencia: la música de Samba de Janeiro. ¿Estamos poco cuerdos o qué? Sí y qué.
En la obra se degrada y se lleva a la locura a un ser humano (todo por un experimento de un millonario con ganas de llenar de edificios el planeta), se mezclan referencias bíblicas de falsos mesías que van a salvar el mundo (y todo se hace con un pretendido humor que no se acaba de comprender de dónde sale), se crítica lo que ocurre en el mundo (u ocurrirá), la necesidad de dictadores con ideas peregrinas (¿a qué les suena esto?). Alguien quiere crear un universo propio y no sabe cómo resolverlo.

Paul, Lucía, Jorge e Iñigo
Fueron noventa minutos de un descenso a un mundo abisal peor que el de la superficie marina. Se soportaron por el gran trabajo físico y actoral de los cuatro “submarinistas”, con un humor que recordaba a un desenfrenado Joker (Paul Moré en estado de gracia, si se entiende la parodia que le toca representar) y una escenografía que acude a un diseño de luces y movimiento para simular despachos, ascensores y paredes abisales. Alguien dice en la obra que “la emoción no entiende la realidad”. Muchos espectadores nos quedamos sin emociones -nada es creíble- ni realidades explicadas con alguna lógica. Lo dicho en el titular: ¡¡¡Cuánto daño a hecho Bob Esponja y su delirante mundo submarino a varias generaciones!!!