A vuela pincel
De la bahía de Santander y su actividad contamos con colecciones de fotografías prácticamente desde los comienzos de esta forma de expresión, hoy elevada a una de las manifestaciones artísticas. Prácticamente desde su nacimiento convivieron fotografías y pinturas con la bahía de Santander como tema compartido, habiendo llegado a formarse colecciones de cuadros, en los finales del siglo XIX y principios del XX, que tienen la bahía de Santander, su mucha actividad y sus playas, como motivo de atención principal, casi único. Es el caso de la amplia muestra que, bajo el largo epígrafe de “Crónica viva de la bahía de Santander en los albores del siglo XX”, de la que es autor Luis Polo Martínez-Conde (1884-1941), estará expuesta, propiciada por la Consejería de Cultura del Gobierno de Cantabria, en el Museo Marítimo de Cantabria, hasta el día 24 de mayo.
Que sean 150 cuadros, los expuestos, no pasa de ser una selección de los bastantes más de 200, que integran su obra, con Santander en el centro de interés de su pincel. Podría decirse que el artista, de padre aragonés y madre cántabra, por aquel entonces montañesa, llegado a Santander, siendo adolescente, en 1896, fue artista autodidacta, si no fuera porque recibió, durante unos meses, clases de dibujo y pintura del paisajista campurriano, Manuel Salces, cantero y labrador, él sí pintor autodidacta, merecedor, tanto de premios, como de que sus obras figuren en varios museos de España.
Se diría que las enseñanzas de Manuel Salces propiciaron que el pincel de Luis Polo Martínez-Conde (obligado el segundo apellido, por cuanto su hijo, Luis Polo del Campo y Luis Polo Sobrón, su nieto, forman parte de la nómina de pintores españoles), alzara el vuelo con la libertad de una mirada, la del artista, entre cuyo ojo y el objeto de su mirada no se interponía más obstáculo que el aire, por todo condicionamiento.
Una mirada, a veces desde la altura, lejana; una mirada a ras de tierra, otras veces. En cualquier caso, una mirada, a despecho de las distancias, siempre atenta, no solo a relevantes motivos, sino también a los pequeños detalles que conforman cada una de los trabajos que se desarrollan en el puerto de Santander o la presencia de bañistas en alguna de las playas. Una mirada segura, cuyo pincel no precisa de corrección alguna. Una suerte de aquí te pillo, aquí te mato, en clave pictórica: el artista mira de cerca el atraque de un barco, pongamos por caso, o de lejos, el palacio de la Magdalena o el faro de Cabo Mayor, pongamos por otro caso, y, sin pensárselo mucho ni poco, el pincel vuela, en complicidad con la paleta, y pinta lo que la mirada ve, sin más motivación que el impulso de no dejar escapar el momento.
El resultado es una nutrida colección de óleos sobre tabla y, la mayoría, sobre lienzo, de mediano y pequeño tamaños, con variadas y espléndidas enmarcaciones, unos colgados en la pared, otros, en expositores acristalados, cuya iluminación dificulta la clara y completa visión de algunas piezas, que, con las demás, dan cumplida noticia de las relaciones de la ciudad de Santander, en los principios del siglo XX, con su puerto, con su bahía, con su costa, con sus playas. Pero, no solo: el pincel de Luis Polo Martínez-Conde también tiene tiempo para fijarse en edificios y calles de la ciudad, a los que otorga tonalidades de luz que sugieren ambientes acogedores. Siendo, más bien el naturalismo el estilo que predomina en su obra, este espectador ha querido apreciar detalles naif, como el del automóvil que circula por una calle o los bañistas, vistos desde arriba, en la playa.
La muestra se completa con la exposición de fotografías del artista y familiares, de interés más restringido, así como de objetos y libros, que acompañaron la vida cotidiana del pintor, entre los que llama la atención una edición minúscula de El Quijote, así como dos pequeñas paletas. Mención aparte merecen manuscritos a pluma, apenas insinuados, pues es sabido que la otra afición poderosa de Luis Polo Martínez-Conde fue la escritura, que practicó en publicaciones diarias y periódicas, desde su condición de persona liberal, sin pretensiones ni en lo pictórico ni en lo literario. Un ser libre a vuela pincel y a vuela pluma.